L’elisir d’amore en Bérgamo

L’elisir d’amore en Bérgamo
Javier Camarena (Nemorino) y Roberto Frontali (Dulcamara) en Bérgamo

Poco de novedoso podría tener una ennesima producción del tan expuesto Elixir de amor, pero en Bérgamo, cuna de Gaetano Donizetti, algo debían hacer para contrarrestarlo. Y así fue: dos grandes aciertos por parte de la Fondazione Donizetti hicieron este elixir diferente respecto al resto de la programación mundial en la actualidad. 

El primero, que sobre los atriles del Teatro Donizetti de Bérgamo estaba la edición crítica de Alberto Zedda en su versión integral. Se trata de casi un 20% de “música nueva” (o más bien desconocida en nuestra época), pues todos los cortes —tanto de recitativos, arias y ensambles que por tradición se hacen a la partitura original— fueron abiertos para esta producción. Esta edición, además de partes “nuevas” y la reinserción de las repeticiones cortadas, evidencia un verdadero salto al pasado en la parte final de la ópera, ya que a partir de ‘Una furtiva lagrima’ nada de lo que hayamos escuchado se le parece. La dirección del teatro optó por el “aria alternativa” de Adina: ‘Prendi, per me sei libero’, que se llama igual pero musicalmente no tiene nada que ver con la versión habitual, seguido de un mini dueto con Nemorino y un par de recitativos (siempre ausentes en la versión clásica), para empastarse al Finale tradicional con la partida de Dulcamara. Sin duda, un descubrimiento musical único en su tipo, tanto para el público, como para los intérpretes que debieron añadir estos cambios/aperturas a su repertorio para las tres funciones que se ofrecieron esta temporada.

El segundo acierto fue la colaboración con L’Orchestra Gli Originali, un ensamble musical con instrumentos de época, que hicieron sonar este Elixir de amor lo más parecido a como lo ha de haber escuchado el mismo Donizetti durante su estreno en Milán en 1832. Los instrumentos de cuerda eran de verdadera tripa, que ofrecieron un sonido mucho más mórbido que el regular; mientras que en los alientos encontramos flautas de madera y oboes, clarinetes, fagotes y cornos con casi doscientos años de antigüedad, con un color y temperamento que despertaron los sentidos. Al orgánico se agregaron un par de instrumentos de época, un arpa de dos pedales —muy útil en el aria final de Nemorino— y un fortepiano a tavola de 1796 con el que se interpretaron todos los recitativos. Con este nivel de precisión musical está por demás decir que la afinación estuvo a 432 Hertz. 

Al frente de la agrupación estuvo el también director artístico del teatro, el bresciano Riccardo Frizza, quien concertó bastante bien la función. Frizza cuidó siempre a los cantantes con el volumen de la orquesta; hasta donde la afinación de los instrumentos se lo permitieron, fue preciso y conciso con los tempi, sobre todo con los finales secos.

Pero toda está innovación desde el foso de la orquesta fue opacada por la parte escénica. La regia firmada por el director británico Frederic Wake-Walker fue burda, sosa y sin la menor gracia, a pesar de tratarse de una opera buffa. Los pocos gags insertados cayeron en la comedia de pastelazo que ni un circo de pueblo se atrevería a exhibir. Las pocas risas del público fueron gracias a la agilidad y las reacciones del elenco. Su tan limitada versión cayó en el patético recurso de involucrar al público durante la función, pidiendo cantar junto al elenco el inicio del segundo acto el coro ‘Cantiamo, facciam brindisi’ o haciendo aparecer a Dulcamara desde la platea para que pasee entre el público y suba al escenario para su aria ‘Udite! Udite!’. Por su parte el vestuario, diseñado por Daniela Cernigliaro, pasó completamente desapercibido, menos en el caso de Nemorino, a quien se encargó de ridiculizar con ropa desaliñada y extremamente grande, una bufanda que arrastraba por el suelo y un sombrero de pescador completamente fuera de lugar y sin la menor justificación. Mientras tanto, la iluminación de Fiammetta Baldiserri fue extremista, con cambios de luz blanca a amarilla, de día a noche tan radicales que fueron casi ofensivos a la vista. 

Florian Sempey (Belcore) y Caterina Sala (Adina) con el coro de Bérgamo

En el rol de Adina, la jovencísima soprano italiana Caterina Sala de tan solo 22 años cumplió interpretando el rol gracias a su educada y entrenada voz. Evidentemente le faltan tablas, pues se mostró eventualmente rígida y por momentos enfocada en la parte musical y descuidando un poco el histrionismo, que no es de culparse pues la escena final del aria original —normalmente sustituida y con la cabaletta opcional— de casi 10 minutos la dejó exhausta al término de la función, aunque cabe señalar que todas las coloraturas, agudos y dinámicas fueron ejecutadas dignamente. 

Por otro lado está su coprotagonista masculino, el tenor mexicano Javier Camarena, quien tiene una evidente experiencia tanto en teatros europeos como en la interpretación de este personaje. Si por algo es famoso Camarena es por sus sobreagudos, que por desgracia el rol de Nemorino no tiene, pues fue concebido para un tenor lírico, salvo por el Do de pecho opcional en el dueto con Belcore ‘Qua la mano giovinotto’, que fue muy bien recibido. Mención aparte requiere la interpretación de la romanza ‘Una furtiva lagrima’, que recibió un aplauso de al menos un par de minutos pues el fraseggio de Camarena, su pianissimo filado y la melancólica cadenza lo merecían.

El barítono romano Roberto Frontali como Dulcamara cumplió con todo lo escrito en la partitura. fue aplaudido fuertemente en los duetos ‘Voglio dire lo stupendo’ con Nemorino y ‘Quanto amore ed io spietata!’ con Adina, donde demostró por qué es uno de los cantantes italianos más connotados actualmente gracias a su potencia y limpieza vocal, y por su divertida interpretación cómica. Por otro lado, el barítono francés Florian Sempey encarnó un Belcore ágil escénicamente pero carente vocalmente. Sus agudos sonaron entubados, engolados y por momentos calantes, mientras su registro central es potente y agradable. Finalmente, la Giannetta de la puertorriqueña Anaïs Mejías fue convincente, con agudos potentes pero innecesarios para este rol, que junto con el coro tuvieron un lindo momento durante el ensamble ‘Saria possible’.

Sin duda esta producción se trató de la más auténtica y cercana a Donizetti y a su tiempo. Considerándose como el estreno en época moderna, tanto de la ejecución de la versión integral, como de la inclusión de los instrumentos originales. Sin duda valió mucho la pena el esfuerzo de la Fondazione que anualmente hace estas joyas para los amantes del bel canto donizettiano en particular.