El gitano por amor en Madrid

Abril 26, 2026. La ópera de Manuel García El gitano por amor (1829) no es solo una curiosidad musicológica rescatada, ni una rareza para paladares especializados. Por fin llegó al Teatro de La Zarzuela tras su estreno en Málaga y su paso por Oviedo, y mostró que tiene entidad más que suficiente para aspirar a ocupar un lugar estable en el repertorio.

García la compuso a su regreso de América, con la ambición de abrirse camino en el París dominado por Gioachino Rossini. La obra resume bien las tensiones de su tiempo: bel canto en estado puro, injertado de ritmos y colores españoles, con un pie en la tradición italiana y otro anticipando lo que luego cristalizaría en la zarzuela de Francisco Asenjo Barbieri o Emilio Arrieta. Hay pasajes musicales de primer orden, especialmente en un segundo acto mucho más inspirado, mientras que el primero acusa cierto agotamiento dramático. 

En lo vocal, la función giró claramente en torno a Rosita, personaje que García concibió para el lucimiento de su hija María Malibrán. Sabina Puértolas asumió el reto con oficio y personalidad: domina el escenario, frasea con intención y resuelve la escritura endiablada con solvencia, aunque no sin algún peaje en los extremos. Su gran escena final, ‘Amado padre’, fue el momento de la noche, con un virtuosismo bien encauzado que encendió al público. 

A su lado, el tenor Juan Antonio Sanabria ofreció un Hernando musical y entregado, aunque algo desdibujado en los conjuntos. Más problemática resultó su coloratura, que no siempre fluyó con naturalidad. En cambio, la Inés de María José Moreno fue, sencillamente, un lujo: canto elegante, línea impecable y una facilidad en el agudo que sigue siendo modélica. Su intervención en el segundo acto elevó de golpe el nivel vocal de la velada.

Entre los secundarios, destacó el oficio escénico de Pietro Spagnoli, dueño de un Marqués bien perfilado, sin excesos bufos, y el Baldaquín del barítono Javier Povedano, eficaz en lo teatral, aunque no tanto en lo vocal. Cumplieron con solvencia Begoña Gómez y Emilio Sánchez en sus cometidos. En el foso y al frente de la ORCAM, Carlos Aragón mostró conocimiento de la partitura, concertando con corrección una obra compleja en su mezcla de estilos.

La puesta en escena de Emilio Sagi responde a su sello habitual: claridad narrativa, respeto por la obra original y el momento en que caen papelitos de colores (en este caso color plata). Funciona, pero sin ir más allá. La escenografía de Daniel Bianco apuesta por una estética de impacto visual —rojos intensos en el primer acto, blancos casi en el segundo— que, por reiterativa, acaba jugando en su contra. Hay imágenes bellas, sí, pero también cierta monotonía y decisiones discutibles, como el abuso de sillas o una iluminación que por momentos incomoda más que sugiere.

En conjunto, esta recuperación tiene más valor del que podría parecer a simple vista. Hay materia prima de gran nivel: una partitura con personalidad, momentos inspirados y un claro interés histórico y musical.

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