Amadeus en bicicleta, de Rolando Villazón

Rolando en París con Amadeus en bicicleta

Como en los cuadros vibrantes de Henri Matisse que Vian Mauer —protagonista de la más reciente novela de Rolando Villazón— experimenta en uno de los momentos más intensos y cruciales de su juventud, en Amadeus en bicicleta conviven, se intersectan y se integran como colores las diversas disciplinas en las que ha incursionado y destacado el tenor, logrando con su pluma un todo sólido, original, mágico e inmediatamente entrañable. 

La historia es la de un joven cantante frustrado que va a Salzburgo, la ciudad mozartiana por excelencia, a buscar una última oportunidad en el mundo de la ópera. Ahí conocerá el amor y verá, muy de cerca, a la locura.

Ayudado para empezar por la vena humorística, y lógicamente a veces trágica, de Villazón-payaso, Villazón-tenor dibuja y resalta los claroscuros del mundo salvaje y hermoso de la ópera, de los que forman parte de él, y cuyos miedos, excesos, anhelos, mezquindades y complejos más profundos plasma con realismo en sus personajes. ¿Quién será, habrá sido, o podría ser el espectacular Jacques, amigo y demonio personal de Vian?

El régisseur, otra de las facetas cultivadas por el cantante mexicano asentado en París, pone en escena enseguida un relato vivo y moderno cuya poderosa obertura literalmente wagneriana, en flashback, detona escenas inolvidables que, matizadas de pianos y fortes, en allegros, adagios y prestos, conducen la obra a una secuencia final casi cinematográfica de una fuerza catártica encendida por un crescendo a la Rossini impecablemente preparado.

Pero es Villazón-lector, un fanático y un conocedor de la literatura, el que quizá con más transparencia se deja ver —sin atisbo alguno de pedantería— en las referencias sutiles o literales a autores, libros, poemas y citas de un universo privado copioso y raro para el perfil con el que se podría asociar a un cantante que ha conquistado el muchas veces frívolo estrellato operístico, pero cuya deslumbrante biblioteca, compartida en la voz pura y el alma genuinas de su personaje principal, otro mexicano en Europa, despierta a la memoria con lo leído y entusiasma a la curiosidad por lo no leído.

A las biografías —las monumentales, las ligeras, las anecdóticas—, a las compilaciones referenciales y a las conjeturas controvertidas sobre la figura inmortal de Wolfgang Amadeus Mozart, como a sus cartas y retratos, se suma esta novela sincera ideada por Villazón-comunicador y presentador, quien, de paseo por la ciudad natal del compositor, da cuenta, experto, de su vida y su música, endulzando cada dato y coloreando todo relato pasado, siempre en armoniosa consonancia con el viaje de descubrimiento del protagonista oprimido por la autoridad del padre; una sola de las similitudes entre el niño genio de Salzburgo y este joven confrontado por el llano fracaso.

Amadeus en bicicleta establece verdades duras desde el principio, como que la coincidencia en el tiempo y el espacio en la estructura que llamamos familia no supone siempre una afinidad; que, al mismo tiempo, hay ausencias inevitables y necesarias; o que no siempre es suficiente poner la mejor de las voluntades para alcanzar lo que se desea, o lo que se cree que se desea. Y, donde Vikram Seth con su melancólica Una música constante y Elfriede Jelinek con La pianista, que inspirara la igualmente brutal película de Michael Haneke protagonizada por Isabelle Huppert en 2001, describen la crudeza del mundo de la música clásica con una frialdad, sí, magnética, Villazón, Rolando, el artista completo —y solo alguien así podría haber moldeado una novela como esta— proyecta una parte cautivadora de su mundo cosmopolita al tiempo que revela a detalle la fascinante maquinaria humana del arte escénico, retratando un Salzburgo nítido en el que la música se canta, silba, discute, escucha, presenta, gesta y, más que nada, se vive por todos lados y a toda hora.

¿Y por qué Amadeus y por qué Salzburgo? Villazón conoce bien a Wolfgang. Lo ha cantado, evidentemente le apasiona, y ha estudiado su vida y su obra a fondo. Es director desde 2019 de la Semana Mozart de Salzburgo y acaba de ser nombrado Director Artístico de la Fundación del Mozarteum de Salzburgo. Pero, credenciales aparte, es su amor por la música y sobre todo por la vida, palpable en cada página, lo que hace de este texto algo único y humano.

Rolando Villazón, “un cantante que escribe”, como él mismo se ha descrito, desafía con este tercer ejercicio literario su propia definición. Amadeus en bicicleta es una composición hábil en la que se suceden con agilidad, al más puro estilo de Mozart-Da Ponte, giros dramáticos perfectos, tonalidades mayores y menores, solos introspectivos, dolorosos duetos de amor, divertidos tercetos con sus burlas, e incluso inesperados números de conjunto en los que hasta una encantadora Cecilia Bartoli o un discreto Daniel Barenboim unen sus voces a las de los personajes imaginados, y no tan imaginados, por el cantante-escritor.