🇪🇸 Doña Francisquita en Barcelona

Noviembre 11, 2019. La zarzuela que más se ha visto en el Liceu (incluso protagonizada por Alfredo Kraus), Doña Francisquita, del compositor catalán Amadeu Vives, regresó en una coproducción con Madrid (donde ya se ha visto en el Teatro de la Zarzuela) y Suiza (Lausana) bajo la dirección escénica de Lluís Pasqual, el conocido director catalán, quien ha querido recrear este título tan ligado asimismo a la figura de su madre. Así, tenemos un primer acto que transcurre en 1934, ambientado en un estudio en el que se graba la obra; un segundo en un set televisivo de 1964; y un tercero en el que asistimos a un ensayo general para una presentación en nuestros días, aunque con la proyección sobre la pantalla cinematográfica que se encuentra en el fondo del escenario de fragmentos de la película española de 1934.

© Antoni Bofill

No parece mala idea, pero el primer acto es más bien una ejecución en forma de concierto con trajes de época; el segundo sí recuerda a aquellos espectáculos sonrojantes de la TV española de los años 60 del siglo pasado; el tercero presenta la intervención de un excelente cuerpo de baile en el célebre fandango que se escucha a dos veces (la primera con el concurso en solitario de la famosa Lucero Tena, un mito viviente del arte de las castañuelas). Que ambos momentos (en realidad uno solo) hayan sido los más aplaudidos algo querrá decir.

Además (algo común con otros géneros “chicos”), está siempre presente el problema de qué hacer con los diálogos: o se respetan, o se reducen al mínimo o incluso se suprimen del todo, o se modifican radicalmente. El hecho se complica si se quiere tener en cuenta la composición del público, bien sólo o principalmente de la misma lengua, bien con una cuota importante de extranjeros que, aun con una traducción en inglés, se aburren o no entienden. Todas las soluciones son posibles y tienen argumentos a su favor y en su contra. En este caso, Pasqual ha introducido un personaje (un actor que se presenta como productor y director, Gonzalo de Castro, muy eficaz aunque a veces algo pasado de revoluciones) que no se cansa de luchar con algunos de los intérpretes para cortar cualquier diálogo, aprovechando al mismo tiempo para contar el argumento que podría de otra forma no entenderse. Pero a su vez habla demasiado y se repite mucho, con el resultado de que se roza más de una vez el bostezo y, sobre todo, en el segundo acto, sólo hay una suma de momentos musicales poco o nada conectados. No sé si a esto se ha debido el desempeño a menudo poco entusiasta del coro (dirigido como siempre por Conxita García), e incluso de la orquesta del Teatro, que no lo hizo mal, pero limitándose a seguir con corrección la batuta no muy brillante de Óliver Díaz. 

Los repartos eran en teoría dos, pero sólo cambiaron la soprano y el tenor protagonistas. Por razones de fechas no me fue posible oír a Celso Albelo (Fernando), uno de los elementos importantes del primer reparto, sino sólo a Antonio Lozano: discreto, de voz pequeña, no bonita aunque claramente tenoril, que se empeñaba por hacernos oír su agudo (en algún momento no muy feliz), pero sus colores cambiaron dependiendo del registro y tendría que revisar de modo general su emisión. Le falta sobre todo el arrojo que su papel siempre exige. 

Las protagonistas fueron María José Moreno y Elena Sancho Pereg. En primer término vi a la segunda, una soubrette buena pero que para el papel de Francisquita necesitaría más cuerpo y no sólo los agudos —muy buenos—, en particular en la conocidísima “Canción del ruiseñor” del primer acto. En cambio, Moreno, especialista en el papel (que ya había interpretado la última vez que la obra se dio aquí) sigue siendo una lírico ligera superlativa con agudos y sobreagudos impactantes y límpidos con una deliciosa naturalidad en la interpretación.

En otros papeles intervinieron, bien o discretamente, María José Suárez (Francisca, la madre), Miguel Sola (Don Matías, padre de Fernando) e Isaac Galán (Lorenzo Pérez), más una serie de roles pequeños confiados a miembros del coro.

La pareja coprotagonista estuvo formada por el excelente tenor Alejandro del Cerro y la mezzo (antes soprano) Ana Ibarra como Aurora ‘la Beltrana’, una mujer libre, amante de Fernando y probablemente el más interesante de todos para el público actual. Ibarra no canta mal y es una buena actriz, pero el grave resultó siempre de pecho y exagerado (tal vez con razón en este caso), en tanto que el agudo está afectado de un vibrato por momentos excesivo. También ella se presentó en la segunda de las funciones en un estado vocal más controlado.