Agosto 9, 2026. Dos visiones radicalmente diferentes de Aida, la ópera más emblemática y representada de este festival, visten y comparten esta temporada el gigantesco anfiteatro de la Arena di Verona: la Aida “de cristal”, abstracta y simbólica, de Stefano Poda, estrenada en 2023 con motivo del centenario del festival, y la Aida “de oro”, detallista e historicista, de Franco Zeffirelli, estrenada en 2002. La monumental producción de Zeffirelli regresa así al coliseo veronés para siete de las quince representaciones de la ópera de Verdi previstas esta temporada.
Dominada por una enorme pirámide central dorada, rodeada de esfinges, templos y columnas, la tradicional escenografía que firmó en su día el propio Zeffirelli reconstruye con espectacularidad, detalle y opulencia el Egipto imaginario de los faraones, sin ánimo de reinterpretación alguna y explotando al máximo toda la monumentalidad posible del anfiteatro romano. A tal efecto, resultó fundamental el aporte de la diseñadora Anna Anni, habitual colaboradora de Zeffirelli, quien creó un vestuario no solo de inspiración histórica, sino también multicolor y cargado de texturas y elementos ornamentales que contribuyeron al efecto de estética opulenta buscado por el director de escena. Aportó asimismo calidad al espectáculo el estudiado tratamiento lumínico de Paolo Mazzon, que supo modelar y enriquecer con sus elaboradas atmósferas un espectáculo deslumbrante desde cualquier punto del anfiteatro.
Otro de los aspectos a destacar de la producción fue el agudo sentido teatral de Zeffirelli, puesto de manifiesto en la minuciosa marcación de las multitudes de sacerdotes, soldados, esclavos, bailarines y figurantes que, distribuidas en diferentes niveles, ya fuera ocupando las escalinatas o agrupadas alrededor de la gran pirámide, se desplazaron con movimientos perfectamente calculados y organizados de manera simétrica, transmitiendo siempre una fuerte sensación de orden y creando composiciones de fuerte impacto visual.
Por último, y no por ello menos importante, es de justicia mencionar el sólido trabajo del bailarín ruso Vladimir Vasiliev, cuyas coreografías, de estética marcadamente ceremonial, crearon grandes cuadros visuales y a reforzaron el carácter monumental de la propuesta.
Muy apropiado resultó el reparto vocal. Como Aida, la soprano polaca Aleksandra Kurzak se enfrentó a un papel que llevó al límite sus posibilidades vocales. Más allá de sus pretensiones de soprano spinto, su instrumento no deja de ser esencialmente lírico y, si bien salió airosa de su cometido gracias al inteligente manejo que hizo de su voz y a sus buenas intenciones interpretativas, quedó claro que la parte le resultaba demasiado pesada para su voz. Sus dificultades se hicieron patentes desde su primera aria, ‘Ritorna, vincitor!’, que se escuchó carente de cuerpo en el centro y con graves más bien pálidos. A partir del segundo acto, sin embargo, su rendimiento fue creciendo progresivamente. Después de cerrar con un impresionante sobreagudo el concertante final del segundo acto, ofreció un gran momento vocal en ‘O patria mia’. Allí aprovechó los pasajes más líricos de la escritura del aria para exhibir lo mejor de su voz: un exquisito canto legato, cargado de matices, filados y pianissimi. En los dúos con Radamès, ‘Pur ti riveggo’, junto al Nilo, y ‘O terra addio’ al final de la ópera, la química con el tenor resultó notable, algo que se trasmitió al canto, dando como resultado momentos de auténtico derroche de intensidad y emoción. Aun con sus limitaciones, Kurzak logró imponerse como Aida, uno de los personajes más complejos de la galería verdiana, y construyó una interpretación de mucha dignidad que dejó claro que es una artista de enorme talla, de las que en la actualidad se pueden contar con los dedos de una mano.
No le fue a la zaga Clémentine Margaine, quien demostró poseer unos medios ideales para la exigente parte de Amneris, la orgullosa y autoritaria hija del faraón. Poseedora de una voz aterciopelada, opulenta y de gran amplitud, la mezzosoprano francesa bordó, con compromiso y carácter, una interpretación magistral, que encontró su cénit vocal en el dúo con Radamès, ‘Già i sacerdoti adunansi’, y en la posterior escena del juicio, momentos electrizantes de la representación.
El trío amoroso se completó con la impresionante forma vocal del todoterreno y siempre carismático tenor franco-italiano Roberto Alagna, un Radamès de muchos quilates que, a sus 63 años y con casi cuatro décadas de carrera a cuestas, conserva una voz fresca, robusta y brillante, además de una energía inagotable y una entrega escénica admirable. Su aria de entrada, ‘Celeste Aida’, con sus bien dispensados Si bemoles agudos y su delicado pianissimo final, fue el preludio de una prestación que iría creciendo a medida que avanzaba la noche. Su Radamès deparó grandes momentos, como el dúo junto al Nilo, donde confirió a cada frase su justa medida expresiva, o el dúo final, en el que exhibió un canto cargado de lirismo, medias voces y una emoción embriagadora ante la que resultó difícil no caer rendido.
Como Amonasro, el joven barítono surcoreano Youngjun Park cumplió con los requerimientos del papel y salió airoso de su cometido gracias a la potencia, el esmalte y la proyección de su voz. En el plano interpretativo, sin embargo, su desempeño resultó más pobre, con un fraseo monocorde y una escasa intencionalidad que le impidieron reflejar plenamente la fiereza, la autoridad y la altivez del rey de los etíopes.
Con sobrados medios, el bajo ruso Alexander Vinogradov resolvió sin mayores contratiempos las exigencias de la parte del sumo sacerdote Ramfis. Por su parte, el bajo surcoreano Simon Lim retrató con solvencia a un Rey de Egipto convincente tanto en lo vocal como en lo escénico. Muy correctas resultaron las intervenciones de la Sacerdotisa de Francesca Maionchi y el Mensajero de Riccardo Rados.
Impecable el coro, a cargo de Roberto Gabbiani, quien supo aprovechar cada uno de los numerosos momentos que le brindó la partitura para hacer gala de su excelente preparación y perfecto empaste. Desde el podio, el director italiano Francesco Ommassini constituyó una absoluta garantía de calidad, ofreciendo una lectura de alto vuelo, pulso firme, rica en contrastes dinámicos y sostenida por una esmerada concertación.

Roberto Alagna (Radamès) y Aleksandra Kurzak (Aida) © Ennevi


