🇪🇸 Aida en Barcelona

Reaparecieron los amadísimos y óptimos telones pintados en 1945 por el gran perspectivista Josep Mestres Cabanes © Antoni Bofill

Enero 13 y 14, 2020. La ópera más amada en el Liceu, Aida —seguida de lejos por Rigoletto, ambas de Giuseppe Verdi— regresó después de ocho años de ausencia. Hoy hay muchos más títulos que esperan su turno y, sobre todo, menos artistas capaces de conseguir que la velada se desarrolle al menos en forma correcta. Por suerte, ambos repartos de esta producción tuvieron un buen nivel, aunque hubo (naturalmente) las típicas excepciones.

Reaparecieron los amadísimos y óptimos telones pintados en 1945 por el gran perspectivista Josep Mestres Cabanes. Lástima que las “ingeniosidades” del director de escena Thomas Guthrie y del coreógrafo Angelo Smimmo fueran casi siempre contra el texto, las acotaciones y la música. Hubo gritos de júbilo cada vez que aparecía el Faraón; de admiración, durante las danzas —una especie de lucha grecorromana—, en el cuadro del triunfo; risas idiotas cuando en vez de los “negritos” bailaron los eunucos con dos niñitos caídos del cielo, gente del pueblo que curioseaba lo que sucedía en el patio del palacio en el primer acto; y una misteriosa niña escritora a la que recogía su padre, tutor o encargado durante el preludio (ambos reaparecieron al final de la ópera). 

También descubrí que en el cuadro del templo de Ftah del primer acto hay una víctima propiciatoria femenina con una danza gimnástica que hizo añorar los números “orientales” de las películas americanas de mediados del siglo pasado. Aparte de dos aisladas y tímidas muestras de reprobación tras la danza de los “no negritos”, nadie al parecer encontró nada que reprochar.

Pasando a lo de veras importante, la dirección musical de Gustavo Gimeno resultó francamente buena, con algunos momentos que en el futuro seguramente serán menos desequilibrados en lo relativo a dinámica y fraseo. Muy bien, la orquesta. Excelente, la labor del coro, preparado como siempre por Conxita García, y hay que destacar en particular el sector de las voces graves masculinas.

Berna Perles fue una muy buena sacerdotisa, con un color quizá demasiado oscuro, y Josep Fadò volvió a ser un óptimo mensajero. El joven Mario Buccino (el Rey) posee cualidades muy apreciables, aunque su canto debería ser menos monolítico y constantemente enfático.

Los otros papeles se confiaron a dos intérpretes cada uno. Ramfis lo interpretaron Kwangchul Youn (en su debut en el Liceu) y Marko Mimica. El primero, ya con trazas de veteranía, sigue en posesión de un órgano vocal ideal para el rol. El segundo, más artista y muy joven, carece de imponencia, sobre todo en el volumen y en los graves más expuestos (tercer acto), pero funcionó bien. A Amonasro lo cantaron Franco Vassallo y Àngel Òdena (que sustituyó a un enfermo Marco Vratogna). Este papel no requiere demasiados matices, que tampoco se dieron, pero sí una voz poderosa, en el caso del primero, mitigada por su emisión engolada. O sea que los resultados pueden considerarse aceptables. 

Amneris es el personaje más complejo de los tres principales, y es probable que hoy exija demasiadas cualidades para una misma cantante. Clémentine Margaine parece ser una verdadera soprano falcon, con un grave y un centro importantes, un buen registro agudo, fijo en algunos momentos; y es una buena actriz, aunque su fraseo no dio la impresión de inmediatez que ha sido privilegio de las grandes intérpretes del papel. Judit Kutasi es una mezzosoprano de medios generosos (con algo de vibrato en un agudo de por sí metálico, y un grave suficiente pero no abundante); la artista recuerda un poco a las antiguas interpretaciones (su uso de manos y ojos puede causar hoy perplejidad). 

Radamès es un hueso duro de roer para los tenores, pues después de un par de frases deben vérselas con la dificilísima ‘Celeste Aida’ (sin olvidar el recitativo que precede al aria propiamente dicha). Yonghoon Lee posee hoy —ha cambiado su técnica— una voz enorme, pero el centro y el grave resultan francamente desagradables; canta con gran seguridad y potencia casi ensordecedora, pero todavía es capaz de emitir en piano de forma interesante (al principio del aria, en el dúo final; y en el tercer acto demostró voluntad de hacerlo pero sin un buen resultado); intérprete correcto. Luciano Ganci cantó todo el tiempo fuerte; su canto nada sutil se hizo monótono, y a partir del dúo del tercer acto esto le pasó factura: demostró cansancio, con respiración corta, y varios agudos se convirtieron en gritos; mejoró en el cuarto acto, pero de nuevo con límites (en particular en la escena final). 

Aida fue el papel para la presentación —ya era hora— de Angela Meade en el Liceu (también fue su primera vez en el personaje). Óptima cantante, discreta actriz, tiene todos los recursos para la parte, aunque seguramente en el futuro lo hará aún mejor (con maestría y gran presencia de ánimo recuperó uno de los terribles pianos de la tremenda ‘O patria mia’ que se le había cortado: muchos ni lo notaron). La otra soprano debía ser Anna Pirozzi, que decidió dejar el papel luego de las representaciones en Verona el pasado verano. Así que llegó a debutar en el Liceu y también en el papel Jennifer Rowley, de voz interesante, aunque no especialmente bonita ni personal; aunque muy segura en el agudo (muchas veces metálico), con un buen centro, pero graves débiles y una especie de simulación de los sonidos filados que solo eran tales en el principio del dúo del tercer acto y en el del final. Buena artista, pero con tendencia a exagerar las expresiones de angustia y sufrimiento y un molesto y casi constante parpadeo.