Pro Ópera

Mario Rojas, la consumación de una promesa

“Érase una vez una tierra de tenores”… Esta singular frase se escucha frecuentemente, ¿no es así?, ¿se trata de un cliché, acaso? O ¿podría aseverarse que sea un anacronismo cursi o una generalización banal, quizá? A decir verdad, como demuestra jocunda la realidad, es una buena parte de la descripción histórica de nuestra nación: desde las glorias legendarias de José Mojica hasta la colosal figura de Francisco Araiza, México hace una aportación especial al gran género lírico a través de esa gustada tesitura.

A menudo se habla del deterioro en la formación técnica y práctica de los cantantes en nuestros tiempos y se alude a las temibles predicciones de maestros y brillantes nombres sobre la reducción del tamaño de las voces o el empobrecimiento general del canto, de las consecuentes carreras truncas, de voces estropeadas. Por todo ello, encontrar solidez en miembros de las nuevas generaciones es estimulante, esperanzador y hasta ejemplar.

Una década ha, a mis oídos llegaron recomendaciones de una promisoria voz. Manifesté enseguida mi interés en constatar sus capacidades en vivo. Cierta confusión, pasto para chusca anécdota, me llevó a conocer, en su lugar, a otro cantante del que hablé en ese momento. Diez años de éxito y desarrollos después, gracias a la gentil mediación del maestro José Octavio Sosa, a quien expreso mi amplia gratitud, pude llevar a cabo mi intención aquella.

La Compañía Nacional de Ópera, entre mayo y junio pasados, revivió en el teatro de Bellas Artes al trágico personaje romántico par excellence, emblema del Sturm und drang del gran autor alemán Johann Wolfgang Von Goethe: Werther. Para ello, escogió la más célebre obra lírica sobre dicha creación, la del compositor francés, Jules Massenet (que ya el cuarteto Saloma interpretara en el Centenario de nuestra Independencia). Y entre paréntesis, si usted, amable lector, se pregunta cuáles otras existen, con gusto nombraré estas: Charlotte et Werther, (1792), ¡con final feliz!, de Rodolphe Kreutzer; Werther (1795) del italiano Gaetano Pugnani; Werther e Carlotta (1802) de Vincenzo Pucitta (1802); Carlotta e Verther del longevo discípulo de Giovanni Paisiello, Carlo Coccia (1814); Il Verter del coetáneo de Gaetano Donizetti, Mario Aspa (1849), dentro de una lista más larga aún.

Esta plausible iniciativa de la Ópera Nacional consideró al reputado tenor mexicano, Ramón Vargas, para encarnar el rol que dedica su dolida invectiva al viento primaveral, y una grata sorpresa, el juvenil valor mexicano Mario Rojas Calleja, a quien el público capitalino no escuchaba desde su debut como Rodolfo —a los veintitrés años— en La bohème de Giacomo Puccini en el Teatro de Bellas Artes. Y pudo atestiguar por qué este cantante triunfa en los grandes escenarios mundiales de varios continentes. Algunas damas, al ver estropeado su maquillaje por el correr de ardientes lágrimas, se confesaban que la interpretación del tenor las había conmovido profundamente. Otras, entre ovaciones, se declaraban enamoradas sin remedio del joven de copiosa cabellera; en los pasillos, durante los intermedios, se comentaba el donaire de Rojas y, sobre todo, se elogiaba su excelente actuación…

Cierta mañana de acostumbrado tráfico capitalino, vicisitudes crecientes y nubosa amenaza pluvial, en las calles que aluden al célebre virrey de las Reformas en nuestro poligonal Centro histórico, patrimonio de la Humanidad, viví la satisfactoria experiencia de reunirme con el citado tenor mexicano, cuyas notables capacidades y consolidada carrera son ya floreciente verdad: el joven maestro Mario Rojas. Una mirada despierta —acaso soñadora—, una natural impresión donosa, una estampa viril, rasgos en puericia, calidez en el trato, convicción en su decir, una mente vigorosa donde nutridas ideas se disputan el favor de su lengua, que articula una voz hablada resonante y melodiosa, con un dejo revelador, una sonrisa franca y fácil me ofrecen la bienvenida. 

Con Plácido Domingo

Singularmente, al mismo tiempo, un intrincado tejido de variados grabados en floridez que flota sobre gran parte de su epidermis me saluda sin timidez; un guiño de la Divina, una sonrisa de Plácido Domingo, un batir de angélicas alas, una cadencia verdiana, una coronación láurea, ¡una risilla de calavera! se dibujan en sus contornos entre goleos en tinta y lo acompañan como conjuros plasmados. El joven artista relata por enésima vez —su presencia en la ciudad ha convocado periodistas y articulistas que se agolpan en su búsqueda para inquietud de su representante— el flujo de sucesos en su vida ante mí. Y, sin embargo, su lúcida y práctica narración no renuncia a la emoción evocadora y muestra los sentimientos de cada vivencia una vez más, examinando con introspección.

En el curso del encuentro, una inesperada oportunidad: la grata presencia de doña Dely, su señora madre, una fúlgida dama de significativa belleza y cortesía encantadora, cuyo rostro se ilumina con nívea claridad al hablar de su querido vástago. En tal ocasión logro, por tanto, testimoniar la virtuosa alianza entre madre e hijo, elemento sustancial en la estructuración artística de este cantante.

Nacido unigénito en la capital mexicana, Mario Alberto residió desde temprana edad en Torreón, Coahuila, en una familia esencialmente dedicada a la ganadería. Infortunadamente, perdió a su padre a muy temprana edad, lo que pudo haber intensificado el poderoso vínculo con su amorosa madre, en lo que podemos llamar un hermoso crisol de ventura, al que el tenor, y cualquier observador, atribuye el buen desarrollo de su carrera (y de su vida, sin duda).

Su señor abuelo alimentaba la afición del canto excepcionalmente en la familia; nadie habría supuesto esa dedicación en el parvulillo que tanto se interesaba en la tauromaquia, a la que consideró dedicarse alguna vez. No obstante, el pequeño manifestó algún interés por la música y he ahí la plausible labor de la señora Calleja al estimular ese gusto y engrandecerlo. Mario cantó; fue cantante coral y su buena voz atrajo la atención del maestro César Ulloa, que lo tomó a su cargo en el Conservatorio de San Francisco, California, en donde se forjó con solvencia —excuso presumir que lee partituras a primera vista— para brotar a la lírica con una formidable pujanza.

Con su maestro, César Ulloa

Desde entonces, su trabajo se caracteriza por un resultado infrecuente y ansiado, la vera expresividad. El canto de belleza que es acompañado de entrega histriónica intensa, vivir y hacer vivir a la audiencia el rol interpretado, cualidad áurea.

En toda carrera relevante, la inteligencia es un factor ineludible; empero, el idealismo deviene en cumbre del arte y anhelo supremo. No sorprende, pues, que el maestro Rojas declare que escoge sus personajes por su inherente hermosura y por la inspiración que le producen y que desee cantar las más lindas notas que los legendarios genios de la composición dedicaron a su tesitura. Así, los dilectos roles enternecedores se suman a su repertorio en las grandes casas operísticas del mundo, donde audiencias de diversas condiciones conocen y reconocen sus facultades y posibilidades. 

Rojas ha entendido bien bien que el cantante lírico supremo produce conmovedores sonido e imagen en dichosa comunión. Previsiblemente, este varón de su tiempo, que emula plausibles atributos de otras etapas, continuará magnificando sus aptitudes y enriqueciendo, como genuino artista, con su espíritu, las sonoridades de lo que su voz y su cuerpo elaboren para ese vasto milagro que es la ópera, a través del genuino amor a la música, al arte y al mundo. En palabras del propio Werther, su personaje favorito: “¿Qué representaría, Guillermo, el mundo sin amor para nuestro corazón? Una mágica linterna desprovista de luz…”

Silueta de Mario Rojas © Carlos Fuentes y Espinosa

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