🇪🇸 Concierto de Simon Keenlyside en Madrid

El barítono Simon Keenlyside ofreció un recital en Madrid © Rafa Martín

Febrero 3, 2020. Son muchos (nunca bastantes) los conciertos de Simon Keenlyside que he tenido la suerte y el placer de escuchar en vivo, e incluso si el programa no presentaba casi canciones nunca escuchadas en su interpretación, valió la pena. Y, como es lógico, el viaje por el mundo de los Lieder comenzó de la mano de Schubert: no es de extrañar que el nivel y la emoción en el canto del barítono sean tan elevados que, aunque pase el tiempo de una larga pausa, la segunda parte corre el riesgo de pasar por menos importante o profunda, y hace falta volver a acostumbrar lo que convenimos en llamar espíritu y oído para centrarnos. Se trata, en cualquier caso y siempre, tanto en Schubert como en la melodía francesa de la segunda parte de esa “rara emoción” de la que habla Jules Renard en ese sublime poema en prosa sobre el Martín pescador que forma parte de las formidables Histoires naturelles di Ravel: el programa fue exactamente eso. Todo él. 

Sobre el Schubert de Keenlyside, ¿qué se podría agregar? Que es suyo por derecho propio, como de no muchos intépretes de cualquier registro: directo, introvertido y extrovertido, inquieto, melancólico, hable o no del amor (por lo general, no correspondido o desdichado o pasado) sin que falte una virilidad y energía a la célebre ‘Ständchen’ del Canto del cisne. De las profundidades rocosas del ‘Atlas’ (qué fuerza en centros y graves y qué valentía en los agudos) a la última, la despedida (‘Abschied’), decepcionada y recorrida por la amargura de lo que no ha sido y de lo que no volverá, fue un recorrido por las emociones de todos nosotros. Sin ahorrarse ni guardarse nada, obtuvo un gran éxito de un público atento y entendido que ocupó la sala del Teatro de la Zarzuela, ideal para estos conciertos.

Generoso como acostumbra, Keenlyside insistía en compartir los aplausos con la pianista Caroline Dowdle: para mí, nueva, al menos como acompañante del barítono, que no me pareció en absoluto a la altura. Tal vez correcta, pero absolutamente insípida e incolora (con los tiempos elegidos para ‘Abschied’ precisamente doy un ejemplo suficiente). Una verdadera lástima, porque el cantante se encontraba en plena forma (excelente todo, el timbre siempre homogéneo, pero en particular ¡qué dominio de la respiración!).

La segunda parte nos solicitó pasar a mundos muy distintos: irónicos, a veces superficiales (en el sentido de que lo que se hace ver es lo que hay, pero sugiriendo que detrás se esconde algo, a veces muy distinto); refinados, al punto de parecer artificiales pero simultáneamente desvergonzados o maliciosos. Los mundos, en suma, de algunos célebres compositores franceses —en esta ocasión, Francis Poulenc— con su cuatro poemas de Apollinaire, pero también en su particular visión de la ‘Mazurka’ o del “retrato” de Paganini. Lo precedió el ya mencionado ciclo de Ravel, otra de las especialidades inimitables de Keenlyside, al mismo tiempo animal, observador a veces desencantado, a veces humorístico, pero siempre con un gramo de ternura. Un único Debussy todavía de un tardo romanticismo (‘Voici que le printemps’) y Gabriel Fauré nos permitieron asomarnos a una intimidad recóndita pero discreta con una versión antológica de ‘Le secret’, la famosa ‘En sourdine’, y ese cuento de la relación amorosa real e imposible de la mariposa y la flor sobre el texto de Victor Hugo. 

Como los aplausos eran muy insistentes, comentó que el programa ya así era muy largo (había incluso una pieza para piano de Poulenc que nos podríamos haber evitado), pero aun así tuvimos derecho a tres “propinas” —como se dice aquí— y me pareció una expresión poco feliz. En primer lugar volvió a Fauré con la encantadora ‘Mandoline’ y, en último, el único y brevísimo Brahms de la velada: ‘Es schauen die Blumen alle’. Para introducir este Lied de despedida explicó que los artistas deben, o deberían, ser portadores siempre de un mensaje de amor y de vida, pero como por desgracia tienen que tener presente los horrores de este mundo, en una semana en que se recordaban los campos de concentración descubiertos en 1945, al final de la guerra contra Alemania, puso en segundo lugar uno de esos momentos únicos de la música, memoria y plegaria: el estremecedor ‘Kadish’ de las canciones hebreas de Ravel. Si mi versión de referencia ha sido siempre la inconmensurable de Victoria de los Ángeles, esta otra, tan masculina y dolorosamente vivida, que dejó muda a la sala, puede sin duda disputarle la palma. Cuando algunos despistados intentaron aplaudir al final, rompiendo un silencio realmente religioso, el artista los detuvo con gesto decidido y seco. Porque el silencio —el mismo que pudo advertirse en muchos números de la noche, aunque en ninguno como en este— es la mejor respuesta, el mejor premio.