Diciembre 30, 2026. Buscando echar mano sobre la multitudinaria afluencia de turistas que visitan la capital española con motivos de las festividades navideñas, el teatro Real presentó la popular y taquillera ópera Carmen, título que se vendió como “pan caliente” e hizo que sus 16 funciones se presentaran con su taquilla prácticamente agotada.
La propuesta tuvo aciertos y desaciertos. Vocalmente, los cantantes cumplieron con lo justo y no mucho más. A cargo de la protagonista, la mezzosoprano americana J’Nai Bridges ofreció, con una voz oscura, cálida, bien encauzada y graves de bellísimo esmalte, un retrato digno de la gitana, a pesar un canto monótono, carente de refinamiento y de matices. En la escena, se entregó en cuerpo y alma a la composición de su personaje, y su desbordante sensualidad y vehemente temperamento dramático llevaron mucha agua a su molino e hicieron que su desempeño general terminase convenciendo. No es de extrañar que sus mejores momentos los obtuvo en la dramática escena de las cartas del acto III y en el dúo final, ‘C’est toi! C’est moi!’, que resultó electrizante.
A su lado, el tenor americano Michael Fabiano, empeñado en convertirse en un tenor dramático a cualquier precio, intentó compensar con una composición de fuerte carga emotiva una prestación vocal irregular de Don José, parte cuyas exigencias en la zona aguda lo pusieron en varias ocasiones contra las cuerdas. Su voz lírica de rico centro, canto noble y clara articulación, encontró terreno fértil donde lucirse en el dúo con Micaela ‘Parlez-moi de ma mère’, y fundamentalmente en su apasionada interpretación del aria ‘La fleur que tu m’avais’, momentos en los que ofreció canto del bueno sin artificios. A medida que avanzó la ópera fue de más a menos y, en los dos últimos actos, su voz, ya cansada y en una tesitura incómoda, sonó demasiado ligera, carente de acentos viriles y con graves descoloridos, y resultó inadecuada para plasmar con autoridad el carácter violento y dramático que exigía su personaje.
Por su parte, la soprano Miren Urbieta-Vega supo sacarle lustre a la parte vocal más agradecida de la partitura, componiendo una Micaëla de muchos kilates con una rica voz lírica, de cuidado legato, gran musicalidad y mucho gusto en el decir. Su aria ‘Je dis que rien ne m’epouvante’, de canto seductor, expresivo y cargado de emotivos acentos, fue el momento más aplaudido de la noche. No se quedó atrás el barítono italiano Luca Micheletti quien, desbordante de juventud y masculinidad, y a pesar de una puesta en escena que no le puso las cosas fáciles, ofreció una interpretación vocalmente impecable del torero Escamillo.
Muy bien plantados en la escena y sólidos en lo vocal resultaron el cuarteto de contrabandistas compuesto por: Marie-Claude Chappuis (Mercédès), Lluis Calvet (Dancaïre) y, unos peldaños por encima, Natalia Labourdette (Frasquita) y Mikeldi Atxalandabaso (Remendado). Efectivos, David Lagares y Toni Marsol como los militares Zuniga y Moralès, respectivamente. Magnifica prestación del coro, tanto en su versión adulta como en la infantil.
En lo estrictamente musical, la directora surcoreana Eun Sun Kim hizo una lectura correcta, de buen pulso y atenta a cuanto sucedía en la escena, aunque demasiado avara a la hora de exponer la riqueza, la sensualidad y el dramatismo de la música de Bizet.
Como sucede con cada nueva producción encomendada a Damiano Michieletto, hubo controversia y dio mucha tela para cortar. Para la ocasión, el director de escena italiano actualizó la trama ubicando la acción en los años 70 del siglo pasado en la España rural, y convirtió a Carmen en una prostituta, a Don José en un policía local y a Micaëla en la santulona del pueblo. La certeza del pastel la dio el agregado personaje de una omnipresente y opresiva madre de Don José quien, paseándose por el escenario vestida de peineta y mantilla negra al mejor estilo de Bernarda Alba, presagiaba a los protagonistas del trágico destino del que serían víctimas, lo que ya hace Bizet con su música, sin este innecesario agregado del visionario Michieletto.
Otros datos de color: Zuniga es víctima de un secuestro y Carmen termina estrangulada en lugar de apuñalada. Austera y funcional, pero desangelada, la escenografía de Paolo Fantin se sirvió de una plataforma giratoria para ofrecer un efectivo y rápido desarrollo de la acción, mientras que el vestuario de Carla Teti agregó color y no mucho más a la vertiente visual. Una muy estudiada y sólida dirección, tanto de los cantantes como de las masas corales, no logró remontar un espectáculo muy pobre de ideas.



