🇺🇸 Manon en Nueva York

Lisette Oropesa (Manon) y Michael Fabiano (Des Grieux)

Octubre 5, 2019. En medio de la parafernalia publicitaria que acompañó el estreno de Porgy and Bess en la apertura de la temporada del Metropolitan Opera House, y de la posterior y muy mediática salida de Plácido Domingo de Macbeth envuelto en acusaciones de acoso sexual, la reposición de Manon de Massenet llevada a cabo por el máximo coliseo neoyorquino pasó casi desapercibida, lo que fue de lamentar, teniendo en cuenta su alta calidad manifiesta tanto en lo vocal como en lo escénico. 

A cargo del rol protagónico, la talentosa y ascendente Lisette Oropesa —reciente ganadora del premio Richard Tucker en su edición 2019— regresó a la casa debutando una parte que calzó perfectamente a su vocalidad y a la que concibió con una voz lírica de bellísimo esmalte, flexible y ágil, a la que condujo con gran ductilidad. Cantante de enorme sensibilidad, supo construir una heroína de gran emotividad a través de un fraseo siempre cuidado y una dicción de manual. Además, su buena presencia escénica sumó mucho a una caracterización muy completa y convincente de la heroína. Particularmente conmovedoras resultaron tanto su aria de entrada ‘Je suis encore tout étourdie’, de canto ingenuo e inocente, como la “Despedida de la mesita” interpretada con enorme melancolía. 

Con todas sus hormonas a flor de piel, Michael Fabbiano retrató un seductor Caballero Des Grieux rebosante de pasión y juventud, a cuyo servicio puso una voz bien timbrada, homogénea y oscura que, aunque muchas veces tuvo dificultades para controlar, no logró opacar una interpretación plena de buen gusto, nobleza e intencionalidad. Lo mejor de su cosecha se le oyó en el sueño, donde fue pródigo en medias voces y refinados detalles. En la escena de Saint-Sulpice alcanzó gran intensidad dramática, pero con arrebatos más propios del verismo italiano que de la escuela francesa. En excelente forma, Artur Rucinski delineó un manipulador Lescaut de impecable hechura con una voz de color grato y uniforme, bien proyectada y sonora, que hizo maravillas con cada frase que cantó. 

Del séquito de pretendientes: Carlo Bosi fue un Guillot de Morfontaine divertido y de enorme variedad de recursos histriónicos, sin nunca resultar ridículo; y Brett Polegato fue un oportunista benefactor De Brétigny vocalmente intachable y mucho más dramático de lo usual. Un lujo desmedido resultó Kwangchul Youn como el Conde Des Grieux, personaje al que dotó de una enorme prestancia escénica y gran autoridad vocal. Si bien las tres cocottes Pousette, Javotte y Rossette de Jacqueline Echols, Laura Krumm y Maya Lahyani, respectivamente, mostraron poseer en lo individual identidades propias y buenos medios vocales, fue imposible comprenderles —ya fuera en los parlamentos o en los momentos cantados— ni una sola palabra de lo que estaban cantando. Ausente también a las clases de francés, el coro cumplió con lo justo, aunque merece concedérsele una atenuante por su buena predisposición a colaborar con los exigentes requerimientos de la dirección de escena. 

Al frente de la orquesta del Met, Maurizio Benini hizo una lectura musical convincente, de gran precisión y vuelo lírico donde abundaron las delicadezas, los matices y en la que prestó particular atención a sostener la labor de los solistas. La puesta en escena con toques de music hall firmada por Laurent Pelly y estrenada en la casa hace pocos años trasladó la trama ubicada en el siglo XVIII a los inicios del siglo XX, sin por ello entorpecer en general el desarrollo de la acción. Un excelente trabajo a la hora de delinear tanto a los personajes principales como los secundarios merece destacarse de la labor del creativo director de escena francés. Importantes aportes al éxito final hicieron Chantal Thomas a cargo de la escenografía y Lionel Hoche, de las coreografías.