🇪🇸 Javier Camarena en Barcelona

Javier Camarena empezó su gira por España en Barcelona © Antoni Bofill

Enero 18, 2020. Javier Camarena es uno de los preferidos del público del Liceu. Y con razón, pues se ha ganado su admiración, respeto y afecto haciendo su labor de forma superlativa, con una carga de simpatía y humildad (verdadera) que no se encuentran muy fácilmente en ese grado de sinceridad en muchos de sus colegas (y si hablamos de tenores, menos aún). Si no estoy equivocado, este ha sido su primer concierto en solitario en el Teatro de la Rambla y también el primero de una gira por España para celebrar sus primeros quince años de carrera.

En la sala no cabía un alfiler, y hubo que poner sillas incluso en el escenario (lo que no se veía desde un concierto de Jonas Kaufmann, hace ya algunos años). Y el mexicano va y se presenta diciendo: “Quiero decírselo yo mismo: hace dos semanas empecé con un catarro, y no estoy repuesto… Pero puedo cantar”.

Vaya si pudo. En una situación comprometida logró demostrar en noventa minutos por qué se encuentra hoy en la lista no muy amplia de los nombres de tenores de importancia en el mundo de la lírica. Con una técnica soberbia, un estilo perfecto en cada caso, supo llevar su voz de modo admirable (era evidente por sus gestos que no estaba en su mejor forma) y prestando atención a una emisión prudente y contenida y sobre todo a las insidiosas medias voces y agudos filados, nos dio una lección… y no solo de canto. Afable, pero serio, reprochó al habitual celular díscolo que le hizo interrumpir la interpretación del primer fragmento de la segunda parte: “Pero si se lo dicen antes…”, con lo que se llevó otro gran aplauso.

Nueve arias muy difíciles que iban del «Saludo al sol» del Roméo de Gounod a la escena completa de Alfredo (de La traviata) pasando por Donizetti (la primera aria de La favorite, la primera aria de La fille du régiment —la de los nueve Dos—, ‘Seul sur la terre’ de Dom Sébastien, la gran escena de Edgardo en Lucia di Lammermoor), la serenata de Milo en Le roi d’Ys de Lalo, la cavatina (con recitativo y cabaletta) de Tebaldo en I Capuletti e i Montecchi de Bellini, y ‘M’apparì de Martha de Flotow (en italiano, como es justo porque así fue como la hicieron famosa los grandes tenores desde poco después de su aparición).

Obviamente, hubo momentos de la condición no óptima del cantante (fugazmente en Edgardo y Lionel) que reconocía tocándose la garganta y diciendo “crucen los dedos para que pueda con lo que falta…”, y pudo. No tiene sentido así detenerse en elegir lo mejor o ensañarse con uno u otro momento. Ojalá tantos tenores, en su mejor estado vocal, pudieran llegar a cantar de este modo… o incluso algo menos bien. Diría de todos modos que los Donizetti serios y la aubade de Le roi d’Ys fueron más que notables, así como Bellini y Verdi.

Y además, ¿quién se hubiera esperado que los aplausos llegaran a tal punto que el artista, claramente emocionado, agregó todavía dos piezas fuera de programa, y en espléndido estado. La primera, ‘Flor roja’ de la zarzuela Los gavilanes de Guerrero (de 1923). La segunda fue todo un gesto que no hay que subestimar en sí mismo, y aun más en la situación en que se encuentran las relaciones entre Cataluña y el resto del estado español, donde la tensión llega incluso a la utilización de la lengua. “Hablo en catalán en público por primera vez y me van tener ustedes que perdonar si cometo errores, pero esta canción la he estado estudiando mucho…” Y sin errores, aunque con una articulación no siempre tan clara como la habitual, entonó la amada ‘Rosó’ de la comedia Pel teu amor, de Josep Ribas (de 1922), que conoce también una serie de interpretaciones de divos españoles comenzando por la inigualable Conchita Supervia —hay versión para voz femenina—, Alfredo Kraus, Jaume Aragall, Carlo Del Monte y Josep Carreras. El Liceu explotó en ovaciones interminables… y, sobre todo, merecidas.