🇫🇷 Rusalka en Estrasburgo

Octubre 18, 2019. No es fácil poner en escena la obra de Antonín Dvořák, de ambiente onírico y situaciones amorosas perfectamente terrenales. Nicola Raab, artista poco conocida en Francia, optó por una presentación que fuese ante todo comprensible para el espectador. La directora de escena logró su cometido con la ayuda de su equipo, y muy en particular la de Martin Andersson, creador de los videos que fueron subrayando los lugares de la acción y los estados de ánimo de los personajes. 

Aunque la directora se mantuvo fiel a las indicaciones del libreto en todo momento, se permitió también alguna morcilla de su cosecha, que, si bien en un primer momento pudo desorientar, añadió al cuento elementos visuales que lo enriquecieron. Valgan de muestra dos ejemplos: al paso de la acción, una niña (¿Rusalka?) lee un libro de cuentos en el escenario con, muy probablemente, la propia historia de la ondina. Con estas y otras opciones dramáticas —naturalistas, las más— Nicola Raab acercó el sueño a la realidad y, pues, lo que se ganó en comprensión directa se sustrajo del componente imaginario del relato en un toma y daca equilibrado y feliz. Por lo demás, ordenó a cada artista lances y gestos dramáticos fáciles de comprender, muy en conformidad con la voluntad de equilibrar en su puesta en escena lo onírico del cuento con lo realista de su presentación en pro del interés del espectador.

© Klara Beck

Al frente de la orquesta de la casa, Antony Hermus dio a la partitura una lectura fiel; no esquivó para nada la filiación wagneriana de la obra con las consabidas incrustaciones de la música popular, sin duda de origen checo, que a nuestros poco educados oídos se antojaron más bien rusas. Si bien la dirección del maestro americano fue fiel y equilibrada, por momentos olvidó la relativa pequeñez de la sala y aumentó el volumen en demasía.

Pumena Matshikiza se lució en el papel de Rusalka a pesar de que el timbre algo velado de su emisión no favorecía, a priori, a su voz para representar la función etérea de la ondina. Cantó la “Invocación a la luna” con gran emoción, bien apoyada por la orquesta, y obtuvo en la sala un silencio emocionado. Cumplió luego con valentía su cometido, duro y difícil, hasta el final del tercer acto y, aunque ciertamente hubo alguna duda sobre la buena afinación de algunas notas en el registro agudo, la presencia de la artista y su canto firme y seguro, pero muy lírico también, convenció.

No se dirá lo mismo del tenor Bryan Register —el Príncipe—: de buena presencia, dramáticamente muy en su lugar, y que a pesar de disponer de un bello timbre vocal mostró también una voz fatigada que por forzada se endurecía irremediablemente en el agudo fuerte. El público aplaudió sin reservas y con justicia el trabajo irreprochable, vocal y dramático, de Patricia Bardon en el papel de la bruja Ježibaba. También el coreano Attila Jun mereció el beneplácito de la sala por su intervención en el papel de Vodník. Rebecca Von Lipinski fue en el acto segundo una eficaz Princesa extranjera sin nombre propio, personaje que pesó no poco en la balanza de la seducción del Príncipe. Vocalmente de muy buen nivel, aunque algo ruda en sus movimientos, la artista se salió muy satisfactoriamente de su cometido. Las ninfas Agnieszka Slawinska, Julie Goussot y Eugénie Joneau marcaron los límites de la historia a la manera de las Hijas del Rin en la Tetralogía de Richard Wagner. Jacob Scharfman —el Cazador y el Guardabosques— y Claire Péron —el Pinche de cocina— cumplieron. El coro, bien preparado por Alessandro Zuppardo, agradó.