🇩🇪 Turandot en Berlín

Alfred Kim (Calaf) y Catherine Foster en Turandot ©Bettina Stoess

Diciembre 29, 2019. La producción que la Deutsche Oper berlinesa posee en cartel de Turandot de Puccini, firmada por Lorenzo Fioroni, no admite término medio: es a tomar o a dejar. Para el público más conservador, no se trata mas que de una nueva masacre de la obra póstuma de Puccini; mientras que, para otros con una apertura de espíritu más amplia, plantea una visión inteligente que buscó resaltar el tema de la violencia, la crueldad y el abuso de poder como esencia del ser humano. Ambas posiciones resultaron irreconciliables. 

Despojada de todo orientalismo, la producción de Fioroni trasladó la acción de la China de tiempos legendarios a algún país totalitario y militarizado del siglo XX, lo que se intuyó habida cuenta del vestuario concebido por la talentosa Katharina Gault. Escasos elementos de corte minimalista constituyeron la escenografía. Al pueblo se le colocó en filas de sillas numeradas de cara al público y a la clase dirigente —el emperador, la princesa y otros jerarcas del régimen—, en una caja en lo alto de la pared trasera. Desde allí, pueblo y mandatarios observaron cómo a modo de reality show la princesa de hielo y el príncipe ignoto, sentados en una pequeña mesa, jugaron a las adivinanzas, cuyo premio consistía en la vida o la muerte. De acuerdo al regista, los personajes están atrapados en una locura colectiva, sin ninguna conciencia de sus actos ni de las consecuencias de estos, y que desencadenarían el doble parricidio de Timur y Altoum. 

Extremadamente violenta y sádica, la propuesta de Fioroni llegó al extremo de dejar a Liù colgada de una cuerda al cuello en un extremo de la escena, advirtiendo lo que sucedía a todo aquel que era capaz de desafiar el status quo imperante. Con todo y esto, el espectáculo funcionó en lo teatral y tuvo mucha coherencia, independientemente de las incongruencias entre lo que se dice en el texto cantado y lo que se podía observar sobre el escenario. 

La calidad del conjunto vocal tuvo un muy buen nivel general. Auténtica soprano dramático, Catherine Foster fue una Turandot sólida y segura que, apoyada en una técnica de canto wagneriana, dispensó torrentes de voz y al mismo tiempo tuvo la morbidezza requerida para los escasos momentos líricos que le concedió la parte. Con enorme resistencia vocal, agudos de acero y un rico esmalte, Alfred Kim concibió un príncipe Calaf muy convincente a cuya caracterización solo pudo objetársele un canto avaro de acentos y de heroísmo. De voz grata, rica en armónicos y segura en lo técnico, Elena Tsallagova suplió una caracterización escénicamente apagada de la malograda esclava Liù. Con gran autoridad vocal, Andrew Harris concibió un muy sólido depuesto rey tártaro Timur. El trío de ministros imperiales fue solventemente defendido por Michael Kim (Pang), Ya-Chung Huang (Pong) y Samuel Dale Johnson (Ping). Por su parte, Clemens Bieber resultó un convincente emperador Altoum y Byung Gil Kim, un vocalmente vigoroso Mandarín. El coro preparado por Jeremy Bine tuvo un desempeño de calidad impresionante. En lo estrictamente musical, Roberto Rizzi Brignoli hizo una lectura encomiable al frente de una orquesta particularmente inspirada. Presentada en la versión de Alfano, sin los cortes de Toscanini, el público pudo disfrutar de algunos minutos adicionales de música muy elaborada y detallista del discípulo de Puccini.