Diciembre 7, 2025. La temporada 2025 de la Compañía Nacional de Ópera (CNO) cerró con tres últimas funciones, pertenecientes a una nueva producción de La légende de Rudel, ópera en un acto y tres escenas del compositor duranguense Ricardo Castro (1864-1907), con libreto en francés del poeta Henri Brody sobre la historia del trovador provenzal del siglo XII, Geoffroy Rudel.
Estas presentaciones, celebradas el 7, 9 y 11 de diciembre en el Teatro del Palacio de Bellas Artes, fueron producto de una colaboración de la CNO con el Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información Musical Carlos Chávez (Cenidim) y el Taller Coreográfico de la UNAM, coordinada por la doctora Elena Kopylova, y se promocionó como un rescate emblemático del repertorio lírico mexicano. Sin embargo, el estreno de la producción ha suscitado un debate ético sobre la atribución de esfuerzos previos, que añade una capa de complejidad a su recepción.
Estrenada en italiano el 1, 2 y 4 de noviembre de 1906 en el Teatro Arbeu de la Ciudad de México —y presentada por última vez en Bellas Artes en 1952, cantada en español —, La légende de Rudel lleva a la escena lírica el amor cortés e idealizado de Geoffroy Rudel por la Condesa de Trípoli, quienes se enamoran por cartas y relatos de peregrinos. La travesía emprendida desde Francia hacia Oriente Medio durante la Segunda Cruzada culmina con la muerte del enfermo Rudel en brazos de la condesa, no sin antes confesarle su infatuación.
El libreto de Brody, si bien se basa en esa leyenda provenzal del siglo XII, evoca un romanticismo tardío con toques de fatalismo wagneriano —evidente en la concepción de un amor trascendente más allá de lo físico— con ecos del Otello verdiano en su tormenta emocional.
A su vez, Ricardo Castro, formado en el Conservatorio Nacional de Música y en Europa, fusiona influencias del verismo italiano, la ópera romántica francesa y un postrero aire wagneriano, con orquestación densa y leitmotivs que subrayan la proeza del viaje hacia el amor y la muerte. Al igual que con Atzimba —una regionalización de las triangulaciones amorosas y patriotas de la Aïda verdiana—, el compositor fallecido por neumonía a los 43 años de edad dejó con su Rudel un testamento de ambición lírica del México porfiriano fascinado por lo europeo, del que aún sobreviven vestigios.
Para la puesta de Bellas Artes 2025 de La légende de Rudel, se recurrió al director de escena venezolano Rennier Piñero Lobo, y se incorporaron elementos digitales, incluso en lo sonoro, en una estética con mar simbólico y cartas flotantes (no muy medieval), que contó con la escenografía de Sonia Flores y Samuel Cepeda, e iluminación crepuscular de Gustavo López. El vestuario correspondió a Aurora Lizethe González y Beatriz Carolina Hernández Vanegas —capas fluidas para Rudel, velos etéreos para la condesa—. Al cuadro se sumó la coreografía de Ranniely Piñero Lobo e Irina Marcano, así como maquillaje y peluquería de Meme García.
Bajo la dirección concertadora del parisino Benoît Fromanger, la Orquesta del Teatro de Bellas Artes entregó ese oleaje wagneriano, con arengas cruzadas y romanticonas. Luis Manuel Sánchez fungió como director huésped del Coro, mientras que el tenor Dante Alcalá actuó como un lírico Geoffroy Rudel, la soprano Jennifer Velasco como la abnegada esposa Ségolaine, mientras que la mezzosoprano Gabriela Flores fue una segura Condesa de Trípoli. Los barítonos Ricardo López (Peregrino) y Juan Marcos Martínez (Capitán), y el tenor Gerardo Antonio Rodríguez (Mensajero) completaron el elenco.
La légende de Rudel dibuja un capítulo donde el idealismo priva a la anécdota amorosa de la pasión carnal, lo que sin duda haría enfurecer al caballero Tannhäuser. Castro logra momentos de lirismo, aunque el contexto bélico de las Cruzadas queda subdesarrollado y de hecho es irrelevante, mientras la poesía de Brody sufre por convencional y falta de alas.
Frente a versiones modernas de la misma historia como L’amour de loin (2000) de la compositora finlandesa Kaija Saariaho en colaboración con el escritor franco-libanés Amin Maalouf, con su etérea sinestesia sonora y emocional de aislamiento y anhelo, La légende de Rudel se percibe anclado en su época: noble, pero carente de la introspección y psicología que el tema merecería para no resultar impostado.
Esta producción ofreció, entonces, un paréntesis para redescubrir a Castro y poner el valor del catálogo lírico nacional en la agenda. Pero el debate sobre su rescate (una “cuestión semántica” y de “timing editorial”, respondieron Víctor Barrera y Elena Kopylova del Cenidim al periodista Ángel Vargas de La Jornada, a propósito de los señalamientos del director de orquesta Miguel Salmón del Real, quien rescató y presentó la obra en 2014, con la Orquesta Sinfónica de Michoacán y el grupo Solistas Ensamble del INBAL), nos recuerda que la ópera mexicana no solo se reconstruye en partituras, sino también en memorias colectivas.



