Macbeth en Sofía

Febrero 26, 2026. Enclavado discretamente en una calle lateral y con el aspecto de una antigua central telefónica, es muy fácil que este modesto teatro de ópera pase desapercibido. Pero al tomar una foto frontal con un gran angular, sus altas columnas le confieren una apariencia imponente. El edificio va a contracorriente; la mayoría de los teatros de ópera en las grandes capitales se ubican en lugares prominentes, atraen la atención y proyectan riqueza y poder. 

La Ópera de Sofía es más íntima, nada pretenciosa. El mensaje es diferente: quizá diga que nos gusta la ópera y que no desperdiciamos, que nos concentramos en presentarla. Y vaya si lo hacen: un repertorio completo y un Festival Wagner que comienza a finales de mayo, incluyendo El anillo del nibelungo, Lohengrin y Tannhäuser. Este nuevo Macbeth fue bastante directo, contado con la ayuda de un contorsionista semidesnudo que expresa fuertes emociones que reflejan y contrastan con las de los personajes principales. 

La producción de Vera Petrova narra la historia con la ayuda de imágenes estáticas de conjunto y una sugerente iluminación de fondo. Trata la historia como la pesadilla de Macbeth, citando el texto de Shakespeare: “Lo bello es vil y lo vil es bello”. Los movimientos son predecibles y, a veces, confusos, como cuando los cortesanos encuentran a Duncan muerto entre bastidores, lo cual no fue tan claro ni dramático como debería. Sin embargo, hubo algunos momentos agradables, como cuando la mesa del banquete avanza oblicuamente, como si imitara el cuchillo que mató a Duncan. 

En cuanto al resto, la acción estuvo dominada por la inmensa presencia escénica de la soprano búlgara Gabriella Georgieva como Lady Macbeth. La suya fue, ¿se puede decir?, una figura anticuada, imponente; dominó el escenario; nadie dudó de sus propósitos o motivos, y su rostro también era expresivo. La voz, de estilo eslavo-italiano, se movió bien y no se deslizó sobre la coloratura; tuvo poder y, a plena potencia, pudo sonar lacerante. A pesar de que el público aplaudió tras el aria de la Carta, su ‘Vieni t’affretta’ tenía urgencia y fuerza, y exigía otro gran aplauso. En el resto de la obra, no cometió ningún error, desde una intensa escena de banquete hasta una extrañamente conmovedora ‘Una macchia e qui tuttora’. 

No estaba claro si Biser Georgiev como Macbeth estaba enfermo, pero su voz sonó delgada y hueca, y cada nota parecía un esfuerzo. Se movió bien y actuó de forma bastante convincente, pero era imposible escapar del sonido, que debería llenar el corazón, pero no lo hizo. Petar Buchkov interpretó mucho mejor a Banquo, con una voz de bajo clara y sonora, y fue convincente en su escena de la muerte. 

Huelga decir que ‘Ah la paterna mano’ es una de las arias más inspiradas de Verdi y no es nada fácil. Se le asigna a un personaje secundario (Macduff) al final de la ópera. Daniel Damyanov la ejecutó con fuerza, con energía, pensando más en un padre guerrero que con ternura. Debo también elogiar primero al coro femenino, tan rítmicamente preciso que era un placer escucharlo cada vez. No hay muchos coros femeninos que observen este detalle, aun en teatros más prestigiosos. En el resto de la velada, el sonido fue pleno y directo, y la orquesta fue protagonista constante bajo la atenta y cuidadosa dirección de Alessandro D’Agostini.

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