Marzo 17, 2026. Tras dos décadas de ausencia, regresó al Teatro Real la ópera fantástica Sueño de una noche de verano de Benjamin Britten. Estrenada en 1960 en el Festival de Aldeburgh, la ópera está basada en la comedia homónima de William Shakespeare, en una ingeniosa adaptación operística del propio compositor junto a su pareja, el tenor Peter Pears, quienes condensaron el argumento preservando tanto su atmósfera mágica como la esencia original de la trama.
Bajo la apariencia de una fábula, la obra despliega una profunda reflexión sobre la naturaleza del amor —ilusorio, voluble—, la fragilidad de la identidad y la difusa frontera entre realidad y fantasía, así como sobre esas pulsiones primarias que, en última instancia, nos hermanan con el mundo natural.
Musicalmente, la ópera propone un universo sonoro de marcada cualidad onírica, donde lo simbólico y lo sobrenatural conviven con un sutil trasfondo burlesco. Digno de todos los elegios, el reparto se situó en un altísimo nivel general, no solo por su rendimiento vocal, sino también por su gran implicación escénica. Figura central del plano mágico, el contratenor inglés Iestyn Davies se erigió como uno de los triunfadores de la noche, ofreciendo una interpretación muy elaborada del enigmático, manipulador y autoritario Oberon, el rey de las hadas. Dominó el papel con un timbre cálido y brillante y un canto uniforme, natural, seguro y perfectamente encauzado. Su gran aria ‘I know a bank’ deslumbró por la manera en que sostuvo las largas frases, así como por su soberbia musicalidad y por su fraseo altamente expresivo, capaz de extraer el máximo significado de cada palabra.
Como su esposa, la orgullosa e independiente reina Tytania, la soprano estadounidense Liv Redpath resultó impecable en su cometido con una voz luminosa, dúctil y precisa con la que resolvió sin inconveniente las ornamentaciones de su aria ‘Be kind and courteous’, cuando bajo el efecto del hechizo de la flor mágica pide que cuiden y atiendan a su amado.
Encarnando la inestabilidad del sentimiento amoroso, las dos parejas de enamorados atenienses fueron magníficamente delineadas. La soprano estadounidense Jacquelyn Wagner dio vida a una obsesiva Helena de bello esmalte y canto refinado, mientras que, como su rival, la firme y apasionada Hernia, la mezzosoprano suizo-canadiense Simone MacIntosh hizo gala de una voz densa y una línea de canto bien sostenida. Del lado masculino, el tenor británico Sam Furness bordó un romántico e idealista Lysander, de voz luminosa, homogénea y de agudos fáciles, mientras que el barítono sudafricano Jacques Imbrailo, con su voz aterciopelada, un legato cuidado y cargado de matices, aportó un brillo poco habitual a la parte del inicialmente arrogante y luego comprensivo Demetrius.
El mundo racional y la estabilidad del amor adulto, en contraste con la volatilidad de los jóvenes, fue representado por el barítono neerlandés Thomas Oliemans y la mezzosoprano británica Christine Rice, quienes aportaron autoridad y humanidad a las breves partes de Theseus, el duque de Atenas, y su prometida y posterior esposa, la bella y noble Hippolyta.
El tono cómico y burlesco del grupo de los rústicos estuvo excelente, arrancando carcajadas por doquier en la “obra dentro de la obra”. De entre ellos, destacó particularmente el veterano bajo-barítono británico Clive Bayley quien, con voz potente, bien articulada y una declamación de manual, delineó un magnífico Bottom, el artesano transformado en asno. Auténtico agente del caos y motor de los enredos de la trama, la parte del travieso espíritu del bosque Puck fue presentado de modo desdoblado por el actor británico Daniel Abelson y por el bailarín argentino Juan Leiba. El primero le aportó a la parte mucha personalidad, echando mano a una batería inagotable de recursos histriónicos, y el segundo, subrayando el aspecto fantástico del personaje a través de sus acrobacias aéreas.
Excelente prestación del conjunto coral Los Pequeños Cantores de la ORCAM dirigido por Ana González. Desde el foso, el director británico Ivor Bolton se movió a sus anchas y realizó maravillas al frente de una partitura que demostró conocer con minuciosidad, confirmando su maestría y reputación de experto en Britten. Su lectura refinada, vivaz y colorida, hizo brillar cada detalle y textura —especialmente en los vientos y metales— y diferenció los mundos sonoros de cada uno de los grupos.
Cargada de magia y poesía, la inspirada nueva producción de la directora de escena británica Deborah Warner presentó un espectáculo moderno, equilibrado y teatralmente bien resuelto, que potenció la atmósfera misteriosa, delirante y grotesca de la ópera, expuso con eficacia los enfrentamientos y malentendidos de la trama y resolvió con agudeza la interacción entre el mundo mágico de las hadas, el de los amantes y el de los cómicos.
La escenografía simbólica y austera de Christof Hetzer enmarcó la trama recurriendo a una instalación simple, funcional y que apeló a la imaginación para sugerir la atmosfera de un bosque encantado. El vestuario diseñado por el portugués Luis Filipe Carvalho subrayó con eficacia la identidad de los personajes. La iluminación del alemán Urs Schönebaum potenció las diferentes atmosferas, mientras las elaboradas coreografías de Kim Brandstrup aportaron buen ritmo y movimiento a la escena. Al caer el telón, el público festejó el final feliz, entregando entusiastas aplausos a todos los intérpretes.



