Júpiter y Davide penitente en Bellas Artes

Júpiter y Davide penitente en Bellas Artes
Davide penitente en Bellas Artes

Abril 10, 2022. Luego de más de tres meses de iniciado el año, la Ópera de Bellas Artes (OBA) arrancó su Temporada 2022, con un par de conciertos que incluyeron dos obras de Wolfgang Amadeus Mozart. Si bien el Teatro del Palacio de Bellas Artes fue el escenario de estas presentaciones, realizadas los pasados 7 y 10 de abril, el programa ofrecido no incluyó ópera. Ni siquiera en un formato distinto al de la puesta en escena, como cabría esperar en total normalidad.

La Orquesta y el Coro del Teatro de Bellas Artes, bajo la dirección concertadora de Iván López Reynoso, interpretaron la Sinfonía No. 41 en Do mayor (la última del compositor; conocida como Júpiter) K. 551; y, luego del intermedio, la cantata Davide penitente K. 469, que cuenta con un texto basado en traducciones al italiano del libro Salmos y el Primer libro de Samuel del Antiguo Testamento, realizadas por Saverio Mattei. En este segundo número, se contó con la participación solista de las sopranos Anabel de la Mora y Luisa Mordel, además de la del tenor Efraín Corralejo.

No sorprendió la calidad que extraería López Reynoso de la orquesta, ya que el repertorio mozartiano le viene bien en estilo y temperamento musical. En la Sinfonía No. 41 (de 1788), una de las cimas estéticas de Mozart y del género sinfónico, la fluida articulación de sonidos encontró equilibrio entre su mecanismo de relojería y su pulcritud emotiva. El ensamblaje, tanto en su aliento rítmico, cuanto en su demanda técnica, se apreció en particular durante el cuarto y último movimiento, un Molto Allegro pleno en el que los temas expuestos se fugan con transparencia y enjundia.

El coro (dirigido en esta ocasión por Luis Manuel Sánchez) asumió el protagonismo en Davide penitente (1785), una obra sacra de notable belleza y espiritualidad, aunque de escaso relieve para el público y poco atendida dentro del mismo catálogo del compositor, entre otras razones porque buena parte de su contenido proviene de su Gran misa en Do menor K.427. La agrupación logró una serie de intervenciones admirables, sobre todo por su orden al momento de colorear el texto y configurar una atmósfera de recogimiento (‘Se vuoi, puniscimi’, por ejemplo).

Dentro del juvenil elenco de solistas, las sopranos destacaron al sortear de buen modo las coloraturas y las líneas líricas de sus encomiendas. La voz de Anabel de la Mora lució, de inicio, al trazar sus escalas e hilvanar una cordillera de agudos, mientras que la de Luisa Mordel lo hizo a través de un fraseo delicado y poético, perceptible desde su primera intervención, el aria ‘Lungi le cure ingrate’. Uno de los pasajes más dulces y mejor interpretados de la obra fue su dueto ‘Sorgi, o Signore, e spargi i tuoi nemici’.

La voz del tenor Efraín Corralejo no mostró igual brillo. Ni literal, ya que su instrumento se escuchó con algunas zonas opacas; ni metafórico, puesto que a nivel técnico las sinuosas coloraturas se le resistieron a su aún joven talento, ya desde su aria ‘A te, fra tanti affanni’. El centro de su registro es el que mejor sonó, pues ahí se concentran sus armónicos, aunque su emisión general denotó cierta necesidad de maduración.

El balance de este par de conciertos debería ser dual y no perderse de vista en un contexto de análisis panorámico. En términos interpretativos no fue despreciable, pese a su brevedad —poco más de una hora de duración— o al cubrebocas que por medida sanitaria utilizó el coro, lo que filtra el sonido real de las voces. Incluso el nivel juvenil de algunos de sus participantes puede defenderse.

Pero no hay que obviar que no se hizo ópera. Y que esta Compañía Nacional, que tiene esa razón de ser, puede pasar meses enteros sin hacerla, ni siquiera cuando tiene actividad o cuando el semáforo de riesgo epidemiológico se encuentra en verde y lo permite, lo que es importante para reavivar el interés por este género artístico, largamente pausado por la pandemia, entre el público que quiere presenciar el espectáculo sin límites de la ópera. 

Programar obras sacras podría entenderse por las fechas previas a la Semana Santa. Una obra sinfónica sin voz, que puede escucharse con otra orquesta, no tanto. Porque se envía un mensaje que preocupa: si la Ópera de Bellas Artes no muestra interés en hacer ópera en Bellas Artes, ¿entonces a quién puede importarle?