🇫🇷 La dame blanche en París

Escena de La dame blanche de Boïeldieu en la Opéra Comique

Febrero 28, 2020. La dame blanche de François-Adrien Boïeldieu fue en su momento un éxito fenomenaI en el mundo lírico francés. Aunque fue presentada en la Opéra Comique, cuya plaza lleva el nombre del compositor, y aunque el público que asistió a esta exhumación colmó la sala y pareció complacido, no me parece que vaya a cambiar su actual destino, ni por la versión en sí ni, sobre todo, por sus valores intrínsecos.

El libreto de Eugène Scribe basado en tres obras de Walter Scott no es malo, pero las repeticiones de sinfín de palabras y frases enteras (como es el caso de los coros) llega a niveles tediosos incluso para un libreto operístico de principios del siglo XIX. Y claro que no es, en principio, culpa del libretista. 

La música es ciertamente bonita, fácil, ligera, y puede comprenderse que en su momento tuviera un gran impacto y éxito, aunque las cosas no siguieron siendo así a principios del siglo pasado. El mismo Claude Debussy se lamentaba de que en 1912 no era fácil ver en París el cuarto de los títulos más representados en la Opéra Comique en el siglo XIX, detrás de Carmen de Bizet, Manon de Massenet y Mignon de Thomas. 

Hoy el interés sería muy mitigado, a no ser de que hubiera un gran tenor en el rol de Georges Brown (el verdadero protagonista), pero el interesante Philippe Talbot, muy desenvuelto y con buen agudo (resuelto casi siempre en falsete), tiene una voz que no corre siempre bien en los otros registros. Supongo que mejorará con el tiempo (pues su nombre ya empieza a aparecer con mayor frecuencia), y aunque su interpretación de ‘Viens, gentille dame’ estuvo bien a secas, no estuvo al nivel esperable. 

La dama del título fue Elsa Benoit, muy segura en los sobreagudos y muy simpática, más bien una soubrette —incluso por su figura— que una soprano lírico-ligera. Excelente, la mezzo Aude Extrémo como la anciana nodriza Marguerite. La campesina Jemmy fue la extrovertida Sophie Marin-Degor (pero bastante áspera en sus agudos); su marido Dickson (un Yann Beuron casi irreconocible: muy buen artista pero la voz hoy parece más bien baritonal). El malvado de la función (Gaveston, el rico administrador plebeyo del castillo abandonado por la noble familia seguidora de los Estuardo en Escocia) fue el barítono Jérôme Boutillier, correcto y sobre todo buen actor. Muy dinámicos y bien conjuntados los miembros del coro Les Élements, y acertada la distribución de los papeles secundarios.

La Orchestre National d’Île-de-France hizo una buena labor, pero la batuta de Julien Leroy, desde la obertura, no fue más que adecuada. La puesta en escena de Pauline Bureau procuró, creo, dar con medios modernos una idea de cómo se hacía una presentación escénica en el siglo XIX, con telones pintados de Emmanuelle Roy, vestuario (muy acertado y hasta divertido) de Alice Touvet, iluminación de Jean-Luc Chanonat y hasta videos de Nathalie Cabrol, entre los principales responsables. Pero la dirección de actores fue convencional. En conjunto, todo resultó un poco empalagoso, como el postre homónimo que en la región del Benelux se degusta: helado de vainilla con crema batida y chocolate fundido. En todo caso, la ópera hay que tomarla como el postre: con moderación y a cada tanto.