🇧🇪 Les pêcheurs de perles en Lieja

Annick Massis (Leïla) y Cyrill Dubois (Nadir) © Christian Badeuil

Noviembre 13, 2019. Michel Plasson, gran conocedor de la obra, artista sin par, mantuvo en constante vigilancia los atriles todos, desde la primera nota, dando de la partitura una lectura suave y tranquila, alterada solo por momentos a causa de sucesos de vida y de muerte en el escenario que el director desde el foso reducía cuanto podía con su batuta atenta y benevolente, como para no asustar demasiado al asistente, respetando al tiempo lo marcado en la partitura. 

Bien preparados por Pierre Iodice, un gran especialista del canto coral, los coristas de la casa demostraron una y otra vez temple y obediencia, tratando la batuta del chef con el respeto debido, como si fuera el tótem de aquellos desventurados pescadores que representaban. Sonaron las voces al unísono en ocasiones de gran belleza, desdoblándose también en efectos sutiles, múltiples y bien templados. Fue el coro otro triunfo mayor en las bazas de la representación.

Cyrille Dubois campeó un Nadir viril, presente en el escenario. Cantó su célebre canción con tranquilidad y, si su emisión pudo presentar por momentos alguna aspereza metálica, en nada enturbió su trabajo, realizado con generosidad, timbre claro, pronunciación perfectamente inteligible (en francés no es nada fácil) y elegancia, en particular durante los múltiples recitativos de su personaje. Como Zurga, su opositor en amores y en tesitura, El barítono formado en la propia ciudad de Lieja Pierre Doyen dio al enamorado Nadir una réplica vocal perfecta. Varió su emisión, según se lo iba mandando el relato, pasando de un tono abierto y amigable a una emisión más enfática a medida que avanzaba la tenebrosa historia de los amores de los dos hombres por la misma mujer. Un trabajo vocal y dramático de primera magnitud.

El público esperó pacientemente la segunda parte de la velada para disfrutar verdaderamente del arte vocal de Annick Massis como Leïla, un tanto ausente en sus primeras salidas. La soprano francesa tradujo luego con arte y ciencia el amor que llevaba para con Nadir en su diálogo nocturno, y defendió con temple su valiente decisión ante las feroces iras de Zurga. Su emisión fue clarificándose a lo largo de la velada, la justeza de sus decires afinándose, y fueron sus últimas intervenciones las que mostraron las auténticas calidades de la artista: la elegancia de su canto, por encima de todas ellas, la comprensión de su personaje (nada lógica, por cierto, difícil de asumir), la belleza de su timbre, la calidad de sus recitativos, su presencia en el escenario también. Completó el reparto el bajo Patrick Delcour en el papel de Nourabad, relativamente modesto, por lo menos en extensión, respecto a sus intervenciones frecuentes en los escenarios. Su tesitura vino a enriquecer el cuadro vocal imaginado por el compositor.

Georges Bizet y sus libretistas tuvieron el gran acierto de alejarse por completo del ambiente social, precario y miserable que reinaba en el extremo oriente, y en particular entre las gentes que ejercían la profesión de buscadores de perlas. Y así suprimieron en su música y en sus diálogos todo atisbo de veracidad, dejándose llevar mayormente por el impulso romántico que reinaba en la Europa musical de 1863. La puesta en escena de Yoshi Oïda respetó esta opción, si bien introdujo a través de la escenografía de Tom Schenk, subrepticiamente, en el telón que sirvió de fondo visual a toda la historia, un cielo desdibujado, torturado y doliente que mantuvo en el espectador dudas sobre la aparente armonía y los buenos sentimientos entre los protagonistas y el pueblo desde el principio hasta el final del cuento. Es un contrapunto en el que hay que hacer hincapié, puesto que ilustra a la perfección la influencia paradójica de lo moderno —el verismo que llegará al final del siglo— sobre lo antiguo. Dicho de otro modo, el conocimiento de Pietro Mascagni y su época realzó el sentido de la obra de Georges Bizet. 

Por lo demás, Oïda se mantuvo fiel a la reconstrucción tradicional de la obra, creando un mundo totalmente fuera de la realidad, onírico, vistiendo a todos (con diseños de Richard Hudson) por igual e imponiendo a los actores principales gestos de la más pura teatralidad. En este cuadro vinieron la música y los textos a completar un ambiente coherente que embelesó al público.