Mayo 9, 2026. Lo mismo si se califica de Opéra Comique que de Musical, la obra del jovencísimo compositor y libretista Ambroise Divaret restablece el contacto con un mundo imaginario que rememora las andanzas del forajido inglés Edward Teach, alias Blackbeard (1680-1718).
El tal personaje real fue convertido en otro de ficción visto y revisto surcando los mares caribeños en el celuloide de los gloriosos años 40 y 50 del pasado siglo. En aquel momento los más grandes de Hollywood —actores como Peter Ustinov y Linda Darnell, directores como Raoul Walsh y Jacques Tourneur, y productores como MGM, United Artists, Paramount— se interesaron por la imagen del pirata “Barbanegra”.
Siguen luego las características intrínsecas de la obra: sus dimensiones —13 solistas y un nutrido coro—, el apego a la historicidad de las aventuras (llamémosles así) de su héroe —transcurridas entre 1716 y 1718—, como la captura del barco francés y la liberación de los esclavos que transportaba, la generosidad y la amplitud de su música, y a la claridad de sus diálogos. Se podrán citar en su descrédito pasajes de charanga y pandereta, los hubo, y la pobre calidad literaria de los ripios mayormente en octosílabo y en dodecasílabo, pero ello abunda en una mayor comprensión de los vericuetos del cuento por un público todo terreno, tan ansiado por los teatros de ópera del mundo hoy.
Sobre el fondo de la obra, dígase que el primer acto exalta la rebelión del corsario (vale decir transportista) convertido en un verdadero pirata en lucha contra su rey inglés y el embaucamiento de su tripulación hacia un mundo de hostilidad, la violencia, el robo y el crimen en nombre de la libertad. Aparece en el segundo acto la vida anterior de Barbanegra, gracias a la presencia de su propia mujer que con amor marital le recuerda los principios de la moral en la que se educó, provoca la duda y finalmente convence al criminal de volver atrás. Por desgracia, el arrepentimiento llega demasiado tarde. Barbanegra muere a manos del ejército inglés y con él sucumben sus compinches.
En la producción presentada por la Opéra de Massy destacó el trabajo de Gena Liévano al frente de la orquesta Anima. Desde el foso, la joven directora ordenó y mandó a tirios y troyanos con suavidad pero con gran firmeza no exenta de lirismo, lo mismo en los pasajes de gran exaltación libertaria que en aquellos íntimos, concretamente la gran escena del diálogo del pirata arrepentido con su esposa.
También se lució Florence Guignolet, autora de la puesta en escena. Con no muchos medios materiales imaginados por Alexis Mars —y la ayuda eficaz de los videos de Franz Lavrut con maravillosas pinturas al estilo Gustave Doré realizadas por Silvère Jarosson—, transformó el plató en la cubierta del barco del pirata, hizo evolucionar en él los más de 50 coristas, vestidos con tino por Katarina Neishtadt, y trabajó en profundidad los efectos dramáticos de los solistas todos.
En el escenario, Pierre-Yves Cras en el rol de Barbe Noire expresó los múltiples sentimientos del corsario convertido en pirata, con arte y con garbo. De emisión clara, sin estratagemas vocales, el bajo- barítono estuvo siempre a la altura de la demanda de la partitura. Uniendo la voz al gesto dio en definitiva una completa visión del temido personaje. A su lado, Lisa Bensihom (Lisa, su mujer) expresó ternura y fineza, sutileza en sus decires, convicción sin fallo en sus pensamientos. La claridad de su timbre fue la baza principal que condujo al forajido al arrepentimiento.
Todos los demás solistas cumplieron con sus cometidos. Señálense tal vez la calidad de emisión de Heloïse Venayre (Anne Bonny) o la fuerza de Félix Merle (Benjamin Hornigold), pero lo mismo se podría decir de Angelo Heck (Stede Bonnet), Arthur Dougha (Charles Vane), o del propio autor de la obra, Ambroise Divaret, que vistió en personaje de Israel Hands, bastante maltratado por Barbe Noire.
Cítense los demás solistas, todos ellos a la altura de las circunstancias: Lily Berthelemy fue, Marie Read, Arwen Tanguy revistió los hábitos de Jack Rackham, Nolo Calage los de Robert Maynard (el ejecutor del pirata), Max Latarjet los de Woodes Rogers, Boris Mvuezolo Panzu fue Black Ceasar y Airelle Grolleau el joven grumete.
El coro del Departamento superior para jóvenes cantantes del Conservatorio de Paris Ida Rubinstein, omnipresente en particular durante el primer acto, impecable en todo momento, fue un personaje importante más de la pletórica producción.


