Abril 13, 2026. El tenor polacoPiotr Beczała, acompañado al piano más que correctamente por la francesa Sarah Tysman, volvió a presentarse ante el público del Palau de la Música con un programa en su totalidad eslavo. La primera parte estuvo dedicado a músicos de su patria, Polonia, y al checo Antonín Dvořák.
Entre los primeros destacaron las siete melodías de Mieczysław Karłowicz, de quien Beczała se ha vuelto un adalid y ha logrado instalar —al menos durante su carrera— en el programa del canto de cámara. Se trata de música para textos de diversos autores, en general paisajísticos y melancólicos, lo que le permitió una dicción clara (aun sin saber la lengua, pero entre el público había quien era de su misma nacionalidad y afirmó no haber perdido palabras), el uso de medias voces expresivas y el recurso al pianísimo final que a estas alturas es un milagro de técnica tanto como de expresividad.
Siguió la gran aria de Stefan de La casa embrujada de Stanisław Moniuszko con su importante recitativo y que fue el momento de expresar drama y dolor y en el que aparecieron restallantes sus agudos, lo que provocó la primera gran ovación del público. La primera parte concluyó conlos números 4 a 7 de las Canciones gitanas de Dvořák, que comenzó con la ultrafamosa ‘Canciones que me enseñó mi madre’, con su sabor delicadamente exótico y popular, y concluyó con el aria del príncipe de Rusalka, otro caballo de batalla del tenor, que resultó estremecedora (quizás más que el año pasado en el Liceu) y provocó un terremoto de aplausos.
En la segunda parte pasamos al canto ruso: más de la mitad fue de Piotr Ilich Chaikovski, un autor que siempre le ha ido como guante y no solo en ópera, como demostraron los siete primeros números, de los cuales los más conocidos fueron el primero (‘Un corazón solitario’) y el tercero (‘En el baile’), pero no en detrimento de los otros (de los que destacaría en particular ‘¿Por qué?’ y ‘Es de día).
Luego de una breve pausa interpretó la escena de Lenski de Eugenio Onegin, con la que siempre ha conseguido legítimos triunfos, y esta vez sonó más desesperanzada que nunca (aunque el respetable se repuso a tiempo para aplaudir a rabiar). El programa concluyó con cuatro números de Serguéi Rajmáninov, desde el breve ‘Sueño’ inicial a las archifamosas ‘Aguas primaverales’ final, pero en el que el momento que concitó una atención y un silencio impresionantes fue el tercero, la también conocida ‘No cantes, mi bella’ del que dio una interpretación inolvidable también premiada con un largo aplauso, pese a que no había acabado el ciclo.
Como bis ofreció, “en una lengua que espero que ahora entiendan”, la gran romanza de La tabernera del puerto de Sorozábal, ‘No puede ser’ y luego, de Agustín Lara, la casi inevitable ‘Granada’, con las que enloqueció a la asistencia y en un castellano prácticamente perfecto. Se despidió con uno de sus bises favoritos, ‘Non ti scordar di me’ de Ernesto De Curtis, que siempre surte el efecto deseado.


