El espíritu operístico de Annette

Chico ácido y exitoso conoce chica virtuosa y diva. Viven un tórrido romance y se casan, perseguidos por los lentes y reflectores mediáticos. Son auténticas celebridades que, acaso, se atraen porque contrastan en todo. Desde sus apariencias físicas, hasta sus vehículos y, desde luego, el mundo al que pertenecen. 

Él es Henry McHenry (Adam Driver), un standupero provocador, corrosivo y que piensa en el abismo mientras desternilla al público a carcajadas con sus monólogos de comedia algo biográfica. Ella es Ann Defrasnoux (Marion Cotillard), una aclamada soprano cuya voz guía su destino ligado desde niña al arte y que muere y muere y muere en cada una de sus representaciones operísticas, lo que consigue la ovación —o, mejor aún: el llanto— de su legión de admiradores.

Ambos son los protagonistas (¿lo son realmente, o lo será Baby Annette?) de la nueva película del director francés Leos Carax: Annette. Esta esperada cinta —debut en inglés de su autor, ganadora del premio a Mejor Dirección en el Festival de Cannes 2021, realizado entre el 6 y 17 de julio de este año— finalmente llegó a los cines mexicanos el pasado 4 de noviembre, mientras que la plataforma MUBI la incluirá en su catálogo desde el próximo 26 de noviembre.

Se trata de una obra que si bien puede discutirse cuánto tiene de musical —incluso de antimusical—, de ópera rock o, tal cual, de ópera, lo cierto es que su espíritu dramático y sonoro, tanto como la expresividad extrema de sus personajes y la confección de su universo, resultan completamente operísticos. Lo son de principio a fin. 

Adam Driver como el «comediante» Henry McHenry

Luego de que una voz en off invita al espectador a ni siquiera respirar para no interrumpir el espectáculo, suena ‘So May We Start’, un potentísimo prólogo —o manifiesto— al estilo de Pagliacci de Ruggero Leoncavallo, en el que los actores entran en la historia y en sus respectivos personajes a la vista del público. La cuarta pared se quiebra a través de la impostación y el metateatro.

En ese mismo instante, filmado con maestría a través de un lucidor plano secuencia, también se encargan de sus respectivas labores el director (aparece incluso su hija Nastya, a la que dedica la película) y los Sparx: Ron y Russell Mael, integrantes de la banda, quienes escribieron el guion en conjunto con el propio Carax y aportan la historia, la música y las 15 canciones (algún aria, un vals; números para solista, dúo, sexteto y coro) que integran el cuerpo sonoro de Annette.

El romance fluye (‘True Love Always Finds a Way’), los enamorados llenan la pantalla y Carax despliega una imponente inventiva técnica en el manejo de la cámara, en el trazo de las acciones y en el dibujo de las motivaciones de los personajes. Con panorámicas, lateral tracking shots o travellings, cada tiro deslumbrante y sin freno en su hilvanado, no tarda mucho en dejar claro por qué su dirección puede no sólo ser nominada, competir y ganar el galardón en cualquier justa cinematográfica, sino volar la cabeza del espectador y hacerle preguntar qué está viendo en realidad.

La música y el canto no son herramientas accesorias, ni una pretensión artificial de los creativos, sino una necesidad expresiva que nace de manera natural y articulada. Cada pieza martillea y de inmediato se graba en el público, lo que es importante porque de manera wagneriana no falta la que resurja en forma de leitmotiv. Pero entonces quizá varíe, se distorsione y resignifique las impresiones que el espectador ha acumulado auditiva, visual o emocionalmente. ‘We Love Each Other So Much’ es un ejemplo emblemático de ello.

Marion Cottillard como la cantante de ópera Ann Defrasnoux

Carax es un generador de imágenes que causan fuerte impresión y la música les resulta indispensable, pues nacen con ella. El canto como vehículo y el libreto como discurso no sólo inciden en la gestación visual del filme, sino que determina el exterior de las acciones tanto como la interioridad psicológica de los personajes. 

Henry recorre la carretera a toda velocidad, a bordo de su motocicleta. Ann trata de dormir en sus limusinas en los traslados para llegar a los teatros. Con una rutina solitaria de boxeo, él se prepara para su actuación. Anda en bata, vestuario que se deja para salir al escenario. Fuma, come plátanos. Se le conoce como el Simio de Dios. 

Ella hace estiramientos físicos y ejercicios de respiración, en el piso de los camerinos. Se concentra. Visualiza ese agudo tal vez, o quizá ese impacto dramático (un camisón manchado de sangre falsa, sin duda ayuda) que emocionará a hombres de escaso cabello vestidos de esmóquin y a esas mujeres elegantes de cuidadoso peinado que en la cena posterior a la ópera le pedirán fotos y autógrafos que subirán a sus redes sociales para proyectar un poco del resplandor que ha generado su estrella favorita del momento.

Un pianista repetidor (Simon Helberg) suele acompañar a la soprano y le brinda tanta atención que nadie la conoce mejor, tan a fondo, como cantante. Ha hecho arreglos para ella, incluso alguna composición íntima en su honor. La ayuda a ensayar, a depurarse. Está muy cerca de esa intérprete que todos admiran, aun cuando en las funciones él deba quedarse a rumiar en el backstage. ‘I’m an accompanist’, se dice a sí mismo, pero como todo en la película utiliza la artificialidad del género operístico, lo cuenta a todo mundo.

En medio de su lúcido cinismo, el acompañante sabe que sólo brilla a la sombra de los verdaderos talentos. No tiene luz propia. Pero no se resigna. Es ambicioso y quiere trepar. El mundo cambia muy pronto y en una de esas vueltas de la vida puede convertirse en director de orquesta y llegar a ser titular de la agrupación musical más importante de la ciudad, lo que le servirá de trampolín para pasar a ser un artista de clase mundial. O no. Pero ya ahí, ¿quién notaría que no lo es? 

Las actuaciones son intensas y admirables, aun con cierto halo de bizarría que de a poco se acumula y apodera de la trama, lo que llevará a los giros de tuerca. Carax no es un director predecible. Aunque en el fondo todo está planteado con claridad desde el inicio, sólo que no en el nivel superficial. No se ve a simple vista. ¿O sí?

Un amor de contrarios

Un amor de contrariosEso es un punto maravilloso de la película. Los decorados, el glamour, las risotadas, el encanto del escenario desvían, a propósito, la atención del verdadero drama y de su espectáculo. Crean distancia. Pero, ¿acaso no se pregunta desde el inicio, en el prólogo, dónde está el escenario? ¿No lo llevamos dentro? ¿Hay algo más íntimo que aquello que se representa en el interior de un ser humano, al margen de lo que ocurra a su alrededor?

En particular, la actuación de Driver es fascinante. Su registro histriónico es amplio y orgánico: de la ternura y cierta ingenuidad amorosa puede saltar (como Kylo Ren) al lado oscuro de la fuerza (sin que termine de irse Ben Solo), al rencor o al autodesprecio. Esa riqueza para encontrar múltiples tonalidades en su trabajo refrenda a Driver como uno de los actores referenciales de los últimos años. Basta con mirar lo variopinto y solvente de su filmografía para argumentarlo.

Y entonces —con cierta aura creepy de Chucky, Annabelle, Brahms o Grogu—, llega Baby Annette (Devyn McDowell), quien con su arte, pero sobre todo con su valor ético, su anhelo de libertad e independencia, permitirá al público (al que está fuera de la película, más que al que forma parte de ella) captar una realidad que siempre ha tenido frente a él, al menos en las artes escénicas. Para entonces la película ya será odiada o querida a ultranza por los cinéfilos.

Desmenuzar lo que sigue sería caer, necesariamente, en el spoiler y ello sin duda arruinaría la experiencia de ver por primera vez Annette. Es la historia de un matrimonio, en todo caso. Ya habrá oportunidad de detallar su contenido y andamiaje más adelante, porque de seguro se seguirá hablando de ella cuando acumule otros premios cinematográficos aquí y allá. 

Lo cierto es que la experiencia cinéfila resulta alucinante y retadora. Lo es tanto como pudiera serlo la manera en que un cielo azul, con vista a la playa, se transforma en una tormenta en altamar, con toques grotescos y medio falsos nivel green screen, como ocurre en una producción operística que ruega al espectador mirar hacia otro lado mientras la maquinaria del teatro y su tramoya cambian los recursos escénicos. 

Simon Helberg (The Accompanist) con la marioneta «Baby Annette»

Sólo que en esta película, en su puesta en escena, todos esos clichés del género son utilizados con total intención y también, como sucede en una memorable interpretación operística, las convenciones quedan en último plano ante la potencia dramático-musical que sumerge al público en ese espectáculo sin límites que puede tener marionetas, espectros, naufragios, bufones, acosadores, infieles o asesinos misóginos, si es necesario para crear la ilusión. Una genuina, emocional y duradera.

Cada una de sus escenas, da lo mismo si transita entre la hilaridad, la mofa, la pena o la revancha —y a veces no es tan sencillo dilucidar donde están esas transiciones—, permite el análisis y la interpretación del espectador. 

¿Por qué una cantante de ópera, llegado el caso, está dispuesta a sufrir injusticias o a morir una y otra vez, aunque sea a través de sus personajes? ¿Acaso para poder cobrar legítima venganza? 

¿La voz y sólo la voz, o cualquier otro talento que incluso llegue a ser explotado desde la infancia de un niño genio —o fenómeno vampirizado para vivir únicamente a la luz de los reflectores escénicos— puede definir un destino sin acarrear consecuencias indeseables como llegar a donde no se quiere o a un estado vital en el que no se obtiene por necesidad crecimiento emocional, estabilidad interior o capacidades de sobrevivencia a la fama?

Las reflexiones que derivan de Annette pueden ser múltiples y quién sabe qué tan agradables resulten las verdades que traen a la luz sus personajes. Y reflejado por una prensa amarillista, ávida como el público por tener el chisme completo para adorar o enjuiciar a sus artistas o a quien sea. Quizá por eso Henry McHenry opta por la comedia. Es la única manera, expresa en uno de sus celebrados standups, de no terminar asesinado por lo que se atreve a decir. Lo que dice con música y canto, además. Y frente a coros de aplauso y carcajada, estupor o complicidad.