🇺🇸 Il barbiere di Siviglia en Chicago

Lawrence Brownlee, Marianne Crebassa y Alessandro Corbelli © Todd Rosenberg

Octubre 27, 2019. A pura carcajada, la Lyric Opera inició su actual temporada 2019-2020 con una divertidísima producción del Barbero de Sevilla de Rossini firmada por el director de escena Rob Ashford y con un elenco que pareció divertirse a rabiar y que transmitió toda esta diversión y entusiasmo al público asistente, que no paró de reírse con las desopilantes situaciones planteadas sobre el escenario. 

En lo que respecta a las voces masculinas, Adam Plachetka compuso un carismático Fígaro de medios descollantes: voz extensa, cálida, bien esmaltada y de agudos generosos y bien emitidos. Sus grandes dotes actorales redondearon una caracterización de alto vuelo del conspirador protagonista. No se quedó atrás el inspiradísimo conde Almaviva de Lawrence Brownlee, belcantista hasta la medula, quien dispensó un canto homogéneo, estilísticamente perfecto y de desfachatada seguridad tanto en las ornamentaciones como en los agudos. Su prestación escénica y su gestualidad llevaron mucha agua a su molino; sirvan como ejemplos sus desopilantes composiciones de soldado borracho o de afectado profesor de música, o bien los episodios donde, burlándose de su baja estatura, se estiraba buscando infructuosamente alcanzar el balcón de Rosina. Su aria final, ‘Cessa di più resistere’, fue todo un dechado de virtuosismo, precisión y acrobacia vocal: el momento más celebrado de la noche. 

Gran conocedor del oficio, el veterano Alessandro Corbelli, si bien comienza a acusar en lo vocal el peso de su larga carrera, despachó un muy sólido Doctor Bartolo dentro de la más pura tradición de los cantantes bufos del pasado y extrajo toda la comicidad posible de su parte. Su intención, variedad de acentos y vertiginosa velocidad dieron cátedra en ‘A un dottor de la mia sorte”, uno de los mejores momentos de su autoría. Excelente actor y cantante, Krysztof Baczyk le sacó brillo a la parte del maquiavélico maestro de canto Don Basilio, haciendo gala de una voz cavernosa, de sonido exuberante y quizás un poco pesada, pero de una exquisita belleza. Un solvente Christopher Kenney como Fiorello completó el competente elenco masculino. 

En el equipo femenino, Marianne Crebassa se reveló como una Rosina de timbre oscuro y agradable, perfecto dominio de su línea de canto, impecable articulación con gran variedad de recursos vocales para delinear la psicología de su personaje. Habida cuenta del interesantísimo material vocal y el desempeño manifestado por Mathilda Edge como el ama de llaves Berta, bien vale la pena alegrarse del prometedor futuro de las nuevas generaciones. 

El coro de la casa cumplió con su cometido en un alto nivel vocal. En un repertorio donde no se lo notó demasiado cómodo, el talentoso director de orquesta Andrew Davis logró salir airoso a su cometido, brindando una lectura de gran corrección pero a la que le faltó chispa en buena medida debido a unos tiempos excesivamente lentos. A su favor, merece destacarse su particular atención en colaborar con los cantantes, cuidando de no cargar demasiado las tintas sobre el volumen de la orquesta. 

La ingeniosa puesta en escena firmada por Rob Ashford y repuesta en esta ocasión por Tara Faircloth proporcionó con sus divertidísimas marcaciones, su elaborada escenografía de hierro forjado (Scott Pask) y su bellísimo vestuario (Catherine Zuber) un marco ideal para el desarrollo de la acción.