🇩🇪 La traviata en Berlín

Natalya Pavlova resultó una Violetta altamente efectiva © Iko Freese

Diciembre 28, 2019. Anunciada con bombo y platillo, la nueva y reinterpretada producción de La traviata encomendada por la Komische Oper berlinesa a la directora Nicola Raad apenas logró convencer. No le faltaron ideas; todo lo contrario, las hubo y en abundancia, solo que no desarrolló ninguna y su trabajo resultó en un espectáculo tedioso y de dificultosa comprensión del que dieron ganas de escapar lo más deprisa posible.

Ya en el preludio inicial se presentó a una Violetta actual que con tacones de aguja se paseó por la escena exhibiendo las radiografías de sus pulmones y haciendo cómplice al público de su diagnóstico médico. Acto seguido se sentó frente a un ordenador, comenzó desnudarse y a ofrecer sexo a través de internet. Todo esto, mientras se proyectaban imágenes de la película de 1937 Camille, con Greta Garbo y Robert Taylor. Hubo mucha confusión a la hora de determinar el momento en el cual se desarrollaba la acción, ya que en la escena coexistieron: vestuario actual, vestuario de época, teléfonos celulares y computadoras con webcam, lo que permitió intuir la idea de atemporalidad de los hechos aquí narrados. 

Un galpón atravesado eventualmente por una pared de ventanas de vidrios opacos fue la austera propuesta de Madelaine Boyd en materia escenográfica. Como en el imaginario de las películas de Violetta, abundaron el blanco y negro en el diseño del vestuario firmado por Annemarie Woods. Agregó más sombras que luces. El tratamiento lumínico de Linus Fellbom, empecinado en iluminar la parte de atrás de la escena, le negó al auditorio la posibilidad de ver con claridad las expresiones de los solistas. La rebeldía femenina, la marginación, la soledad, el cibersexo o el suicidio —aquí Violetta muere de una sobredosis— fueron algunas de las interesantes ideas que la directora de escena dejó truncas, debilitando la trama original y complicándole la existencia a un público que no se las vio fácil para entender qué es lo que sucedía sobre el escenario.

Afortunadamente, el elenco remontó un espectáculo de poco vuelo escénico. De la primera a la última nota, Natalya Pavlova resultó una Violetta altamente efectiva. Soprano lírico de voz oscura y flexible, rico centro y agudos fáciles, salió airosa de las exigencias belcantistas del primer acto con mucha inteligencia, oyéndosele mucho más cómoda a medida que su parte fue ganando en dramatismo. Tanto por la calidad como por la emoción que supo imprimirle a su canto, su ‘Addio dal passato’ fue lo mejor de su cosecha vocal y uno de los momentos más celebrados de la noche. En la escena se le vio muy entregada a la composición de su parte. 

Muy identificado con Alfredo, Ivan Magrì se movió con naturalidad en un rol donde se le escuchó perfectamente cómodo y a través del cual exhibió un instrumento flexible, luminoso, de generoso legato y perfecta emisión. Se atrevió a la cabaletta ‘O mio rimorso’, de la que salió victorioso con todos los honores. Es un cantante para seguir de cerca. 

En la línea de los grandes barítonos verdianos del pasado, Giuseppe Altomare concibió un Giorgio Germont de referencia con una voz de remarcable calidad, perfecta musicalidad y un fraseo que extrajo toda al intención posible de cada frase. Los personajes secundarios fueron servidos con solvencia y profesionalismo por elementos locales de entre los que destacaron particularmente la Annina de Caren van Oijen y el Dottore Grenvil de Philipp Meierhöfer. 

Excelente, la prestación del coro de la casa bajo la dirección de David Cavalius. Al frente de la orquesta, Jordan de Souza hizo una lectura de tiempos rápidos, bien colorida, de matices justos y muy cuidadosa del estilo verdiano, pero, al mismo tiempo, respetuosa de las posibilidades de los cantantes.