🇺🇸 Turandot en Nueva York

Christine Goerke como Turandot © Marty Sohl

Octubre 6, 2019. Habida cuenta de los próximos elencos que se irán alternando en el transcurso de la actual temporada, seguramente el Met tendrá la posibilidad superar la presente producción de Turandot que en ofreció por estos días y que, aunque digna, dejó sabor a poco. Vocalmente, Christine Goerke demostró una vez más ser una de las referentes vocales de la despiadada princesa china de la actualidad. De voz potente, compacta y homogénea, la temible tesitura de la parte no pareció depararle ni secretos ni dificultades, ofreciendo una interpretación vocal de gran lucimiento, aunque un tanto anodina en lo interpretativo. Su princesa de hielo fue mucho más gélida que en otras ocasiones, poco combativa, hasta desganada si se quiere. 

Con unos medios esencialmente líricos, un bello esmalte y un fraseo cuidado, Yusif Eyvazov delineó un príncipe Calaf de gran corrección que, consciente de sus limitaciones, logró sacar adelante sin nunca forzar su voz y apoyado en una sólida técnica. Como era de esperar, logró sus mejores momentos en los pasajes más liricos y de avara orquestación. Su aria de entrada ‘Non piangere Liù’ y, en menos medida, la famosa ‘Nessun dorma’ le permitieron hacer gala de una homogénea línea de canto y de una intensidad interpretativa siempre en ascenso. En los enigmas y en el dúo final con la protagonista, la tesitura del rol y el volumen de la orquesta fueron implacables con el tenor de Azerbaiyán, a quien apenas pudo oírsele. 

Con una interpretación impecable, una expresividad a flor de piel y una emisión ágil y delicada, la esclava Liù de Eleonora Buratto fue quien le dio a la representación sus mejores momentos vocales. Celebradísimo, su ‘Signore, ascolta’ de bellísimas medias voces y pianos exquisitos fueron el puntapié inicial de un desempeño que siempre fue de más en más y que la coronó como la gran triunfadora de la noche. 

No obstante unos medios vocales gastados que piden a gritos la jubilación, el veterano James Morris logró convencer gracias a un canto que matizó con oficio y a la emotiva convicción que imprimió a la parte de Timur, el derrotado rey tártaro. En lo que refiere a los ministros imperiales: sobresalió con luz propia Alexey Lavrov, un Ping de voz de bellísimo color y cuidado canto; Tony Stevenson fue un Pang de gran corrección; y Eduardo Valdez, un Pong muy bien plantado tanto en lo vocal como en lo escénico. Completaron el elenco el emperador Altoum pleno de detalles del siempre profesional Carlo Bosi y el interesante mandarín del prometedor Javier Arrey. 

Al coro se le escuchó muy preparado y solvente. Dirigiendo su primer Puccini en la casa, Yannick Nézet-Séguin hizo una lectura de buen pulso, colorida y de tiempos ágiles que recrearon a la perfección el ambiente de la china milenaria exigido por la partitura. De su lectura musical sólo fue objetable su poca atención al volumen de la orquesta, lo que dificultó en muchas ocasiones la labor de los cantantes. Con sus majestuosos decorados, su lujoso vestuario y su efectiva dinámica teatral, la ultra promocionada puesta en escena del regista italiano Franco Zeffirelli, concebida para la casa hace más de 30 años, no sólo ofreció un marco de estratosférica calidad al desarrollo de la acción sino que además demostró una vez más ser todo un espectáculo en sí mismo.