Der fliegende Holländer en Bayreuth

Escena de la producción de Dmitri Tcherniakov de Der fliegende Holländer en Bayreuth © Enrico Nawrath

Julio 31, 2021. «Der Frist ist um!» («¡El plazo ha terminado!») Estas son las primeras palabras que canta el Holandés errante, y también podrían haber sido el lema del Festival de Bayreuth 2021. Tras la pausa forzada en 2020 a causa de la pandemia de Covid-19, el verano pasado se volvió a presentar la ópera en la “Colina Verde” (sobre la que Richard Wagner construyó su teatro en Bayreuth).

El festival de 2021 no sólo fue especial porque se llevó a cabo todavía en medio de la pandemia, sino también porque en esta producción de Holländer se produjeron varios debuts que hicieron historia. Después de que Barry Kosky —invitado en 2017 como el primer director judío en la historia del festival— pusiera en escena una brillante producción de Die Meistersinger von Nürnberg, la dirección del festival continuó con la tendencia a la reflexión histórica y a la reconciliación contratando a una ucraniana, Oksana Lyniv, como la primera directora de orquesta en los 145 años de historia de Bayreuth. Otros debutantes fueron Dmitri Tcherniakov, primer director ruso en Bayreuth, y la soprano lituana Asmik Gregorian, hija del conocido tenor armenio Gegham Gregorian.

El holandés errante es una de las óperas más populares de Richard Wagner. Se podría decir que es una ópera de Wagner para principiantes. Musicalmente es fácilmente accesible, la historia tampoco es la más difícil y la velada no tiene la larga duración habitual de otras óperas de Wagner. Así, en esta velada, yo esperaba no solo gran música, buenos cantantes sino, sobre todo, una lectura profunda de la trama y una producción digna de Bayreuth. 

Sin embargo, después de los primeros 10 minutos, me tuve que preguntar: «¿Ha leído el director la historia? ¿Acaso la conoce?» Y es que el director ruso le dio la vuelta a la historia haciendo que el público no la comprendiera. Tcherniakov, que en un principio había sido contratado para poner en escena la nueva producción de Der Ring des Nibelungen, fue reasignado a Holländer para actuar como director de escena y escenógrafo. Esta “reasignación” se sintió a lo largo de toda la velada, dando la impresión de que la producción estaba de alguna manera incompleta o no se pensó hasta el final. 

Por ejemplo, en la obertura, donde Tcherniakov cuenta la prehistoria de Holländer, proyectando sobre el telón el texto «El maravilloso sueño recurrente de H. [Holländer]». Vemos a una mujer y a un hombre haciendo el amor apasionadamente. El hombre se parece mucho a uno de los protagonistas de la ópera, Daland, el hombre más rico del pueblo. Al terminar la relación, abandona a la mujer. Cuando los habitantes del pueblo la persiguen, ella se suicida ahorcándose delante de su hijo, quien será el futuro Holandés errante, que escapa de joven de la ciudad maldita. Ahora regresa como adulto para encontrar la desolación. Se une a un grupo de residentes masculinos en el bar local, que beben mucho y cuentan historias místicas de marineros. Aquí Holländer llega a conocer a Daland. Sí, el Daland de la obertura, quien le promete al holandés su hija, Senta. Teniendo en cuenta la posibilidad de una solución instantánea de su maldición, esta oferta no hace saltar de alegría al Holländer de Tcherniakov. Todos se sientan cómodamente en el bar, bebiendo y conversando. Aquí nuevamente me pregunté: ¿Cuál es la verdadera razón para que el holandés regrese? ¿Cuál es su plan? ¿Beber cerveza en el bar?

Tcherniakov dejó de lado el elemento místico del drama y trató de contar la historia como una suerte de drama criminal de pueblo. Desgraciadamente, su intento terminó en la trivialidad y el aburrimiento. El director trasladó la acción a un pueblo noruego. Durante dos horas y media asistimos a un drama sin mar ni barco, pero con una desolación impregnada de la gris vida cotidiana. Hay muchos disparos y bebidas, así como de una Senta constantemente nerviosa, pubescente y molesta. Todo ello en medio de casas en continuo movimiento, lo que resulta extremadamente cansado para los ojos a medida que avanza la velada. 

En esta producción faltó por completo una caracterización clara de los personajes. Todos se interpretaron a sí mismos y a veces parecían completamente perdidos. El Holandés calvo parecía más bien un criminal recién salido de la cárcel. Senta se presentó como una adolescente rebelde y fumadora con rasgos compulsivos, extraordinariamente hiperactiva. Otros personajes también actuaron de forma postiza y poco natural. 

De vez en cuando el director tuvo algunas ideas interesantes, como cuando la canción de la hilandera se convierte en un ensayo del coro o cuando el dúo entre Holländer y Senta tiene lugar en la mesa de la cena en presencia de Daland y Mary, para mí la escena más fuerte de toda la noche. Pero en contra del argumento de Wagner, María dispara al Holandés al final de la ópera. Senta no se suicida y se queda sola, estallando en una risa histérica, y el director dejó completamente sin respuesta la cuestión esencial, es decir, ¿por qué Senta se enamora del Holandés? 

Asmik Gregorian como Senta © Enrico Nawrath

El reparto incluyó a cantantes de renombre y experiencia en Bayreuth, como Georg Zeppenfeld como Daland, quien causó la mejor impresión de la noche. Cantante wagneriano probado, siempre impresiona con una voz perfectamente enfocada y un alemán ejemplar. John Lundgren como el Holandés pareció atascarse en la lectura desfavorable de su personaje y no pudo entrar en calor en su papel. Su fuerte voz sonó incolora y sin expresión. Asmik Gregorian como Senta interpretó y cantó más Salomé que Senta. Su voz, al principio atractiva y de gran belleza, se volvió cada vez más tensa y estridente a medida que avanzó la velada, presentando problemas en el registro agudo. Eric Cutler como el alto Erik sorprendió con un hermoso timbre de tenor heroico. Marina Prudenskaya fue una poderosa María, auténtica en su aspecto y en su interpretación. Y Attilo Glaser ofreció un timonel vocalmente impresionante.

Wagner se identificó con el Holandés y siempre tuvo una idea clara de cómo debía sonar su orquesta perfecta. Para lograr la perfección la partitura de Der fliegende Holländer, fue revisada y optimizada hasta 1880, poco antes de su muerte. Lyniv, la directora de orquesta debutante en Bayreuth, presentó un digno intento de reproducir las ideas de Wagner y ofreció una concertación enérgica, compacta y dinámicamente bien diferenciada. A veces se notaba el nerviosismo de la joven, y hubiese sido deseable más relajación y soltura de su parte, especialmente en los pasajes líricos. En general, sin embargo, ofreció un sólido debut en Bayreuth, acorde con su estatus, y seguramente seguirá imponiendo su marca artística individual en la Colina Verde en el futuro.

Al final, las ovaciones de pie fueron para Oksana Lyniv y Asmik Grigorian y los abucheos para Tcherniakov y su equipo. Poco a poco, el público del teatro semivacío empezó a patalear con entusiasmo, algo poco habitual en Bayreuth, conocido por las duras críticas de su público. Me pregunté por qué. La única explicación plausible que se me ocurrió es que el público añoraba la cultura, a Wagner y a Bayreuth. Esperemos que el verano de 2022 —con optimismo, y sin coronavirus— catapulte a Bayreuth a su calidad artística, consolidando su posición de liderazgo en el panorama de los festivales de ópera europeos.

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