The Exterminating Angel en París

Vista general de la puesta en escena de Calixto Bieito de The Exterminating Angel en París © Agathe Poupeney

Marzo 3, 2024. En 1962 Luis Buñuel era un ícono del cine mexicano. Con películas como Los Olvidados, Ensayo de un crimen o La ilusión viaja en tranvía, el cineasta español captó en muchos aspectos el profundo surrealismo del alma mexicana. Para muchos, sus películas son una madeja extraña de ocurrencias y de críticas sociales. No obstante, su visión de México sin tapujos ni estereotipos dio voz a las situaciones que ignoramos por pereza o indiferencia innata.

En México, nuestra esencia mestiza nos acerca mucho más a todo tipo de cuestiones sobrenaturales que al pragmatismo de los países que colindan en la frontera boreal. Buñuel no solo fue el ojo, a veces cruel, de nuestra profunda realidad, sino que develó el espejo nítido que despeja toda la parafernalia de la sensiblería tricolor de las cintas charras.

Cuentan Silvia Pinal y Jacqueline Andere, la dos últimas sobrevivientes del reparto principal de El Ángel Exterminador, que Buñuel tenía pensada ambientar la película en Londres. Esta obra de celuloide no podía suceder más que en México. La crítica hacia la alta burguesía mexicana es feroz pero de una veracidad que crea interrogantes sobre nuestro tejido social hasta este incipiente siglo XXI.

Cuando la Ópera de París decidió programar la versión operística de Thomas Adès y su colibretista Tom Cairns, fue una apuesta arriesgada. Muy pocos franceses conocen el cine mexicano de Luis Buñuel y rarísimos, el contexto socio-cultural de su concepción. El compositor británico se inspira en una de las películas que acompañaron íntimamente su vida. De la misma manera que Powder her face o The Tempest, el maestro Adès adapta con mucho cuidado y fidelidad no solamente la intriga sino los diálogos con una exactitud impresionante. 

Muchas veces exigente en las dinámicas y rangos vocales, la partitura tiene verdaderas joyas líricas dignas de Richard Strauss. Los ensambles se construyen en un aparente caos, pero tienen una construcción nítida y fantástica en su extravagante escritura. Qué lujo haber asistido a esta representación con el compositor a la batuta exaltando las maravillas de su obra con los músicos extraordinarios de la Orquesta de la Ópera Nacional de París.

Escena de The Exterminating Angel de Thomas Adès  © Agathe Poupeney

La puesta en escena de Calixto Bieito es eficaz y elocuente, encerrándonos con los personajes en un inmenso decorado con frisos barrocos de una blancura imperturbable y aterradora. Esta pulcritud es un contraste con el caleidoscopio iridiscente de los personajes. Pieles multicolores, smokings de azabache intachable, camisas almidonadas, candelabros de oro puro, vajillas finas y cristalería, todo el lujo que cualquier mansión de Las Lomas o del Pedregal de San Ángel puede derrochar en una noche. Un decorado cruel y angustiante, circo de vanidades y del retorno a lo más primitivo que ninguna “politesse” o “quedar bien” puede ocultar permanentemente. 

Hecho significativo, Bieito respeta totalmente el argumento de Buñuel y la adaptación de Adès y Cairns. El director de escena no dirige a los cantantes, les da una libertad total de movimiento y de improvisación. El público siente la complicidad entre todo el elenco y es cómplice y “voyeur” de la metamorfosis decadente de estas mariposas nocturnas geniales.

Todo el elenco es extraordinario, sin excepción. No podemos mencionar en detalle a todos los cantantes. No obstante, cabe señalar las interpretaciones de Jacquelyn Stucker, Nicky Spence, Jarrett Ott, Hillary Summers, Frédéric Antoun y Anthony Roth Costanzo, un sinnúmero de talentos tanto musicales como histriónicos.

Al abrirse finalmente la puerta de la bacanal, aquellos que volvieron al estado primitivo descubren el mundo que abandonaron por varias noches. La fábula enmarañada de Buñuel y Adès nos cuestiona sobre las mil y una máscaras que nos alejan de lo que somos en realidad. Más allá de lo que inventemos para consolarnos, lo único que nos salva de la brutalidad es la emoción. En la ópera de Adès es lo que mantiene a algunos personajes en una realidad relativa. Semanas después de la representación, el eco de la música de Thomas Adès y del mundo de Calixto Bieito nos habitan como un hermoso fantasma.

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