Marzo 12, 2026. La “Grosse Messe” o —como la conocemos en castellano: la Gran Misa en Do menor, K. 427— de Wolfgang Amadeus Mozart ocupa un lugar singular dentro del repertorio sacro. Monumental, profundamente expresiva y paradójicamente inacabada, al igual que su Requiem, esta obra surgió en uno de los momentos más intensos de la vida del compositor.
El contexto personal y profesional era complejo, que fue lo que lo empujó a iniciar la composición. Por un lado, acababa de liberarse de la rígida jerarquía del arzobispo Colloredo de Salzburgo, para iniciar una carrera como freelance en Viena; por otro, aunque tenía muy poco tiempo casado con Constanze Weber, su matrimonio había provocado tensiones familiares, especialmente con su padre, Leopold Mozart.
En una célebre carta de enero de 1783, Mozart menciona haber hecho una promesa íntima: componer una misa y presentarla en Salzburgo cuando pudiera llevar allí a su esposa. Aunque los estudios musicológicos actuales discuten hasta qué punto se trató realmente de un voto formal, lo cierto es que la obra nació de un impulso profundamente personal, no de un encargo. Este hecho resulta especialmente significativo si se considera que en la Viena del emperador José II se promovía una música litúrgica más sobria, lo que hacía poco habitual la creación de una missa solemnis de tales dimensiones.
Mozart llevó consigo una versión incompleta de la obra cuando visitó Salzburgo en 1783. Allí, el 26 de octubre, algunas secciones se interpretaron en la iglesia de la abadía de San Pedro y no en la catedral, debido a las tensiones con el arzobispo. En aquella ocasión, la propia Constanze cantó la parte de soprano solista.
En el marco de su 81 temporada concertística, I Pomeriggi Musicali decidió proponer en el histórico Teatro dal Verme de Milán esta obra colosal encomendando la dirección a un hombre que entiende perfectamente el estilo y que no necesita presentación: Diego Fasolis. El concertador suizo se distinguió por una combinación muy equilibrada de rigor estilístico y energía expresiva.
Fasolis, especializado en el repertorio barroco, supo resaltar con claridad la dimensión contrapuntística de la partitura sin sacrificar la vitalidad teatral que Mozart introduce constantemente en la escritura. Su batuta clara y rigurosa condujo bien a la Orchestra I Pomeriggi Musicali, que respondió con una sonoridad clara y flexible. Particularmente notable fue el trabajo de las maderas en el Et incarnatus est, donde el diálogo entre flauta, oboe y fagot adquirió una transparencia casi camerística. Las cuerdas, por su parte, mantuvieron una tensión rítmica muy eficaz en los pasajes corales más dramáticos, especialmente en el Qui tollis. El Coro della Radiotelevisione Svizzera mostró una gran solidez técnica, con una articulación precisa y un equilibrio entre las secciones, elemento fundamental en una obra donde el tejido coral es uno de los pilares estructurales.
Como es habitual en Fasolis, al inicio del concierto regaló unas palabras a los asistentes. Aquí explicó que debido a que Mozart dejó inconclusas muchas partes orquestales, tras el Credo se interrumpe, pues no alcanzó a componer el Agnus Dei, por lo que él tomó la decisión, para dar un cierre tradicional al formato de misa, de incluir el Agnus Dei de la música incidental compuesta por Mozart en 1774 para la obra teatral Thamos, König in Ägypten (Thamos, Rey de Egipto). En palabras de Fasolis, “es un aria operística para bajo, así que con ese estilo tipo Commendatore es idónea para los tiempos oscuros que estamos viviendo a nivel mundial actualmente”.
El cuarteto solista realizó un trabajo de gran nivel. La soprano Lydia Teuscher destacó especialmente por la elegancia de su línea vocal y la naturalidad con la que afrontó las complejas coloraturas del Laudamus te. En Et incarnatus est ofreció uno de los momentos más conmovedores de la velada, con una emisión luminosa y una musicalidad refinada que supo integrarse perfectamente con los instrumentos solistas. La segunda soprano, Rosa Bove, muy expresiva, aportó con un timbre cálido y bien proyectado una solvente intervención, particularmente eficaz en los dúos y conjuntos del Gloria, donde la homogeneidad entre ambas voces resultó especialmente lograda.
El tenor Moritz Kallenberg mostró una línea de canto clara y estilísticamente muy adecuada al repertorio mozartiano, mientras que el bajo Johannes Weisser participó solamente en el Benedictus final y en el “aria di baule” propuesta por Fasolis para cubrir el hueco del Agnus Dei, y aportó solidez y profundidad en las intervenciones graves, con una dicción precisa y una presencia vocal muy bien integrada en el conjunto.
En manos de Fasolis, de un elenco vocal, orquestal y coral de gran calidad, el evento fue todo un éxito. Tras grandes ovaciones para todos, a manera de encore se interpretó la imponente y vibrante doble fuga final del Hosanna.


