Thaïs en Milán

Thaïs en Milán
Marina Rebeka y Lucas Meachem en Thaïs de Jules Massenet en la Scala © Brescia e Amisano

Marzo 2, 2022. Es cierto que a la Scala Thaïs llegó esta temporada por primera ocasión en su lengua original (una producción en italiano fue puesta en escena en el lejano 1942 bajo la conducción de Gino Marinuzzi), como es también cierto que para esta ocasión ha hecho las cosas en grande. Pero yendo en orden, Thaïs es una obra maestra de Jules Massenet que nunca ha podido afianzarse con regularidad en el repertorio, cuyo libreto está inspirado en la novela de Anatole France que narra la trama terrenal (y ultraterrenal) de la “prostituta santa” (aquella Taide que Dante había ya incluido entre los aduladores del infierno en su Divina Comedia). 

Thaïs es un símbolo de depravación, de lascivia, de lujuria, que al término de su místico e íntimo recorrido de conocimiento y sabiduría se convierte también en un emblema de redención y salvación, en una relación siempre ambigua y perturbadora entre el goce carnal y la gloria del espíritu, entre deseo y sacrificio, eros y ágape, en una palabra. 

En la Alejandría paleocristiana Thaïs hace estragos, difundiendo el verbo del placer y la inmoralidad. El joven cenobita Athanaël pone el ejemplo en el intento de salvarla del pecado, pero el viaje de los dos protagonistas no encontrará un verdadero punto de encuentro. Por el contrario, las dos trayectorias se desarrollarán en caminos opuestos. Efectivamente, Thaïs será redimida mientras que el monje se hundirá en la perturbación carnal despertada poderosamente por el encuentro con la pecadora y futura santa. 

Marina Rebeka interpretó a la protagonista con una voz extraordinariamente maleable. Volumen, precisión, capacidad de sostener los fiati tanto en los crescendi como en los diminuendi, y con una técnica impecable. Quizás el único lunar fue la falta de una verdadera seducción tímbrica conectada al papel de la encantadora. ¡Pero me quito el sombrero por su gran performance! Una grata sorpresa fue el Athanaël cantado por Lucas Meachem. El barítono estadounidense, aun poco conocido en Italia, desahogó una vocalidad noble y elegante. Su Athanaël de timbre aterciopelado y de emisión mórbida y suave gustó mucho.

La puesta en escena de Thaïs fue de Oliver Py © Brescia e Amisano

Giovanni Sala interpretó el personaje del joven alejandrino Nicias con brío y de manera perturbada y arrogante, con una línea de canto muy musical y claridad de timbre. Las dos esclavas, Crobyle y Myrtale, interpretadas respectivamente por Caterina Sala (hermana de Giovanni) y por Anna-Doris Capitelli, así como y la Charmeuse de Federica Guida, formaron un trío excepcional por homogeneidad, soltura y confianza vocal. El solemne Palémon de Insung Sin y la considerada Albine de Valentina Pluzhnikova también convencieron. 

El espectáculo fue firmado por Oliver Py en su debut en la Scala. Sin caer nunca en la peor cursilería, el director francés supo evocar las perturbaciones de los protagonistas al no tomarse siempre en serio (justo como debe ser) el libreto de Louis Gallet, llenándolo así de una buena dosis de ironía. La dirección de los movimientos escénicos fue extraordinaria. La referencia a Dante en la escena ambientada en el burdel de Alejandría con la sobreescritura que evocaba las primeras palabras de la Divina Comedia fue perfectamente adecuada. En ciertos momentos parecía casi como asistir a un musical, y además en esta edición los ballets se interpretaron correctamente y de manera íntegra. La ligereza, los timbres sedosos y seductores, los vívidos repiques de esta espléndida partitura fueron muy bien destacados por Lorenzo Viotti, cuya concertación se centró en el color y la movilidad del fraseo. Viotti parece mostrar una gran afinidad con este repertorio. Excelente coro y bailarines y una nota de aplausos a Laura Marzadori, primer violín de la orquesta, que supo emocionar con una “Meditación” intensamente lírica.