Para inaugurar la primera charla de I grandi dell’opera, una colaboración entre BAM International representado por Bernardo Gaitán y la revista internacional L’Opera representado por Sabino Lenoci, tenemos un nombre estratosférico: el gran Leo Nucci, sin duda uno de los barítonos más talentosos en el mundo. Por su interés para nuestros lectores, esta entrevista se reproduce en Pro Ópera, por acuerdo con los autores.
Leo, ¿qué hizo que explotara el amor por la lírica en tu vida?
La verdad, era una cosa super normal en casa, nunca tuvo que “explotar” nada. Mi papá tocaba en una banda, cantaba en el coro de la iglesia; en la banda empecé a tocar en 1950 el fliscorno bajo en Si bemol, que es el “barítono” de la banda. Aparte mi bisabuela se llamaba Leonora, mi tío se llamaba Alfredo, el hermano de mi abuelo se llama Carlo… dime tú si habría podido escoger otro trabajo.
Cuéntanos un poco de tu origen…
Yo vivo en Lodi, Italia, desde hace 50 años. Como hizo Giuseppe Verdi, también me casé con una lodigiana. Nací en Castiglione dei Pepoli, un pueblito entre Bologna y Florencia, en la Emilia Romagna, pero para mí es mucho más fácil hablar en toscano, pues mi familia es de tal origen.
Antes de convertirse en cantante, usted era mecánico. ¿En qué momento decide dejar una profesión estable y convertirse en artista?
Muy fácil: yo siempre he cantado. Cuando tenía 15 años, en diciembre de 1957, un señor iba a darle clases de canto a un vecino, me escuchó y me dijo que fuera a estudiar con él una vez a la semana a Florencia; en ese entonces trabajaba como ayudante de mecánico en la FIAT —en la época posterior a la Segunda Guerra Mundial se tenía que trabajar de lo que fuera—, y ya estudiando canto una soprano me audicionó y me tomo como alumno, dándome clases todos los días, incluidos los fines de semana. Todas las tardes, después de salir del taller, iba a clases una hora. Vocalizaba todos los días. En esa época salió un concurso, me inscribí y pasé las finales locales, regionales y la final fue en Venecia, donde canté la cavatina de El barbero de Sevilla y gané. El año siguiente lo volví a ganar y en 1967 gané el concurso de Spoletto y fue ahí que decidí dejar de trabajar. Debuté con El barbero de Sevilla el 10 septiembre de 1967, siempre en Spoletto.
¿Y cómo le fue con esa decisión?
Fue una época de competencia terrible. El medio estaba lleno de barítonos buenos. Solo en Italia había 20 de gran nivel, entre ellos Tito Gobbi, Aldo Protti, Mario Zanasi, Rolando Panerai, etcétera. Hice audición para el coro de la Scala, me aceptaron, y una semana después conocí ahí a mi esposa, Adriana Anelli. Nos casamos y luego, en el concurso “Voces Verdianas”, ella cantó el ‘Caro nome’, y a mí me propusieron cantar mi primer Rigoletto con ella. Adriana y yo no habíamos cantado nunca juntos. Debutamos el 10 de mayo de 1973, con Adriana embarazada de 6 meses.
Es cierto que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer. Quisiera hacer un reconocimiento a Adriana que, con una carrera prometedora, renunció a ella para seguir a Leo…
Ella cantaba de todo: cantó con Bergonzi, con Kraus… pero nunca lo ha visto como un sacrificio. En España la recuerdan muchísimo.
Saltando al otro extremo de tu carrera, improvisamente has decidido no cantar más ópera. Hiciste un anuncio hace poco donde señalaste que a partir de este año no cantarías más. Luego vino este desgraciado virus que no permitió que se realizara la despedida que te mereces… Espero que una vez que pase todo puedas regalarnos un poco más de tu canto.
Renuncié efectivamente a cantar y a todos los compromisos posteriores. Entiendo lo que quieres decir. Sucedió lo que sucedió. Yo no soy un héroe, y no me interesa serlo; porque luego a los héroes les hacen monumentos porque están muertos y yo quiero vivir. Aún soy una imagen que puede servir, los teatros me buscan, pero yo gracias a Dios no estoy buscando trabajo, ya no tengo necesidad, pero si llegaran a necesitar de mí, ahí estaré. Tendría que prepararme bien. Me han invitado de la Scala, Firenze, la Arena de Verona, Piacenza… ya veremos.
Me permito entrar ahora a ámbito mucho más personal: los famosos retos culinarios que usted tenía con Luciano Pavarotti. Siendo ambos de la Emilia Romagna, donde se come tan bien, quisiera saber un poco más…
Sí, hay algunos videos de eso, donde incluso Luciano me maquilla. Éramos muy, muy cercanos. No lo hacíamos muy seguido, porque él se la vivía en Estados Unidos y, cuando coincidíamos en Nueva York, en su casa tenía una mesa para ocho. Un día estábamos cantado L’elisir d’amore —yo hacía el Dulcamara— cuando entró en mi camerino y me dijo: “Ciccio, ¿sabes hacer el vitello tonato?”, y le respondí: “Claro que lo sé hacer, pero te lo hago solo si puedo hacer también la mayonesa”. Me respondió sorprendido: “¡Ah!, ¿sabes hacer también la mayonesa?”. Obviamente, lo primero que hice llegando a casa fue hablarle a Adriana y preguntarle cómo se hacía la mayonesa. Cocino desde pequeño, no como un chef, pero cocino mucho en casa y hago bien casi cualquier cosa.
¿Y qué pasó? ¿quién ganó?
La noche siguiente Luciano tenía invitados en su casa: Carlo Bergonzi, con su señora Adele, el pobre maestro Nello Santi —que murió hace poco— con su esposa, Luciano y yo. Entramos en la cocina —yo de una parte y el de otra—, y al final yo tenía mi taza de mayonesa hermosa, inflada y consistente y la suya no. Me dijo: “La mía está toda fea. ¿Por qué?” Y le respondí: “Para hacer bien la mayonesa se necesita batir, cosa que yo hice. ¡Tú te la pasaste contestando el teléfono!”. Después llegó la señora de Bergonzi, la probó y me dijo: “Esta buena. Es como la que hago yo”.
Hace falta Pavarotti…
Éramos verdaderamente grandes amigos. Pasamos lindos momentos juntos, debuté en el Metropolitan Opera House con él y la Ricciarelli en Un ballo in maschera; luego en Chicago con el mismo título, pero con la Scotto. Seguramente hice 12 discos y más de 200 funciones con él.
El modo de acercarse al estudio del canto actualmente es diferente de cuando usted estudió. Las nuevas generaciones…
Te interrumpo, y seré brevísimo: yo hice cinco años de vocalizaciones antes de cantar un aria. Una vez fui a una osteria y canté ‘Pari siamo’ y mi maestro me descubrió ahí. Cuando fui a tomar clase con él, me cerró la puerta en la cara y tuve que esperar 15 días antes de que me recibiera. La primera cosa que canté con su permiso fue ‘Ständchen’ de Schubert en italiano. ¡Aprendí tanto!
Usted ha cantado a lo largo de su carrera con tres generaciones diferentes. Cuando comenzó, sus compañeros eran Pavarotti, la Scotto…
¡Yo diría con cuatro generaciones!, pues canté con Richard Tucker: hice una Carmen con él. Canté Silvio de Pagliacci con Mario Del Monaco… ¡son cuatro generaciones!
Exacto, luego vienen los más jóvenes como la Bartoli, Gheorghiu, Meli… y luego unos todavía más jóvenes, como los alumnos de la Accademia del Teatro alla Scala, con quien hizo su último Rigoletto. ¿Usted considera que han cambiado las voces a lo largo del tiempo?
Según mi punto de vista, no. Las voces no cambian. El secreto está en cómo el cantante gestiona su propia voz. Si regresamos en el tiempo unos 70 años, porqué yo tengo 78, cuando iba al teatro de niño… había una cultura diferente sobre el canto. Italia era famosa por sus boxeadores, ciclistas y cantantes: tres profesiones de pobres. Yo iba a estudiar canto todas las tardes por cinco años después de haber trabajado ocho horas de oficina. Hoy ha cambiado tanto el mundo. En 1985, con Cecilia Bartoli, hicimos juntos un Barbiere di Siviglia para Decca. Con Meli también hice un Barbiere… pero estos “chicos” estaban perfectamente preparados y conscientes de su rol. Otros actualmente no lo están, y por eso sus carreras duran poco. Muchos lo saben: yo al teatro voy siempre con la partitura, aunque haya hecho dos mil veces la ópera la llevo, pues es una manía. Hoy usan la tablet, pero a mí no me gusta, yo llevo la versión impresa.
Habiendo cantado tantos roles, me imagino que será difícil, pero ¿hubo alguno que no hizo y que le hubiera gustado hacer?
Son dos. Estaban ya pactados de hecho: uno es Hamlet, de Ambroise Thomas, que iba a hacer en Génova. Y diría también que Le nozze di Figaro, aunque esta la canté muchas veces en concierto. El otro que me hubiera fascinado es Wozzeck, un rol grandísimo. En alemán, Tristan und Isolde, pero el alemán, para la vocalidad italiana, cambia la posición de la lengua.
Yo hablo francés, seguramente tan mal como hablo italiano [ríe]; pero cantar en francés es diferente, como el Don Carlos original que hice en francés con Abbado, Domingo, la Ricciarelli… No es igual, porque cantando el francés la voz se va a la nariz y corres el riesgo de sonar como un cordero. Canté en ruso: fui el primer barítono italiano en cantar Eugenio Oneguin con Galina Vishnevskaya y Nicolai Gedda en el Metropolitan Opera, pero la vocalidad rusa es muy cercana a la italiana.
¿En español ha cantado algo?
Mi repertorio en español les sorprenderá: mi gran amigo Ruggero Raimondi y yo hicimos conciertos para una fundación en Madrid dos años seguidos. Tuvimos un “incidente técnico”. A mitad del concierto se detuvo y con casi tres mil personas en el auditorio no sabíamos qué hacer, así que cantamos “Solamente un vez”. Me la sé toda, porque para poder comer, canté años en restaurantes.
Leo, está haciendo feliz a Bernardo, porque él es mexicano…
[Cantando:] “¡Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran cielito lindo los corazones!”Uy, el repertorio mexicano es hermoso. Recuerdo cuando fuimos de gira con el Teatro Regio di Parma a la Ciudad de México. Fue extraordinario: cantamos Rigoletto en el Auditorio Nacional. Fue un tremendo éxito, con bis al final… imagínate. [Cantando:] “Dime que me quieres, dime que me amas…”“Noche de ronda” también son mexicanas. En español, canté zarzuelas con Jaume Aragall, e hice algo de tango argentino…
¿Cuál ha sido el director con quien más te ha gustado trabajar? Cualquier compositor, cualquier título…
Quien me dejó sin palabras fue Karajan. Tuve una amistad particular con Georg Solti, y por 15 años hicimos tantas cosas. Muti me ha abierto los ojos sobre cómo leer y releer una partitura. Con Daniel Oren y Riccardo Chailly he hecho cosas memorables… Recuerdo bien en el 68 las cosas que hice con Patané, con Santi, con Kleiber y hay tantos… No hay uno mejor que otro.
Para terminar esta entrevista, le pregunto con la que cierro siempre mis entrevistas. ¿Cuál es el aria que no es para barítono que más le gusta? Un aria de soprano o tenor y que le encantaría que hubiera sido para barítono…
Me quité la espina, en Youtube está esa locura que hice en Nueva York. Estaba estudiando y alguien la grabó. Tengo una debilidad por una ópera: Pagliacci. Alguna vez canté ‘Sperai tanto il delirio’, seguramente porque hice el Silvio con Del Monaco, y en un recital canté el Canio. Su parte es tan cierta que se me pone la piel chinita. Esa pieza me hace enloquecer, pues toca el sentimiento y los valores populares de una tradición. Es todo un rol. Podría decir también que Violetta, porque La traviata es de otro nivel: tiene una elegancia desmesurada.
El año pasado, 46 años después de haber debutado su rol insignia, el legendario barítono Leo Nucci se retiró de los escenarios cantando en la Scala de Milán la última de sus 550 funciones de Rigoletto de Verdi. Hoy, a sus 78 años, rememora algunos de los momentos más entrañables de su carrera.
Esta entrevista fue realizado con Sabino Lenuci.


