La Novena de Beethoven en Milán

La Novena de Beethoven en Milán
La Novena Sinfonía de Beethoven en Milán © Angelica Concari

Diciembre 31, 2021. Que una orquesta cierre su temporada anual con El Mesías de Händel, la Novena sinfonía de Beethoven o el Oratorio de Navidad de Bach podría tener poco de original, pero si nos ponemos a pensar tiene mucha lógica; sobre todo por el mensaje y el texto en cada una de estas obras maestras. En el caso del Mesías y del Weihnachtsoratorium, ambas de corte religioso, se sobrentiende el porqué estás fechas son ideales para su interpretación. Pero la Novena sinfonía en Re menor Op. 125 de Ludwig van Beethoven ofrece un mensaje de esperanza, libertad y alegría atemporal. Una forma más positiva para comenzar un nuevo año no puede haber.

En esta ocasión la Orchestra Sinfonica di Milano Giuseppe Verdi ofreció cinco funciones con la innovadora obra romántica de 1824. A la batuta estuvo Claus Peter Flor director titular de la orquesta, reconocido en Italia por sus interpretaciones del repertorio germánico. Sus tempi fueron apegados a la partitura, salvo pocas excepciones, y las dinámicas orquestales fueron recurrentes. La fijación de Peter Flor por los pianissimi, en particular de las maderas, ofrecieron una visión particular y entrañable.

El misterioso inicio del primer movimiento Allegro ma non troppo, un poco maestoso fue conciso, sobre todo en el fortissimo y en las “conversaciones” entre los instrumentos. Mucha mayor precisión requirió para la entrada y el compás final del Scherzo: molto vivace/Presto, que fue logrado magistralmente en este segundo movimiento donde, tanto la timbalista como los alientos fungen un rol esencial. Por otra parte, el sumamente lírico y melancólico tercer movimiento fue emotivo gracias a la belleza del tema y lo inspirados que se encontraban los instrumentistas, al grado que uno de los solistas cerraba los ojos y disfrutaba las variaciones finales de la parte final del movimiento antes de entrar en acción.

El momento ansiado de la noche se acercaba, la parte coral o, como lo definió el musicologo Charles Rosen, “la sinfonía dentro de la sinfonía”. Tras la presentación de los violonchelos y contrabajos del archiconocido tema del cuarto movimiento, un poco veloz de acuerdo a los estándares tradicionales, se levantaron los solistas.Con la carga de ser la única voz solista en entonar solo el tema principal, el barítono Thomas Laske interpretó un emocionado ‘O Freunde, nicht diese Töne!’. La voz del cantante alemán es pequeña para la lírica, mientras que para el oratorio y la música de cámara es óptimo. Sus agudos por momentos fueron inaudibles al entonar ‘Freude trinken alle Wesen‘, mientras que con su registro grave cumplió. Su interpretación fue muy pasional y la pronunciación clara. 

Por otra parte, el tenor Patrik Reiter es poseedor de una voz potente, luminosa y educada. El joven austriaco evidenció su talento vocal y musicalidad durante su solo ‘Froh, wie seine Sonnen fliegen‘. A pesar de que varias partes de la marcha están en la zona del passaggio, no se notó incómodo ni hubo diferencias en el cambio de registro.

En las voces femeninas; la soprano romana Sabina von Walther cuenta con una voz educada y mórbida. De aplaudirse fueron las difíciles corcheas ligadas en el primer cuarteto ‘Küsse gab sie uns und Reben‘, siempre limpias y claras, al igual que un largo fiato en el Adagio en Si mayor, antes del Prestissimo final. Mientras tanto, la contralto lombarda Sonia Prina, a pensar de lo poco que Beethoven explotó la parte del alto, fue un buen elemento para la estabilidad armónica de los conjuntos. Este repertorio es inadecuado para su voz (la especialidad de Prina es el barroco) pues sus notas agudas fueron ligeramente engoladas, no contaron con el color y agilidad que caracteriza su vocalidad en el repertorio preclásico. 

El coro se situó separado del resto de la orquesta y solistas por disposición anti Covid en la parte superior del Auditorium di Milano Fondazione Cariplo. Desde las alturas, dirigidos por Luca Scaccabarozzi, el coro LaVerdi, debidamente distanciado y siempre con cubrebocas (incluso durante sus intervenciones) trató de cumplir con su cometido, aunque la situación sanitaria haya interferido. Un coro necesita estar unido. Cada integrante debe escuchar a sus colegas para crear y ser consciente de la dinámica que hacen en conjunto; mientras que escuchar la base armónica de la orquesta es fundamental, no basta con ver al director a través de una pantalla. A pesar de estos inconvenientes, la agrupación emocionó por su potencia y unión al entonar el inicial Freude, schöner Götterfunken’ y obviamente (en la misma frase) del final de la obra.