Pro Ópera

Cavalleria rusticana y Pagliacci en Sofía

Julio 10 y 11, 2026. Un gran éxito se apuntó, en el inicio de su programación estival de 2026 del ciclo “Ópera en la plaza”, la Compañía de Ópera y Ballet de Sofía, al presentar el popular binomio Cavalleria rusticana y Pagliacci, de los imprescindibles compositores veristas italianos, Pietro Mascagni y Ruggero Leoncavallo, respectivamente.

Vocalmente, la propuesta alcanzó en general un alto nivel de calidad. En lo que respecta a Cavalleria, la soprano búlgara Gabriela Georgieva delineó una imponente Santuzza, con una voz de bello esmalte, de tintes dramáticos, caudalosa y pujante, que condujo con seguridad y sólido dominio técnico. En el plano interpretativo, delineó un muy logrado retrato psicológico de su personaje, mostrándose particularmente implicada en sus confrontaciones, primero con el tenor y luego con el barítono, donde ofreció un canto cargado de sentimiento y dramatismo, alejado de cualquier exceso. Su himno ‘Inneggiamo’ fue uno de los momentos de más bello canto de la noche. 

Alternándose en el papel, la también búlgara Radostina Nikolaeva hizo gala de una voz potente, con agudos seguros y un centro de apreciable consistencia. Aunque su línea de canto no siempre se mostró homogénea, ofreció una prestación vocal muy meritoria, cuyo momento culminante llegó con el aria ‘Voi lo sapete, o mamma’. Convenció menos en el resto de la ópera, especialmente en el plano interpretativo, donde concibió una Santuzza fría y distante, de escasa italianità

Esta circunstancia se hizo especialmente evidente en sus escenas junto al Turiddu, todo fuego y pasión, del tenor italiano Vincenzo Costanzo, cuya voz cálida, de rico lirismo y agudos squillanti y seguros, dio vida con gran fuerza expresiva al infiel e impulsivo campesino siciliano. Su conmovedor ‘Addio alla mamma’, cantado con la emoción a flor de piel, habría podido conmover incluso a una piedra. 

En el otro elenco, el veterano tenor búlgaro Kostadin Andreev, toda una institución en la escena operística de su país, debería pensar seriamente en pasar la antorcha, pues ya no está en condiciones de ofrecer una interpretación digna de su larga y exitosa trayectoria. Su voz, de timbre robusto y metálico, acusó el implacable desgaste del paso del tiempo y, aunque conserva todavía los agudos, la línea de canto careció por completo de homogeneidad y el fraseo, efectista y huérfano de todo buen gusto, convirtió su actuación en un auténtico suplicio para el oído.

Las sopranos búlgaras Ina Petrova y Tsveta Sarambelieva resolvieron con solvencia las exigencias vocales del rol de Lola, la esposa de Alfio, aportando además la dosis justa de sensualidad exigida por el personaje. Todo un lujo resultó la participación de la mezzosoprano Vesela Yaneva, una Mamma Lucia creíble, desbordante de humanidad y dotada de una gran presencia escénica.

En lo que respecta a Pagliacci, una de las gratas sorpresas de la velada fue el tenor tunecino Amadi Lagha, magnífico intérprete del engañado payaso. Poseedor de una voz oscura y viril de tenor spinto, cercana por peso y color al repertorio dramático, supo administrar con inteligencia un instrumento de centro amplio y consistente, coronado por un registro agudo sólido y brillante. Todas estas cualidades le permitieron afrontar con autoridad un papel que pareció escrito a la medida de su voz. Escénicamente se mostró completamente entregado, transmitiendo con gran eficacia el progresivo derrumbe emocional de Canio. Su ‘Vesti la giubba’, de arrolladora fuerza dramática y notable intensidad expresiva, fue recibido con una clamorosa ovación. 

En el papel de Nedda, Stanislava Momekova destacó por el atractivo timbre de su voz lírica, su musicalidad y el refinamiento de su canto. Su ‘Stridono lassù’, dicho con un legato impecable, agilidades fluidas y una expresión intensamente emotiva, constituyó uno de los momentos más logrados de la representación. La Nedda alternativa, Milla Mihova, afrontó el papel con un instrumento de escaso atractivo tímbrico, una línea poco homogénea y agudos frecuentemente tirantes y/o forzados. A su favor cabe señalar el temperamento escénico con que defendió el personaje y su esmerado fraseo, cualidades que, sin embargo, no bastaron para sacar adelante una prestación por demás discreta de la infiel esposa de Canio. 

Dotado de una voz de hermoso timbre viril, generosa proyección, un legato de exquisita factura y un decir siempre intencionado y expresivo, el joven barítono Atanas Mladenov compuso un Silvio de excepción. Por su parte, el joven tenor Emil Pavlov dio distinguido relieve al papel de Beppe/Arlecchino, sobresaliendo especialmente en la célebre serenata, resuelta con encomiable elegancia y refinamiento.

Asumiendo la casi homérica tarea de cantar dos días consecutivos al vengativo Alfio y tres al traicionero Tonio, el indestructible barítono argentino Fabián Veloz se alzó con un nuevo éxito personal en su debut en la casa, demostrando una vez más por qué es considerado uno de los mejores barítonos de su generación y uno de los intérpretes de referencia de ambos papeles en la actualidad. En extraordinaria forma vocal, se desenvolvió con absoluta autoridad en dos personajes que conoce hasta el más mínimo detalle, de los que supo extraer todo su potencial vocal y dramático. Poseedor de una voz de atractivo color, fresca y homogénea a lo largo de todo el registro, capaz de desplegar una amplísima gama de matices y claroscuros, y de un fraseo de noble acento siempre al servicio de la palabra, firmó una auténtica lección de canto de principio a fin.

Otro de los grandes artífices de la brillante velada fue el Coro de la casa que, bajo la atenta preparación de Violeta Dimitrova, volvió a acreditar su excelente nivel con una actuación de muchos quilates. Sus intervenciones, siempre precisas y de gran empaste, alcanzaron sus momentos culminantes en el célebre ‘Regina Coeli’ de Cavalleria y en el festivo ‘Don, din, don’ de Pagliacci, ambos recibidos con calurosas ovaciones del público.

Al frente de la Orquesta de la Ópera de Sofía, el director italiano Francesco Rosa demostró un profundo conocimiento de ambas partituras, poniendo en valor la riqueza de sus colores orquestales y coordinando con eficacia y sensibilidad la labor de músicos y cantantes. Su lectura se distinguió por la intensidad expresiva, el cuidado de los contrastes dinámicos, la fluidez del discurso y una tensión dramática sostenida de principio a fin.

El montaje firmado por el director de escena Plamen Kartaloff, coproducido con los teatros de ópera de Módena, Piacenza y Rímini, propuso un espectáculo tradicional, coherente y de gran fuerza teatral, fiel al libreto y concebido para que el desarrollo dramático fluyese con total naturalidad y sin sobresaltos. Ambas óperas compartieron un mismo espacio escénico —una plaza de un pueblo del sur de Italia—, solución que no solo facilitó la transición entre ambas óperas, sino que también reforzó la unidad dramática del conjunto. 

También destacables fueron las cuidadas y eficaces marcaciones tanto de los solistas como de las masas corales. La funcional escenografía de Giacomo Andrico, de tonos más sombríos en Cavalleria y más coloristas en Pagliacci, además de su indudable atractivo plástico, proporcionó el marco ideal para el desarrollo de la trama. Uno de los mayores aciertos de la producción fue la inteligente integración de la imponente catedral de Alexander Nevski, situada tras el escenario, en la acción de Cavalleria, convirtiéndola en un elemento dramático de gran fuerza visual. Menos convincentes resultaron, en cambio, la entrada de Alfio en automóvil y la llegada de la troupe de comediantes en camioneta, con Silvio al volante. 

Contribuyeron igualmente al éxito del espectáculo el bellísimo vestuario diseñado por Nela Stoyanova y la iluminación de Stefano Mazzanti, de atmósferas tan sugerentes como eficaces. Interminables ovaciones despidieron a los intérpretes una vez caído el telón.

Escena de Pagliacci en Sofía

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