🇬🇧 Don Pasquale en Londres

Octubre 14, 2019. No cabe duda de que Don Pasquale es una obra agridulce; en general, más dulce que agria. La propuesta de resaltar la amargura se debe investigar más con el director de escena que con la obra, y la pregunta se hace sola: ¿Por qué? Es obvio que el rol central es un basso buffo y por lo tanto la obra, catalogada como dramma buffo, debe contener algo de los dos. La bofetada y el desprecio que muestra Norina frente a Don Pasquale son más que suficientes para que el público se dé cuenta de que la bufonería ha llegado a su fin y de que de ahora en adelante a Don Pasquale le irá barranca abajo. Pero reducir a Don Pasquale, como él bien dice, de improviso a una silla de ruedas ubicada en un hogar de ancianos, es amargo y feo de ver. Hay muchas formas de jugar con esta obra que, en manos adecuadas, llega a ser encantadora, pero esta vez ha llegado a las manos de alguien que obviamente odia la figura del maduro galán y que lo quiere ver sufrir. 

Un psiquiatra es algo que Damiano Michieletto necesita para hurgar en su vida y revelar el por qué de su amargura ante un personaje que después de todo despierta simpatía. A 14 años de su estreno y con solo una reposición, no se veía la necesidad de reemplazar la anterior producción de Jonathan Miller. Hay muchas obras de Donizetti que no han sido vistas en esta casa y se podría haber usado ese dinero con esa misión, pero la Royal Opera House no es un teatro que haga esas cosas, y prefiere repetición sin control de calidad. La escenografía de Gilles Rico destacó la casa de Don Pasquale sin paredes, solo el armazón, pero la forma en que era usada le quitó significado. Por ejemplo, cuando Don Pasquale tira la ropa de Ernesto por la ventana, parecía más bien una puerta. Hay una pregunta que quedó sin responder: ¿Por qué Michieletto castiga a este hombre? 

Bryn Terfel (Don Pasquale) y Olga Peretyatko (Norina) © Clive Barda

El elenco convenció a medias. Bryn Terfel mostró una voz con abundante squillo, pero tendió a gritar su Don Pasquale. Markus Werba fue un Malatesta nada profesional y bastante criminal. Su voz careció de variedad expresiva. En cambio, Olga Peretyatko fue el sexo personificado, si bien la voz resultó un poco dura. No se podía creer que una joven tan sensual y de mundo como ella podía enamorarse de un perdedor como Ioan Hotea, aquí representado como un joven caprichoso, sin metas, sin ideas. Sólo Bryan Secombe como el Notario convenció totalmente. Por su parte, Evelino Pidò dirigió sin chispa, sin humor aunque con buen sonido, olvidándose de que esta obra es un dramma buffo.