Die Zauberflöte en Montreal

Die Zauberflöte en Montreal
Papageno (Richard Sveda) y Papagena (Elizabeth Polese) © Yves Renaud

Mayo 17, 2022. Después de dos años sin actividad, la Ópera de Montreal eligió para su regreso a la presencialidad un antiguo proyecto pospuesto por la pandemia: la promocionada y producción de La flauta mágica de Mozart firmada por el transgresor director de escena australiano Barrie Kosky en asociación con la compañía teatral británica 1927 que dirige Suzanne Andrade y Paul Barrit, estrenada con enorme éxito en la Komische Oper berlinesa hace menos de una década. 

La propuesta escénica de Kosky reinventa la ópera de Mozart, planteando un espectáculo donde es transformada por medio de ingeniosas y divertidas proyecciones animadas en un gran comic, donde los cantantes, a través de aperturas sobre una pantalla blanca, se integran e interactúan con las imágenes proyectadas, las que definen estrictamente sus movimientos, convirtiéndolos en marionetas al servicio de los requerimientos de dispositivos visuales. 

La estética visual de la propuesta de Kosky rindió homenaje al cine expresionista alemán con evocaciones entre otras, a las películas Metropolis de Fritz Lang (1927) y Modern Times de Charles Chaplin (1936). Como parte de la reinvención propuesta, se potenció la dimensión mágica de la trama original, se diluyeron las enseñanzas morales y masónicas, tan presentes en el libreto de Emanuel Schikaneder, convirtiendo la ópera en un cuento para niños. Al mismo tiempo, se suprimieron los diálogos a los que se los reemplazó por subtítulos, que con otra música de Mozart agregaron aún más confusión a lo que sucedía en la escena. Si el espectáculo funcionó en lo visual, fue gracias al trabajo del creador de las imágenes animadas, el diseñador Paul Barritt quien concibió con mucha creatividad y talento un espectáculo visualmente muy efectivo y atractivo. 

En lo que respecta a lo estrictamente vocal, el tenor americano Brian Wallin sólo tuvo los méritos de reemplazar a último momento a Sasha Emanuel Kramer, originalmente previsto, y de conocer a la perfección las coreografías impuesta por el sistema de proyección. Fuera de esto, su Tamino fue de una pobreza vocal extrema, siempre al límite, disparejo en la zona de pasaje, muy justo en los agudos y de estilo inexistente. Despojado de la tradicional personalidad chispeante y juvenil y convertido en un tristón Buster Keaton, el pajarero Papageno del barítono eslovaco Richard Sveda no ofreció mucho más, aunque debe concedérsele un canto cuidado y un estilo mozartiano mas depurado. 

En su doble caracterización de Sarastro y el Orador, el bajo americano Christian Zaremba, devenido en científico para la ocasión, demostró solvencia vocal y dominó, aunque sin descollar, ambas partes con corrección y buen gusto. Como el sirviente Monostatos-Nosferatu (el vampiro de Friedrich Wilhelm Murnau), el tenor americano John Robert Lindsey luchó infructuosamente por hacerse escuchar contra una orquesta que no le dio tregua, dejando en evidencia sus muchos problemas a la hora de proyectar su voz. 

Del lado de las voces femeninas, la soprano británica Kim-Lillian Strebel, convertida aquí en Louise Brooks, actriz americana estrella del cine mudo de los años 20, fue una Pamina de voz demasiado dramática para la parte pero de interesante vocalidad, que sorprendió gratamente en su aria ‘Ach, ich fühls’, donde hizo gala de una emisión controlada y un canto de línea homogénea, matizado y expresivo. Como la Reina de la noche, aquí convertida en una gigantesca araña, la soprano polaca Anna Siminska tuvo un inicio titubeante en ‘O zittre nicht, mein lieber Sohn!’, pero dio la revancha en la segunda aria: ‘Der Hölle Rache’, donde brilló con luz propia exhibiendo agudos y trinos de segura hechura y conquistando el favor del público.

Como la pajarera Papagena, la soprano Elizabeth Polese resultó vocalmente convincente. Las tres damas (Andrea Núñez, Kristen Leblanc y Florence Bourget) parecieron demasiados preocupadas por las exigencias de la producción escénica y terminaron cantaron cada una por su lado. No se quedó atrás el terceto de niños-genios, quienes gritaron a más no poder y desafinaron cuanta nota pudieron. Excelente, el coro de la casa que en estado de gracia hizo una de las mejores prestaciones que se le recuerden sobre este escenario. Desde el foso y al frente de la orquesta metropolitana, resultó un gran acierto convocar al director americano Christopher Allen quien, en su debut con la compañía, ofreció una lectura artesanal, perfectamente en estilo, atentísima a los detalles y de ritmo vivaz y preciso. ¡Chapeau!