🇲🇽 Salsipuedes en Bellas Artes

Escena de Salsipuedes en Bellas Artes. Foto: Karla Olmos

El idioma de un libreto operístico, cuando está escrito con una estructura sólida y un uso semántico adecuado de sus palabras, no sólo es un lenguaje para transmitir un argumento y desarrollar las acciones y sentimientos de sus personajes; es, también, el vehículo que aglutina ideas y expresiones propias de una colectividad de una manera en que ningún otro podría referirlas. En esencia, es identidad y contexto, tanto como un rostro distintivo y aglutinante cultural, como cualquier lengua.

En esa vertiente es que debe reconocerse el trabajo del mexicano Daniel Catán (1949-2011), “el compositor de las óperas en español”, como se le suele referir en el contexto lírico internacional, en el que sin duda es nuestro compositor más afamado. No es sólo que Catán haya elegido la lengua de Cervantes para plasmar su creatividad lírica, o que ese idioma sea del todo traducible y genérico, sino que usa las palabras en español, los giros idiomáticos, incluso los dobles y triples sentidos, para construir las entrañas de sus obras y personajes, su clima, su geografía social y política.

Así pudo aquilatarse en el ciclo de estreno latinoamericano de Salsipuedes o El amor, la guerra y unas anchoas (2004), presentado por la Ópera de Bellas Artes con funciones los pasados 26, 28 y 30 de mayo, además del 2 de junio de este 2019, con puesta en escena de Luis Martín Solís y dirección concertadora (luego de anunciar y sustituir en la publicidad oficial al mexicano Eduardo Diazmuñoz y luego al italiano Guido Maria Guida) del colombiano Ricardo Jaramillo.

Salsipuedes o El amor, la guerra y unas anchoas, estrenada originalmente en Houston, es la cuarta de las cinco óperas del compositor y cuenta con libreto del escritor cubano avecindado en México Eliseo Alberto (1951-2011), en colaboración con el mexicano Francisco Hinojosa (1954) y el propio Catán.

Pone en escena las peripecias de Ulises y Chucho —un par de músicos en la isla caribeña de Salsipuedes, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial—, que sin querer son embarcados en su noche de bodas en un navío militar, el del capitán Magallanes, por lo que incumplen sus deberes nupciales con sus respectivas parejas, Lucero y Magali, quienes emprenderán la búsqueda de sus esposos de puerto en puerto. Todo ello con el denominador común de una dictadura tropical encabezada por el general García, quien ha declarado la guerra a los nazis como una medida que legitime su ya extendido régimen, y una población siempre festiva, que baila todo el tiempo,
en las calles y en los tugurios.

Catán acompaña las acciones con ritmos y géneros guapachosos, caribeños, que construyen el drama con una música que irremediablemente hace brotar el chacoteo como contrapunto a la tragedia de un poblado del que por lo visto no se puede salir ni cambiar sus costumbres, sus códigos, su avasallamiento geopolítico. Tal vez un golpe de suerte en la lotería, el azar, pueda cumplir ese cambio de rumbo, de condena. No utiliza violines, sino que prefiere percusiones y alientos metálicos, lo que da una clara idea de la superficie sonora sobre la que cantan los solistas y el coro.

Eso, el baile, fue de lo más logrado en la propuesta escénica de Solís, con coreografía de Érika Torres, porque en el fondo se notó que está en el ADN de los intérpretes. Es una lástima que el volumen de la orquesta sonara tan descontrolado, estruendoso, como si el director Jaramillo no hubiese propuesto una lectura más lubricada y sensual, o como si los instrumentistas no le hicieran caso, más propensos a mostrar voluntaria o involuntariamente su ánimo descontento por el cambio de su otrora director artístico y de los maestros concertadores pensados originalmente para esta producción que igual fueron descartados.

Las funciones, por fortuna, contaron con un reparto joven en su mayor parte, sin demasiado cartel, pero apuntalado por algunas voces con mayor experiencia, que las potenciaron e hicieron lucir con solvencia. La mezzosoprano Mariana Sofía García (Magali) y las sopranos Liliana Aguilasocho (Lucero), Arisbé de la Barrera (Orquídea) y Angélica Alejandre (La China) ofrecieron el rostro bello y femenino de sus voces y figuras, que no deja de ser un ingrediente central en un entorno caluroso y guatequero. Los barítonos Josué Cerón (Chucho), Armando Gama (Capitán Magallanes), Enrique Ángeles (Coronel y Madame Colette), así como los tenores Ángel Macías (Ulises), Luis Alberto Sánchez (General García), Alan Pingarrón (El Chino) y Rodrigo Petate (Teniente), ofrecieron la contraparte, ya masculina, ya femenina¡ travestida; algunos dispuestos a la diversión, otros al placer, otros a la conservación del poder a través del abuso o la pantomima.

El trazo de Solís —que echó mano de la escenografía de Jesús Hernández, la iluminación de Rafael Mendoza y el vestuario de Sara Salomón— permitió apreciar el desarrollo de la trama, con algunos guiños al actual contexto político mexicano y, salvo algunos momentos extraños (como el de un mítin en el que el orador —por su colocación al frente del escenario— en rigor se dirige al público mientras el pueblo que lo escucha está a sus espaldas) podría decirse que transmitió a la escena el discurso dramático de la obra con claridad.

Salsipuedes o El amor, la guerra y unas anchoas es un claro ejemplo de que se puede ser contemporáneo en la fecha de estreno de una obra e incluso, relativamente, en su redacción músico-vocal, pero vetusto y anacrónico en su temática argumental y en el planteamiento arquitectónico de sus personajes y motivaciones. El cliché de república bananera con su sucesión asesina de dictadorzuelos demagógicos que se mueven en un pueblo que se traga sus mentiras al ritmo de música guapachosa, efervescente y bailarina, con hombres machines pero enredados, ojoalegres pero sentimentales y mandilones, guasones borrachines y aventureros, son puntos cardinales sobre los que se desarrolla una trama chacoteramente en serio aunque sin consecuencias en su melodrama.

El argumento, por supuesto, reprueba (como casi todo el repertorio lírico) el Test de Bechdel, pues si bien cuenta con al menos dos mujeres con nombre —en rigor son cuatro, dos de ellas esposas desesperadas, las otras dos muchachonas de taberna prestas para la aventura con desconocidos—, y de hecho interactúan entre ellas, sus diálogos son exclusivamente sobre hombres y sus relaciones sentimentales: unas expuestas a la toxicidad ya desde la noche de bodas y bien aleccionadas en que al final el amor todo lo soporta y perdona; y otras a la cruda pero tolerada mentirilla para que la noche de placer y parranda pueda continuar tanto como ese sistema sociopolítico tropical donde se encuentran.