Mayo 4 y 5, 2026. El Liceu sigue apostando por títulos conocidos antes que atreverse con alguna otra obra menos “segura” del repertorio, incluso del mismo autor. Los nombres sobran. Aquí estamos reducidos a Manon y Werther de Jules Massenet. Por supuesto, son títulos imbatibles (pero el público, si ha respondido bien, no llenó la sala del teatro, con más claros en el segundo día que en el primero, donde tampoco faltaron).
Lo malo es que no hace siglos ni diez años habíamos tenido una versión de referencia, probablemente de los mejores dos o tres espectáculos de la gestión anterior, con Piotr Beczala, Anna Caterina Antonacci, dirección de Alain Altinoglu y una magnífica puesta en escena de Willy Decker, utilizada solo en esa ocasión.
Aquí se prefirió la de Christof Loy que, como suele, tiene luces y sombras. Todo pasa afuera de un recinto cuyas puertas no hacen más que abrirse y cerrarse y representa todo. Lo bueno es que así un tercio o un cuarto del escenario —el más próximo al foso de la orquesta y a la audiencia— resulta cómodo para los cantantes. Lo que ya gusta menos (naturalmente estamos en época más o menos contemporánea, con lo que el texto resulta lo que resulta) es que en su afán de hacer de Sophie uno de los motores de la acción se le asigne la frase del Bailly al final del primer acto y, como ya se ha visto desde el preludio, es una clara competidora de Charlotte, con poca diferencia de edad.
Eso hace que el final, que debería ser de una soledad total durante la agonía de Werther, se convierta en una escena de cuatro (Albert leyendo las cartas de Werther y Sophie con algunos gestos de consternación y desesperación hasta cantar —no se sabe con qué intención— la frase del canto de Navidad que le corresponde mientras se escucha a los niños, que acaban con risotadas mientras Werther expira). Como Charlotte, aunque se abraza y besuquea bastante en el primer acto con su amor imposible, después parece que se arrepiente y arma un jaleo por un beso y aparece a principios del tercer acto emborrachándose con whisky…
De la iglesia, pese al órgano, solo vemos al pastor y a otros figurantes que hacen lo que pueden y se les dice. Los que salen más indemnes son el protagonista y el dúo de borrachines porque hasta la pareja enamorada que dice en total tres palabras tiene mucha intervención, y en vez del amor romántico están siempre manoseándose (cuando él no está borracho).
En fin, que tampoco en el aspecto musical fuimos especialmente afortunados. El concertador Henrik Nánási estuvo bien en los momentos más contenidos, aunque en otros resultó plano (véanse los preludios de los actos primero y tercero, intermedio entre cuarto y quinto, y claro de luna en el primero), pero fue siempre preferible a los forte con los que alteró el equilibrio con el escenario y resultaron sobre todo ruidosos y gruesos. La orquesta estuvo bien, lo mismo que el coro de niños Vivaldi preparados por Pilar Paredes.
Los dos repartos mostraron, por empezar, y sobre todo en el primero, una gran deficiencia en la pronunciación francesa. La de Xabier Anduaga, sin ser perfecta, fue la mejor, así como su interpretación. Debutó en el papel, y escénicamente no lo posee. Vocalmente tiene un bello timbre en el agudo (algo abierto en la emisión) y demasiado oscuro y opaco en centro y grave. Obtuvo una buena ovación en el aria del tercer acto.
Por el contrario, la Charlotte de Kristina Stanek fue casi ininteligible y vocalmente —además de entubada— solo convenció a partir de las frases finales del tercer acto y en el cuarto. La Sophie de Sofía Esparza pareció más lírico pleno que lírico-ligera y sus agudos resultaron metálicos y algo estridentes. Actuó muy bien, y no es su culpa si el personaje que presentó tiene poco que ver con libreto y música.
Muy limitado el Albert de David Oller, tanto en lo vocal (con un timbre descolorido, un volumen pequeño y una emisión poco incisiva) como en lo escénico (en los saludos finales recibió alguna protesta). Siempre bonita la voz de Stefano Palatchi en el Bailli, aunque la articulación no siempre fue clara, y correctos Schmidt (Josep Fadó) y Johann (Enric Martínez-Castignani).
En el segundo reparto los cuatro principales estuvieron mucho más convincentes. Lo que le falta en belleza vocal y apariencia al Werther de Matthew Polenzani lo compensó sobradamente con su dominio técnico y estilístico (en particular el empleo de la media voz) y su mayor convicción escénica. El debut de Elmina Hasan en Charlotte fue interesante, y aunque la voz no pareció especialmente voluminosa (en ese aspecto sufrió un poco en el aria de las cartas, pero tal vez se deba al comprensible nerviosismo por un debut y a la excesiva suntuosidad orquestal), todo estuvo en su lugar, con excepción de algunas notas graves, que podrían poner en cuestión su clasificación como mezzosoprano, pero como se sabe este papel, como algunos otros de Massenet, es ambiguo en cuanto a registro.
Muy eficaz y muy sonora Leonor Bonilla en su Sophie (dominó en todo momento la tesitura) y si Carlos Daza volvió a poner en evidencia sus sonidos engolados, resultó más adecuado que su colega. En el segundo día se acentuaron un poco los claros en la sala que ya había en el primero.


