🇨🇦 Rusalka en Toronto

Sondra Radvanovsky (Rusalka) y Pavel Cernoch (Príncipe) © Michael Cooper

Octubre 18, 2019. Un espectáculo de primera clase y una noche excitante, tanto por la calidad de los intérpretes como por la contundencia de la producción escénica, ofreció la Canadian Opera con la reposición de Rusalka de Antonín Dvořák en su inicio de temporada. Para la ocasión, Sondra Radvanovsky retomó un personaje que no había cantado por más de diez años, y al que regresó con descomunal éxito. Con una aproximación a la parte protagónica mucho más dramática de lo habitual —y perfectamente adecuada para la visión “dark” que buscó imponer el director de escena sobre el escenario— la soprano americana hizo gala de una voz amplia, lozana, rica en colores y flexible, capaz de prodigar con enorme facilidad un canto rico en pianissimi, mezze voce y diminuendi y que, sumada a un canto de enorme emotividad, le dieron a la noche momentos mágicos. Su “Canción de la luna” fue modélica, mereciendo destacarse particularmente el perfecto control de una voz que no obstante su gran potencia fue admirablemente administrada y sin exceso alguno. Con todo y esto, el personaje de Rusalka no es un rol que, al menos en este momento de su carrera, le permita lucirse en la medida de sus méritos, ya que la escritura de la parte dejó demasiado expuesto el vibrato y el color metálico de su voz. 

Con una presencia escénica de alto impacto, Pavel Cernoch sedujo al público asistente incluso antes de cantar una sola nota. Especialista en este tipo de repertorio, el tenor checo fue un Príncipe ardiente de canto refinado, rico lirismo y de agudos seguros y firmes. Tanto por temperamento como por vocalidad, Keri Alkema retrató una Princesa extranjera muy cercana a la perfección que lució una voz aterciopelada, agudos de acero y una técnica sin mácula. Aunque atractiva, la voz de Elena Manistina resultó demasiado liviana como la bruja Ježibaba, aunque compensó tal carencia con una gran eficacia escénica. Štefan Kocán concibió un gnomo del agua Vodník de gran contundencia vocal y compromiso escénico. 

Los personajes secundarios fueron cubiertos con gran solvencia y profesionalismo por jóvenes cantantes provenientes del atelier lírico de la casa. El coro volvió a dar muestras del elevado nivel vocal en el que se encuentra bajo la siempre atenta dirección de Sandra Horst. A pesar de algunas estridencias en el preludio inicial, la orquesta fue equilibrándose y a medida que avanzó la noche elevó su rendimiento. Desde el foso, Johannes Debus apostó por una lectura romántica y sugerente de ricos colores orquestales pero de tiempos demasiados lentos y escasa tensión. 

En las manos del director de escena David McVicar, el cuento de hadas de la sirenita se transformó en una pesadilla de estética tenebrosa más próxima a una película de terror que a un cuento de Disney. Cuidadosamente concebida, la semitradicional producción escénica planteó un espectáculo exacerbadamente oscuro, pleno de humor negro, donde se profundizó sobre la crueldad, la traición y la discriminación a la que es sometida la protagonista por su entorno. Valga el asesinato de las ninfas por unos cuervos al servicio de Ježibaba como ejemplo de algunos de los momentos más “tiernos” de la propuesta del afamado director escocés. Así y todo, el espectáculo desbordó creativas ideas y más allá de su tenebrosidad funcionó a la perfección. Contribuyeron al muy logrado resultado final tanto las inspiradísimas coreografías de Andrew Georges como el estudiado tratamiento lumínico de David Finn y el bellísimo vestuario firmado por Moritz Junge.