La voix humaine en Milán

La voix humaine en Milán
Alexandra Marcellieri como Elle en La voix humaine en Milán © Angelica Concari

Marzo 11, 2022. Joya del surrealismo francés, hija del movimiento cultural y social de mediados del siglo pasado es el monólogo escrito por Jean Cocteau, La voix humaine. La singular puesta en escena a manera de monólogo fue recuperada y musicalizada en la tragédie lyrique homónima de Francis Poulenc en 1959. Desde hace mas de seis décadas esta composición es un caballo de batalla para las sopranos solistas que quieren demostrar versatilidad, madurez tanto vocal como histriónica y una solidez musical.

Consecuencia de todos estos requerimientos técnicos, no es muy común su correcta ejecución, aunado a su corta duración (40 minutos aproximadamente), por lo que no suele presentarse independientemente. Como lo marca esta tradición, la Orquesta Sinfónica de Milán Giuseppe Verdi, como parte de su temporada invernal, programó La voix humaine el pasado 11 y 13 de marzo en el Auditorium di Milano, sede la orquesta lombarda. 

A la batuta estuvo Giuseppe Grazioli, quien tiene una estrecha relación desde 2011 con La Verdi, habiendo grabado en conjunto la versión integral de las obras sinfónicas de Nino Rota en 12 discos para DECCA. Como primera parte del concierto se interpretaron las dos suites para escena L’Arlésienne de George Bizet. La orquesta respondió concisamente a las extrovertidas indicaciones del concertador milanés, en particular en la Farandole de la segunda suite.

A manera de segundo acto, se presentó la versión semiescenificada de La voz humana, ideada por Louise Brun. La escenificadora, graduada del Conservatorio de Bordeaux, propuso una raquítica escenografía compuesta de una banca extensible a manera de acordeón, una caja de cartón y un teléfono de corneta. Su “dirección” fue pobre y sin ningún elemento semiótico —la obra se presta para ello— más allá de los sollozos y los usuales suspiros, pero en la práctica no tuvo nada de innovador. 

El personaje de Elle (“Ella”, en castellano) fue encomendado a la soprano Alexandra Marcellier. La cantante francesa es poseedora de un bello color de voz, idóneo para interpretar repertorio mozartiano. Evidentemente, la composición de Poulenc no contempla grandes momentos virtuosísticos o armónicamente melódicos, pero a pesar de eso los pocos momentos que evidenció su registro agudo, su volumen y entonación fueron siempre idóneos.

Lo que es verdaderamente imperdonable para alguien que dice llamarse artista, es aceptar con anticipación el encargo y compromiso de interpretar un rol —más importante aún siendo el único personaje— ante un público que pagó un boleto, y no estar correctamente preparado. Marcellier escondió la partitura de la obra detrás de la caja de cartón ubicada en proscenio junto al director. Sobre todo en la conclusión de la “ópera”, miraba continuamente hacia el suelo; ella tirada en el piso (porque así lo sugería “la escena”) acercaba furtivamente una mano atrás de la caja para cambiar de página, despegando eventualmente la mirada del suelo. 

Un acto poco profesional jamás visto en los escenarios milaneses y que representa un insulto tanto para el público en sala como para la orquesta, el director y las colegas que pudieron haberse presentado en su lugar con el título aprendido de memoria.