🇨🇦 Lucia di Lammermoor en Montreal

Kathleen Kim (Lucia) y Frédéric Antoun (Edgardo) en Montreal © Yves Renaud

Noviembre 14, 2019. Después de una larga ausencia, Lucia di Lammermoor volvió a la escena de la Ópera de Montreal con una propuesta de altísimo nivel vocal. A cargo del rol protagónico, la soprano Kathleen Kim cumplió de sobra con las exigencias vocales de la malograda Lucia, seduciendo con una voz pequeña pero de gran calidad tímbrica, notable musicalidad y depurada técnica, a la que condujo con seguridad y precisión. En el aria ‘Regnava nel silenzio’ fue donde obtuvo su mayor lucimiento, con un canto sin fisuras y fluido en las agilidades; y en donde además se le escuchó suelta y expresiva. En la escena de la locura, si bien su desempeño vocal fue irreprochable, su parquedad expresiva hicieron que el canto resultara monocorde, sin emoción alguna y sin lograr convencer más allá de lo estrictamente técnico. 

Debutando la parte de Edgardo, Frédéric Antoun fue quien se coronó como el gran triunfador de la noche, componiendo un enamorado de Lucia ideal, al que bordó con una voz lírica de gran belleza, acentos nobles y convincentes y una prestación que dominó la escena con su sola presencia. Celebradísimo, su ‘Tombe degli avi miei’ fue el broche de oro de una caracterización excepcional que siempre supo ir de más en más y con la que confirmó ser uno de los mejores tenores de su generación. No se quedó atrás Gregory Dahl, quien dio vida a un maquiavélico hermano de la protagonista de voz robusta, homogénea y generosa, y de canto sentido y aristocrático. Con gran autoridad, Oleg Tsibulko retrató un capellán Raimondo contundente en lo vocal y bien plantado en lo escénico. 

Un auténtico lujo fue contar con Mario Bahg —ganador de la edición 2018 del Concurso Internacional de Canto de Montreal— como Arturo, el noble pretendiente de Lucia, parte a la dotó de un relieve poco usual y a la que cinceló con una voz de grato color, línea inmaculada y agudos de acero. Proveniente del programa para jóvenes cantantes de la casa, una grata impresión dejó la muy solvente Alisa de Florence Bourget. Asimismo, merece destacarse la eficiente labor de Rocco Rupolo como Normando, el jefe de la guardia del castillo de los Asthon. El coro tuvo una participación digna de todos los elogios. 

En su debut con la compañía, el director italiano Fabrizio Ventura mantuvo un excelente dominio de la orquesta metropolitana, revelándose como un gran conocedor del estilo donizettiano y brindando una lectura cuidada y precisa en ataques y tempi. De la oscura y tenebrosa producción proveniente de la Florida Grand Opera se salvaron, aunque con reservas, los decorados que con pocos elementos recrearon con eficacia la Escocia del siglo XVII y el correcto vestuario de anteriores producciones de la casa. La reposición escénica de Michael Cavanagh careció de mayor interés. El director de escena quebequés no pareció estar enterado de que la contienda, más allá de que estén devenidos a menos, tiene lugar entre familias de la nobleza, lo que no justificó sus marcaciones vulgares y de poco gusto. La cereza del pastel: el sobreutilización de espectros deambulando por el escenario al mejor estilo de The Walking Dead. En fin, un espectáculo para disfrutar de la música y el canto pero con los ojos bien cerrados.