🇺🇸 Le nozze di Figaro en Nueva York

Hanna-Elisabeth Müller (Susanna) y Adam Plachetka (Figaro) en el Met © Marty Sohl

Febrero 14, 2020. En la reposición de Las bodas de Fígaro propuesta por el Met para la segunda parte de su temporada, el coliseo lírico neoyorquino ha logrado mantener el listón de calidad bien alto, proponiendo un elenco alternativo al del debut: atractivo, equilibrado y sin puntos flojos. En lo que respecta a las voces masculinas, Adam Plachetka dejó atrás el traje del Conde para calzarse el del criado Figaro, personaje al cual dotó de una enorme picardía, naturalidad y una vocalidad impecable. De su prestación merece destacar, particularmente, tanto su afinidad con la parte como el dúctil manejo con el que dispensó una voz lozana, de gran musicalidad y de acentos siempre justos y expresivos. Reemplazando a Mariusz Kwiecień, quien se retiró por enfermedad de esta producción, el barítono canadiense Etienne Dupuis resultó un muy eficiente reemplazante cuyo Conde hizo gala de gran autoridad vocal, luciendo un timbre de rico esmalte, una línea de canto siempre cuidada y un fraseo noble y elegante. En la escena, planteó un Conde seductor, tan cabrón como sensible y siempre dispuesto a todo precio para sacar el mejor rédito posible de su rango social. Muy familiarizado con la parte, Maurizio Muraro concibió un Don Bartolo pleno de detalles, sin excesos y de notable rendimiento vocal. En una parte que podría dar para mucho más, Keith Jameson fue un Don Basilio correcto en lo vocal, pero cuya vena cómica no logró despegar. Tanto el veterano Tony Stevenson como el omnipresente Antonio Corono resultaron profesionales y oficiosos como los comprimarios Curzio y Antonio, respectivamente. 

En lo que concierne al elenco femenino, Amanda Woodbury, reemplazando a la originalmente prevista Anita Hartig, delineó una Condesa solvente en una parte donde pareció demasiado contenida y en la que no pudo desplegar todo su potencial. Así y todo, su desempeño fue sólido, destacando por su virtuosismo exquisito en los pasajes de canto legato, sus agudos luminosos y su canto emotivo y delicado. Por su parte, Hanna-Elisabeth Müller cantó una criada Susanna chispeante, desenvuelta y segura con una voz ideal para la parte, mucha intencionalidad en el recitativo y un cuidado estilo mozartiano. Debutando en la casa, Marianne Crebassa dejó una muy grata impresión componiendo un juvenil y desfachatado Cherubino de voz bella, flexible y cálida que arrancó muchas risas por su hipersexualizadas pulsiones difíciles de contener. Maureen McKay fue una deliciosa Barbarina que aprovechó su aria ‘L’ho perduta’ para alardear de su interesante y prometedor patrimonio vocal. Completó el elenco la inspiradísima Marcellina de acentos maliciosos y sobrados medios vocales de MaryAnn McCormick. 

El coro de la casa cumplió con solvencia en cada una de sus intervenciones. Desde el foso, Cornelius Meister hizo una gran contribución para el éxito final, dirigiendo con buen pulso, dinamismo y energía a los inspirados músicos de la orquesta de los que obtuvo una lectura cuidada en el estilo y perfectamente concertada entre el foso y la escena. Estrenada en la temporada 2014-15, la producción firmada por Richard Eyre, a pesar de trasladar la acción de finales del siglo XVIII a Sevilla en los años 30 del siglo pasado, logró exponer con eficacia los conflictos entre las diferentes clases sociales que hacen el centro de la trama. La sólida dirección escénica de los solistas a los que confiere  personalidades bien definidas fue uno de los puntos fuertes del trabajo del director de teatro  británico. La laberíntica escenografía compuesta por torres que a medida que van girando dejó al descubierto salones y pasadizos interconectados, dejaron claro que nada de lo que sucedía en la casa del Conde era ajeno a sus habitantes. Tanto el vestuario de exquisito buen gusto diseñado por Rob Howel como las creativas coreografías de Sara Erde agregaron valor a la propuesta visual.