Eugenio Oneguin en Dallas

Eugenio Oneguin en Dallas
Nicola Car como Tatyana en Eugenio Oneguin © Dallas Symphony Orchestra

Abril 1 del 2022. Desde que Fabio Luisi asumiera la titularidad musical de la Dallas Symphony Orchestra, a inicios de la temporada 2020-2022, considerada como una notable y prestigiosa agrupación musical en Estados Unidos, inexplicablemente fuera del llamado grupo de los “big five” (las principales orquestas americanas), dejó claro que, en su programación anual, además de diversas obras sinfónico-vocales, como el Requiem de Verdi que se presentará la próxima temporada, se incluiría la interpretación con la mayor frecuencia posible de algún título de ópera en concierto. 

Esta práctica del célebre director italiano, cuyo vínculo con la orquesta será en principio hasta la temporada 2028-2029, comenzó la temporada pasada con de Salome de Richard Strauss y, en esta ocasión, continuó con una muy satisfactoria ejecución de Eugenio Oneguin de Piotr Ilich Chaikovski. En principio, se agradece el concepto escénico ideado por Alberto Triola, conocido por su trabajo escénico como también por su gestión administrativa en teatros italianos, quien debutó aquí dirigiendo el montaje de Salome, y que en esta ocasión rompió con la rigidez que suele acompañar a las óperas en concierto. 

El detallado trabajo de actuación con los artistas, a quienes dotó de sensibilidad y credibilidad, con trazos precisos, ayudaron a adentrar e interesar al público en la trama, sin recurrir a excesos, sobreactuaciones y clichés. Por ejemplo, en la pantalla de supertitulaje se describía lo que iba a suceder en el escenario entre una escena y la otra, como por ejemplo en el duelo entre Lenski y Oneguin, lo que dio fluidez a la parte escénica. Triola situó la obra en la época actual, con los cantantes vistiendo ropa de hoy, y en el segundo acto con elegantes trajes, también de esta época. Un buen detalle fue la inclusión de bailarines de ballet cuando fueron requeridos en escena. 

Notable fue el desempeño vocal y escénico del barítono canadiense Etienne Dupuis, ya que el despliegue vocal que mostró fue superlativo, con una voz potente, colorida y comunicativa, con dramatismo y una proyección que retumbó en la sala y con la que logró tocar profundamente al público, algo generalmente reservado para los tenores o las sopranos 

Resaltó la conjunción y compenetración actoral mostrada con la Tatiana de Nicole Car, una soprano de sorprendentes medios vocales, voz redonda, que despliega sensibilidad, sensualidad y fortaleza. Se mostró muy segura en toda la extensión de la voz, con elegante fraseo. Su aria de las cartas fue uno de tantos momentos preponderantes de la función. 

El papel de Lenski fue encomendado al tenor Pavol Breslik, quien inició la función cantando con mucho ímpetu y una voz amplia, flexible de grato color, pero que inexplicablemente fue perdiendo peso a lo largo de la función, hasta ofrecer una deslucida interpretación de su aria ‘Kudá, kudá vy udalilis’, y después desaparecer de la manera tan anónima e infausta como lo hace su propio personaje. 

Por su parte, el bajo Brindley Sheratt dotó al personaje del príncipe Gremin de nobleza y elegancia con profundidad vocal. La mezzosoprano Melody Moore, quien sustituyó a Deniz Uzun como Olga, sacó adelante el personaje de manera satisfactoria. Del resto del elenco, que cumplió con su cometido de manera correcta, se puede mencionar el brillo y la grata tonalidad de la voz del tenor Keith Jameson en el papel de Triquet. El coro The Dallas Symphony Chorus, que se situó en la parte trasera superior del Meyerson Symphony Center, tuvo una participación importante en el desarrollo de la ópera, con algunas breves intervenciones con los solistas, discretas y no invasivas. Vocalmente, se mostró como una agrupación sólida y homogénea. 

Por su parte, al frente de la orquesta, Luisi ofreció una lectura segura, precisa y con consideración por las voces, resaltando los momentos más emotivos y conocidos de la partitura, como el vals y la polonesa de la partitura. Los músicos ofrecieron una buena ejecución, con la precisión que caracteriza a las orquestas sinfónicas, pero con la libertad y expresividad de una orquesta de buen nivel que interpreta con buen gusto, valiéndose además de la óptima acústica de su sala de conciertos.