Febrero 17, 2020. Escaso de repertorio barroco en su cartelera, resultó todo un acontecimiento el estreno de la ópera Agrippina en la presente temporada del Metropolitan Opera de Nueva York. Última ópera de la etapa italiana y primer gran suceso lírico de Georg Friedrich Händel, la ópera narra las maquinaciones de Agrippina para que su hijo Nerón suceda al emperador Claudio en el trono romano.
La propuesta no pudo ser mejor servida. En lo vocal el elenco estuvo dominado por la presencia de una Joyce DiDonato en estado de gracia, quien a pesar de acusar cierta dureza en su voz y algunos agudos un tanto tirantes, trazó una deslumbrante Agrippina técnicamente perfecta, musicalmente impecable, apabullante en las agilidades por velocidad y precisión y con una expresividad a flor de piel ante la cual fue difícil no caer rendido. Su magnífica composición escénica de la maquiavélica y calculadora protagonista concentró todas la miradas y fue uno de los pilares sobre los que se apoyó el éxito de esta producción.
Como el necio Nerón, Kate Lindsey le dio solvente réplica con una voz ideal para la parte, ya sea por línea como por estilo, y se metió al público en el bolsillo por su irresistible y caricatural retrato del adolescente fiestero, drogadicto e inmaduro hijo de la protagonista. Muy identificada con su papel, la debutante Brenda Rae concibió una Poppea de armas tomar, desbordante de sensualidad y carisma con una voz ágil y generosa, de agudos potentes y rico centro. Como Ottone, Iestyn Davies se mostró a la altura de su empeño ofreciendo un inocente y atormentado comandante del ejército imperial al que construyó con un canto cuidado, elegante y de colores siempre justos. Por su carga emotiva, su ‘Voi che udite il mio lamento’ fue unos de los momentos más conmovedores de la noche.
En un rol que le sienta de perlas, con unos medios vocales descollantes y una puesta en escena que extrajo al máximo su vena cómica, Matthew Rose compuso un desopilante emperador Claudio —la escena del striptease por poco hace caer el teatro— de una dimensión muy superior a la usual. La ambiciosa dupla compuesta por el tímido político Narciso y el arrogante militar Pallante encontraron en las voces y las prestancias de Nicholas Tamagna y Duncan Rock, dos intérpretes de lujo que sacaron buen partido de sus personajes tanto en lo vocal como en lo escénico. Muy apreciable labor llevo a cabo Christian Zaremba, como Lesbo, el servil secuaz del emperador.
Desde el foso, el especialista Harry Bicket prestó particular atención a que la orquesta del Met sonara lo más barroca posible y sacó a relucir todo la riqueza rítmica de la partitura de influencias vivaldianas, a la que dirigió con fluidez, elegancia y matices, y de la que obtuvo una lectura rigurosa en el estilo, milimétrica concertación y atenta a las necesidades de los interpretes vocales. Trasladada a nuestros días, plagada de humor negro, gags cómicos y sólidas marcaciones escénicas, la entretenida y dinámica producción firmada por el talentoso David McVicar planteó las luchas de poder y las intrigas palaciegas, esencia de la trama de la ópera, con una aguda mirada contemporánea, logrando que las casi cuatro horas de duración pasaran en un abrir y cerrar de ojos.
El público no acompañó en el medida de lo deseado, pues hubo muchos asientos libres y muchas deserciones en el intermedio. Los que quedamos, aplaudimos con gusto uno de los mejores espectáculo en lo que va de la temporada del máximo coliseo neoyorquino.


