?? Staatstheater en Bonn

Escena de Staatstheater en Bonn © Thilo Beu

Octubre 4, 2020. La excapital de la República Federal Alemana fue el primer teatro de la República Federal en presentar ópera con público distanciado en su propio recinto. El resultado fue 100% positivo, con un programa ambicioso y muy bien ejecutado. 

Muy pocos teatros del mundo, sin contar a los de este país, se atreven a montar Staatstheater de Mauricio Kagel: una obra difícil, con acción variable (hay improvisación), y un tema que desconcierta. Esto último se explica al conocer los nombres de los personajes titulares, el Jefe Salvavidas y su hijo; la Directora del Teatro y su hija; la Doctora Independiente. Vista así, parece un disparate. Sin embargo, en escena es una obra coherente que hay que ensayar mucho para que parezca espontánea. 

Cuando fue estrenada en 1971 en Hamburgo la policía hubo de ser llamada para controlar demostraciones de un público indignado; hoy, en vista de las producciones que se ven por Europa, y especialmente en Alemania, Staatstheater parece una obra de repertorio. Pero no hay que confundirse: es una obra que desafia al espectador a deshacerse de sus prejuicios, a ser una persona que lee y absorbe, que sabe que Pierre Boulez había dicho alguna vez que se deberían incendiar todos los teatros de ópera, y que Kagel habia compuesto esta obra como una respuesta a esa declaración.

Pues bien, Staatstheater no tiene palabras: tiene sonidos. Los personajes “hablan” con sonidos de gran expresión, complementados por sobreactuaciones que explican sus emociones. Quizás porque se estaba en una pandemia y el público estaba distanciado, los personajes se tocaban a través de largas pinzas de plástico, así agregando más humor al brebaje operático.

El Jefe Salvavidas se expresa con innumerables variaciones de schmeeeee; mientras que la Directora del Teatro entona un muy lírico ioooo miiiooooooo. El Hijo del Jefe Salvavidas se enamora de la Hija de la Directora del Teatro. Suceden toda clase de desastres y ambos caen muertos, víctimas de personajes del pasado, como Boris Godunov, Carmen y Hamlet. Pero Kagel, con aun más ironía, resuelve que los enamorados resuciten, y así se llega a un final feliz totalmente convencional.

Siete instrumentistas participaron sobre el escenario, movidos sobre plataformas con ruedas. La música es atractiva, amenazante, con sonidos que parecen como si un perezoso se estuviera moviendo muy lentamente. La escenografía de Jürgen R. Weber fue un espectáculo aparte, con un mensaje extra en este año dedicado a Beethoven: entre escenas se pudieron ver bustos sumergidos del compositor —nacido en Bonn hace 250 años—, y a veces dañados, cuyo significado fue tan oscuro como la trama. 

Los cantantes debieron actuar en forma intensa para poder expresar las intenciones de cada personaje. La coreografía fue magnífica (muy bien ensayada, con total entrega) y esto, sumado a un público atento, joven y abierto, resultó en un éxito total bajo la dirección del joven y talentoso Daniel Johannes Mayr.

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