🇪🇸 Siegfried en Madrid

🇪🇸 Siegfried en Madrid
Andreas Conrad (Mime) y Andreas Schager (Siegfried) en Madrid © Javier del Real

Marzo 14, 2021. Hoy, un año después de que diera comienzo el confinamiento estricto en toda España, se cumplen las ocho funciones del doble desafío del Teatro Real de Madrid, que ha llevado a escena Siegfried de Wagner. Y digo doble desafío porque, si en condiciones normales no es cosa fácil programar una obra de este calibre y que el resultado sea óptimo, hacerlo en tiempos de pandemia, cuando la mayoría de las casas de ópera del mundo permanecen cerradas, supone para la empresa un giro de tuerca. 

Si bien la partitura de Siegfried prescinde de coro, el Teatro Real ha debido alojar a 87 músicos, manteniendo no obstante las prescriptivas medidas de seguridad anti-Covid. Para ello se han reservado cuatro palcos laterales de la platea a las seis arpas que requiere la partitura, junto a un pequeño grupo de percusión, y otros tantos enfrente para el metal grave: trombones y tuba. La única concesión se realizó en el número de instrumentos de cuerda, que se redujo mínimamente. En la rueda de prensa de presentación, Pablo Heras-Casado —el director musical, que en las dos temporadas anteriores ya dirigió las dos primeras entregas de El anillo del nibelungo: El oro del Rin y La valquiria— explicaba lo siguiente: “En el clímax de la ópera, cuando el héroe llega a la montaña donde duerme Brünnhilde y la despierta, suena un mi menor místico desde el foso que se transforma en un do mayor que viene desde el palco donde están los trombones y remonta como un destello que llega a las arpas del otro lado. Es un momento mágico”.

Y, efectivamente, esta disposición contribuye a aproximarse a la plasticidad de sonido envolvente que requiere la partitura wagneriana, de la cual Heras-Casado apuntala una lectura convincente, sobre todo en el segundo acto, gracias sin duda al gran papel que realiza la orquesta, y a pesar de un exceso de volumen en algunos pasajes que lleva a los solistas al límite de su capacidad. 

Por su parte, Robert Carsen, el director de escena, propone una versión del mito en clave distópica, transportándonos a un mundo que ya ha colapsado (bosques talados, praderas arrasadas por el fuego, ciudades abandonadas…) en el que los personajes son una suerte de sobrevivientes nómadas en guerra. Destacan como elementos escenográficos la casa rodante y la improvisada fragua rodeada de basura donde vive Mime; el atemorizante Fafner del segundo acto, que ya no es un dragón sino un cíborg de gigantes brazos mecánicos; y la sobrecogedora pradera en llamas del tercer acto, que Siegfried debe atravesar para llegar hasta el campo de batalla donde yace Brunilda, rodeada de despojos humanos. Aunque a veces los movimientos de los cantantes resultan algo torpes, el concepto presentado por el canadiense me parece muy sugestivo.

En cuanto a los cantantes, el reparto fue brillante. Andreas Conrad da vida a Mime. Su verosímil interpretación transmite un ser quisquilloso y manipulador, el típico mediocre frustrado porque las cosas siempre le salen mal. En la parte vocal, quizá acusaba el cansancio de las últimas representaciones, pero demostró la precisión a la que nos tiene acostumbrados. Martin Winkler, que se mete en el papel de Alberich, un brujo alcoholizado, también demostró altas dosis de oficio y brilló, aunque su timbre y el del siguiente personaje sonaran demasiado parecidos en su dúo del segundo acto. Al canto del Caminante/Wotan, interpretado por Tomasz Konieczny, le faltó empaque y fuerza expresiva. Sin embargo fue muy aplaudido por el público, lo que me ha llevado a plantearme que quizá Carsen pretenda mostrarnos en esta versión a un personaje-espectador de la tragedia, es decir, a un ser más humano que divino con quien todos podamos identificarnos. Jongmin Park es Fafner, el último de los gigantes, robusto y profundo; y en los roles femeninos encontramos a Okka von der Damerau como Erda y a Ricarda Merbeth como Brunilda. Ambas demuestran ser conocedoras del lenguaje wagneriano y dominan sus personajes interpretativa y vocalmente. En alto alemán Erde significa Tierra, y no es de extrañar que este ser de naturaleza semidivina pase sus días encerrado en su castillo, obsesionado con la limpieza. La española Leonor Bonilla puso voz a un sugerente Pájaro del bosque desde fuera del escenario.

Dicho todo esto, la verdadera estrella de esta producción y merecedor de un punto y aparte es Andreas Schager, quien a pesar de sus 50 años no ha perdido ni un ápice del vigor juvenil que requiere el maratón vocal de Siegfried. Su afinación perfecta, sus inacabables recursos vocales y su voz grande y homogénea se conjugan con un alto nivel interpretativo que nos ofrece a un protagonista tan optimista como intrépido, casi con la ingenuidad de un adolescente, inmerso en una incansable carrera hacia la epopeya. Heroica interpretación de Schager y heroica apuesta del Teatro Real por conjugar el respeto a las normas de seguridad sanitaria y a su compromiso con las artes escénicas y los artistas.