Lucia di Lammermoor en Nápoles

Marzo 18, 2026. Todo parecía discurrir más que bien en la tercera representación de una versión de la más popular de las obras de Gaetano Donizetti (junto con L’elisir d’amore), y en conjunto la más equilibrada que había visto en años, cuando ocurrió lo imprevisto, que está claro que siempre puede ocurrir. Justo aquí, que es donde la obra vio la luz.

El espectáculo era el de hace años, originalmente concebido por Gianni Amelio, mejor cineasta que director de escena lírica, que se limitó a un espectáculo clásico (no está mal visto lo visto) con telones pintados, mal iluminado y con excelente vestuario de la sastrería del Teatro San Carlo, y cero preocupación por los personajes, que quedaron abandonados a su suerte, aunque también por suerte a cargo de artistas que intentaron sacar de ellos lo más posible.

Bien dirigida por Francesco Lanzillotta y prácticamente sin cortes, con una buena actuación (en especial los primeros atriles) de la orquesta del teatro, una muy buena actuación del coro preparado por Fabrizio Cassi y un excelente equipo de cantantes, que incluso resultaron muy interesantes Sun Tianxuefei como Arturo, el pretendiente oficial a la mano de la protagonista, y la dama de compañía Alisa, en voz de Sayumi Kaneko.

Los tres protagonistas masculinos fueron ases en la manga, y lo demostraron. René Barbera, el desdichado Edgardo, se mostró en la línea de los tenores lírico-ligeros capaces de hacer frente con igual éxito al Barbero rossiniano que al apasionado bel canto romántico, permitiéndose incluso incursiones en sobreagudos en la escena final fáciles y brillantes. 

En esta ocasión, además, contó con mucho menos tiempo para descansar tras el difícil y magnífico dúo de la torre con el barítono, un Mattia Olivieri pletórico ya desde sus frases y aria iniciales, para proseguir con un dúo magistralmente matizado con Lucia en el segundo acto, una sonora participación en el cuadro de la boda y una escena de la torre con Barbera que sacó chispas. 

Incluso el rol del ‘ministro de Dios’, Raimondo, resultó inusualmente favorecido y fue una suerte contar con el magnífico bajo Alexander Köpeczi, unavoz y presencia de notable relieve en todas sus intervenciones.

La protagonista fue la soprano Rosa Feola, que regresó al personaje después de una primera toma de contacto hace diez años. Tuvo una distinguida actuación (un tanto prudente y con algún sobreagudo destemplado) hasta el final del segundo acto cuando llegó la pausa. Y a punto estuvimos de quedarnos allí, pues la cantante se sintió indispuesta súbitamente: intentó por todos los medios recuperarse y, como no lo consiguió, la ópera prosiguió después de larga interrupción sin la escena de la locura (que se hacía con la armónica de cristal, a cargo, como siempre, de Sascha Reckert, a quien esta vez no oímos). 

El equipo artístico, pese a la situación, se mostró absolutamente a la altura, y el público tuvo aplausos de apoyo a la cantante enferma y voces de crítica para un teatro que —no es el único caso— no se preocupa por tener a mano sustitutos para ocasiones como ésta. Un grupo pequeño se levantó y abandonó la sala, al parecer convencido de que lo único por lo que vale la gran Lucia es por la escena de la locura. Pues están muy equivocados, y esta vez así quedó demostrado: sigue valiendo la pena, y mucho, aunque haya que prescindir de ella.

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