Pro Ópera

Das Lied von der Erde en Milán

Noviembre 1, 2026. Das Lied von der Erde(La canción de la tierra) de Gustav Mahler (1860-1911) es la nueva cita de la temporada de laOrchestra Sinfonica di Milano, con el armenio Emmanuel Tjeknavorian en el podio y la mezzosoprano alemana Tanja Ariane Baumgartner y el tenor austriaco Norbert Ernst como solistas. 

¿Ciclo de Lieder o sinfonía? Mahler dejó abierta la pregunta. Compuesta entre 1908 y 1909, la partitura le pone música a seis poemas de ambientación china, a través de Die chinesische Flöte de Hans Bethge, después elaboradas con gran libertad. Ya desde el brindis del ‘Trinklied vom Jammer der Erde’con el que inicia la obra, hay algo inquietante: la euforia convive desde el principio con la conciencia de la fragilidad humana. Es natural relacionarla con los años difíciles en que nació la partitura, marcados por la muerte de la hija María y el descubrimiento de su propia grave enfermedad cardíaca. Sin embargo, sería reductivo leerla solo como una meditación sobre el final, ya que allí sobreviven el placer de los sentidos y el recuerdo de la juventud, frente a una naturaleza que sigue siendo hermosa. 

El propio Mahler la definió como una sinfonía para tenor, contralto (o barítono) y orquesta, y la definición tiene un sentido preciso. Las voces son parte de un organismo sinfónico en el que dialogan continuamente, mientras que la escritura pasa de una imponente sonoridad a una trama instrumental de sutil transparencia. Seis movimientos hasta la larga despedida de‘Der Abschied’que por sí solo ocupa casi media hora: un paisaje al atardecer, la despedida de un amigo que se aleja hacia las montañas, una música que se expande y se repliega sobre sí misma hasta el “Ewig” final, reiterado y cada vez más tenue, antes de que el sonido se disuelva.

Para Tjeknavorian es su tercer encuentro con Mahler al frente de la Orchestra Sinfonica di Milano, después de la Primera y la Quinta Sinfonías de las dos temporadas anteriores. Dio una lectura segura, a la vez firme y atenta a la arquitectura de la partitura y al color, en la que la tensión dramática nunca cedió a la búsqueda de efectos. Trabajó ante todo sobre la finura del diseño instrumental, haciendo emerger detalles y voces internas sin atenuar la fuerza de los episodios más intensos. 

El primer Lied, con sus arranques casi brutales, tuvo un carácter bien distinto de la ligereza de las piezas centrales. En ‘Der Abschied’, la dirección encontró el paso necesario para acompañar la progresiva rarefacción del discurso, y allí se midió la solidez de toda la construcción. En cambio, no siempre fue convincente, en cambio, el equilibrio con los solistas: cuando la orquesta se abrió, el canto a veces quedó en segundo plano. En los pasajes a cargo solo de la orquesta, en cambio, la cohesión fue notable, y los músicos mostraron saberse escuchar. 

Las dos voces abordaron una escritura bastante diferente. Tanja Ariane Baumgartner aportó a la partitura una vocalidad oscura, de material rico y consistente, particularmente eficaz en el registro medio-grave, sobre todo en el Lied final. Se notó alguna incertidumbre en el enfoque al subir hacia el agudo. Sin embargo, la mezzosoprano alemana supo variar el peso de la emisión, pasando de la plenitud del sonido a un canto más contenido, y la articulación del texto se mantuvo siempre cuidada, incluso en las frases más delicadas, abordadas con sensibilidad. Norbert Ernst afrontó con ímpetu el virtuoso ‘Trinklied vom Jammer der Erde’, destacando de inmediato una voz penetrante, de impronta heroica, que en la escritura más vigorosa encontró un terreno favorable. Algunos pasajes requirieron un suplemento de dulzura. En ‘Von der Jugend’, donde Mahler aligera la declamación y suaviza el fraseo, el tenor tuvo que reducir el peso del sonido y controlar con atención el apoyo, logrando mantener una buena continuidad de la línea. Al final hubo aplausos convincentes de un auditorio siempre con buena asistencia.

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