En Fragmentos de un evangelio apócrifo, el escritor argentino Jorge Luis Borges aventuró que el olvido es la única venganza y el único perdón. En cambio, la compositora finlandesa Kaija Saariaho propuso algo radicalmente distinto a través de su obra.
Para ella, el olvido no sería una opción tajante, altiva, ni tampoco una filosofía zen, sino una amputación severa de identidad y vínculo. Saariaho entendió que el recuerdo, esa memoria de conocimiento que late y vibra a través de nuestros sentidos, es el verdadero punto de convergencia de nuestras dimensiones temporales: una suerte de garita invisible donde coexisten, dialogan o se confrontan el mundo de los vivos y el mundo de los muertos.
En el marco ofrendario de Día de Muertos, la evocación de Kaija Saariaho —fallecida en París, el 2 de junio de 2023 a los 70 años de edad— resulta no solo un recuerdo lírico razonable, sino imprescindible. En 2019, una encuesta de la prestigiosa BBC Music Magazine la eligió como la mejor y más influyente compositora viva del mundo. Aunque los embates de un tumor cerebral causaron su desaparición física, su presencia en el quehacer musical de la actualidad permanece vigorosa y atractiva.
Ese reconocimiento de la revista británica, aunque pudiera ser matizado, no fue gratuito. Saariaho moldeó el curso de la música contemporánea al difuminar las fronteras entre las fórmulas del arte sonoro clásico, el legado folclórico y el uso de la tecnología: herramientas de sonorización, samplers y procesos de reverberación en tiempo real.
Su apuesta, y acaso su genialidad, consistió en tomar los instrumentos acústicos tradicionales y fundirlos con la electrónica, no para navegar por el incierto camino de la experimentación, sino para crear atmósferas y lenguajes que la crítica especializada ha descrito como misteriosos, atractivos y poéticos. Pero, en esencia, esas texturas sonoras que parecen emanar del individuo para ponerse en contacto con su entorno y colectividad, son de particular relieve dramático y escénico.
Esta compositora formada en Helsinki, Friburgo, Darmstadt y París —ciudad en la que radicó 42 años, desde 1982 hasta su muerte, sin haber solicitado la nacionalidad francesa—, abordó numerosos géneros musicales, aunque fue en la ópera donde su talento se proyectó de la manera más integral y reconocida.
Saariaho transformó la ópera del siglo XXI en un espejo ético y psicológico de la humanidad, proyectado a través de un agudo prisma contemporáneo, en colaboración con libretistas formidables como el escritor franco-libanés Amin Maalouf y la novelista y dramaturga finlandesa Sofi Oksanen.
Su periplo lírico inició en el año 2000 con L’amour de loin (El amor de lejos), una obra de auras medievales que aborda el enamoramiento idealizado en la distancia por la palabra, así como el amor platónico que solo encuentra su consumación en el último aliento y en la muerte.
Luego, en 2006, Saariaho sumó a su catálogo Adriana Mater, una ópera cuya trama transcurre en un país desangrado por la violencia de una guerra de las que no escasean en la convulsa geopolítica actual. Su protagonista es abusada por Tsargo —un hombre de su propia comunidad—, y queda embarazada, con el dilema de llevar el fruto de su abusador y de su propio cuerpo en el vientre. Adriana decide dar a luz a ese hijo —Yonas— concebido en medio del horror físico y social.
En la segunda parte de la obra, tras un salto temporal de diecisiete años, Yonas se debate entre el amor maternal por Adriana y el temor punzante de que él sea la memoria viva de aquella violencia cometida por su padre. Consciente de esos orígenes sórdidos, el deseo de venganza, muerte y destrucción propia se apodera de su camino. El regreso de Tsargo, finalizada la contienda, desata el enfrentamiento inevitable entre el odio acumulado y la difícil —pero alcanzable— posibilidad del perdón.
A este par de títulos iniciáticos siguieron obras que refinaron su exploración de la intangibilidad de lo humano: La assion de Simone (2006), un oratorio místico para soprano sobre la filósofa Simone Weil; Émilie (2010), un monólogo operístico de profunda intimidad femenina; y Only the Sound Remains (Solo el sonido permanece, 2016), dos obras que parten del teatro Nō japonés, donde la delimitación sonora entre los espíritus, los vivos y lo celestial se vuelve casi traslúcida.
Sin embargo, tras recorrer esos senderos espectrales de misticismo y abstracción, Saariaho firmó su testamento artístico más brutal y urgente: la ópera Innocence (Inocencia), estrenada en 2021.
Si en sus primeras obras la muerte era aliento poético y contexto belicista, Saariaho sintoniza en Innocence una cruda frecuencia que condiciona buena parte de la vida y la muerte contemporáneas: el acceso a las armas, el trauma adolescente, la salud mental desatendida, la migración de múltiple origen, la doble moral de las cúpulas o el olvido forzado como complicidad pasiva de diversas laceraciones sociales.
La trama de Innocence da inicio con una formal y alegre celebración de bodas en la Helsinki actual. Un joven finlandés, Tuomas, se casa con la joven migrante rumana Stela. Entre champaña y sonrisas hipócritas, el azar interviene: una camarera contratada de última hora entra para atender las mesas. Al mirar a los invitados, la mujer, llamada Tereza, cae en pánico al reconocer a la familia del novio.
Diez años atrás, en una escuela internacional de la ciudad, un muchacho —el primogénito del matrimonio formado por Henrik y Patricia, y hermano mayor de Tuomas— consumó un sangriento tiroteo en el que murió una decena de estudiantes y una docente. Tereza es la madre de Markéta, una de las chicas asesinadas.
La familia de Tuomas hizo todo lo posible para enterrar el pasado. Por ello, desde su perspectiva de novia, Stela no sabía nada. Sin embargo, como en una historia nórdica digna del Movimiento Dogma 95, el secreto estalla a medio banquete y la noción de felicidad individual, familiar y social se resquebraja frente a todos.
En la producción de estreno a cargo de Simon Stone —que desde el Festival Aix-en-Provence ha recorrido ya varios teatros europeos y estadounidenses—, la puesta en escena de este dramático thriller utiliza una escenografía magistral: un enorme cubo giratorio dividido en dos niveles y diversos salones que permiten un ágil flujo narrativo.
En el piso inferior, los vivos bailan y se abandonan a placeres de las élites, como si nada les agobiara. En la segunda planta, atrapados en una fría luz fluorescente, deambulan los seis estudiantes y su profesora, que fallecerían en el tiroteo y que en esa límbica dimensión no alcanzan a comprender la razón de ya no poder desarrollar sus actividades cotidianas.
A medida que la obra se desarrolla, el cubo gira y demuestra que el pasado no quedó atrás, sino que se desplaza al lado de los vivos, en espera del momento preciso para reclamar justicia.

Escena de la producción de Simon Stone para el estreno de Innocence
La propuesta de Saariaho es brillante en su arquitectura dramática y creativa en su tratamiento sonoro, si bien resulta dolorosa por su sintonía con la convulsa actualidad. En la escuela estudiaban jóvenes de todo el mundo, por lo que la ópera se interpreta en nueve idiomas distintos gracias a la minuciosa dramaturgia multilingüe de Aleksi Barrière.
Las voces de las víctimas se entrelazan y dialogan en sus lenguas de origen —español, checo, francés, griego, finlandés, rumano, sueco, alemán—, aunque la obra discurre principalmente en inglés como lengua vehicular. La idea configura una textura multicultural y a la vez una Torre de Babel que retrata la incomunicación humana y la consecuente falta de empatía.
El impacto más estremecedor de Innocence recae en el fantasma de Markéta, la hija de la camarera. Para ella, Saariaho rompió los moldes clásicos y recurrió a dos técnicas de canto folclórico de la tradición nórdica: el llamado de pastoreo (karjankutsu) y el trino rítmico ornamental (hehetys). La joven cantante, compositora, investigadora y artista etno-pop Vilma Jää —para quien fue pensado el rol— contribuyó de manera activa para delinear al personaje. Su voz no busca la ortodoxia educada de la escena operística, sino la fuerza de un lamento punzante y ancestral que se clava en el espectador.

Vilma Jää creó el rol de Markéta
Hacia el final de la ópera, el misterio se vuelve aún más sórdido. Queda al descubierto que el hermano mayor de Tuomas ha salido de prisión tras cumplir la pena que la ley reserva a los menores de edad, y con el beneficio de una nueva identidad financiada por sus padres, preocupados por su buen nombre y el qué dirán y no por la justicia o el sufrimiento causado en el colegio. El horror ético definitivo se detona cuando el propio novio, Tuomas, acorralado por los fantasmas de la culpa y el llanto de su madre, confiesa que el asesino no actuó solo.
De niños, él, su hermano y una amiga de la escuela llamada Iris, diseñaron la masacre como una fantasía abstracta de venganza. Fue Tuomas el autor del manifiesto de odio, aunque en el último minuto tanto él como la amiga se acobardaron y fue el hermano mayor quien lo llevó a la realidad. Es Iris, desde el plano espectral, la que termina por destapar la complicidad del hermano menor.
Ante esta revelación, Stela abandona la boda, pues comprende que no puede construir su futuro con alguien que albergó el germen del abominable crimen en su pensamiento, un agobiante dilema similar al que este año mostró la película The Drama, protagonizada por las superestrellas hollywoodenses Zendaya y Robert Pattinson.
Innocence no ofrece un final feliz, ni una reconciliación de telenovela. Kaija Saariaho y su libretista Sofi Oksanen ponen en escena una verdad incómoda que resuena con fuerza en las instalaciones de cualquier centro educativo del mundo: en estas tragedias modernas, la inocencia absoluta no existe. La propia Iris y los fantasmas lo dicen con crudeza: el asesino era también una víctima.
Su agresión sangrienta pudo explotar por el acoso escolar feroz y sistemático de sus compañeros, quienes además grababan las humillaciones con los celulares para viralizarlas. Ese demoledor giro argumental puede encontrarse también en Carrie, la reciente serie de Amazon Prime desarrollada por Mike Flanagan que vuelve a trasladar a la pantalla la novela fundacional de Stephen King.
Las dolientes víctimas espectrales en su momento fueron también victimarios que pavimentaron el doble sentido del camino del odio. Sin embargo, y ahí lo bello de sus catarsis líricas, Saariaho no deja al espectador sumido en el nihilismo ni en la orfandad de fe en el ser humano. Sus historias, en cierto modo, conducen a la sanación y a la resiliencia del trauma. Tal vez sea una convención ilusoria pensar que el dolor por sí mismo nos hace más fuertes, pero en definitiva sí puede contribuir a volvernos más honestos.
Cuando la verdad es desentrañada y los vivos confrontan su complicidad en el daño, el canto de las almas en pena cambia. En los últimos minutos, la voz agreste y folclórica de Markéta se suaviza. Al romperse el pacto de silencio e impunidad, el secreto ya no la encadena a los vivos. Le canta una última canción a su madre, pidiéndole que la deje ir y que la recuerde no por la forma violenta en que murió, sino por la vida que tuvo antes de la tragedia. Los fantasmas, finalmente, se desvanecen en la penumbra.
Kaija Saariaho mostró al mundo que la ópera no es un género del pasado con el que se puede evadir la realidad entre coloridas ornamentaciones, sino un vehículo estético y poderoso que nos aproxima al presente.
Igual que la entrañable tradición de Día de Muertos, esta compositora finlandesa nos recordó con sus obras que el verdadero descanso eterno de los que ya no están en este plano terrenal, no se logra mediante el olvido borgeano ni barriendo el polvo de la culpa o la irresponsabilidad debajo de la alfombra. Quizá la armonía entre las dimensiones de los vivos y los muertos se alcanza cuando tenemos el valor de mirar de frente nuestros fantasmas, en aras de la profunda, urgente y genuina empatía humana.
Estreno de Innocence de Kaija Saariaho en el Festival d’Aix-en Provence, 4 de julio de 2021: https://www.youtube.com/watch?v=SZz2bxnAQfs&t=508s



