Karen Gardeazabal: “Acepta tu tiempo y tu espacio”

Karen Gardeazabal: «Me apasionan los personajes que combinan dramatismo y dulzura»
Entre funciones de La bohème de Giacomo Puccini en el Teatro Comunale de Bolonia —donde interpreta a Mimì, en la célebre producción del recordado Graham Vick—, la soprano Karen Gardeazabal abre un espacio en su agenda para conversar con los lectores de Pro Ópera, espacio donde fue entrevistada por primera ocasión hace trece años, cuando era una jovencita recién ganadora del Concurso Nacional de Canto Carlo Morelli.
Esta vez, el diálogo será a través de Zoom. Karen ahora vive en Valencia, España, pero se conecta desde Italia, país que la ha acogido durante la última década. Su carrera con logros constantes y siempre en ascenso permite asumir que en la actualidad ella es la soprano mexicana de mayor presencia internacional. Sus actuaciones en teatros como la Maestranza de Sevilla, el San Carlo de Nápoles, la Arena de Verona o el Antico de Taormina, son coordenadas que ya figuran con naturalidad en su semblanza profesional.
El pretexto de esta nueva charla es el Premio Mexicanos Distinguidos que se le entregará el próximo 11 de diciembre en el Consulado General de México en Barcelona. Es un reconocimiento, otorgado por el Instituto de Mexicanos y Mexicanas en el Exterior, que a la cantante aún le produce una especie de síndrome del impostor… “ese en el que te preguntas: ‘¿en serio me lo merezco, de verdad me lo dan a mí?’. Claro que, por otra parte, me digo que llevo mucho tiempo trabajando, he sido constante y creo que sí merezco este reconocimiento, que además me acerca mucho a mí país, ya que, si bien he cantado varias cosas allá, en la última década estoy fuera, desarrollando mi carrera”, relata Gardeazabal.
Los modos de la intérprete son amables, su tono cálido y amistoso. Sus palabras resuenan con aires de reposada madurez, aunque su expresión se mantendrá fresca, ligera y, en momentos, bromista, remix que ilumina su personalidad.
“Pasaron diez años desde que hice mi debut internacional, mismos que tengo viviendo en España. Cuando me llamaron para decirme que me iban a postular, sentí que ya desde ese momento era un logro importantísimo, porque este premio no solamente lo dan a músicos, sino a todo tipo de artistas, deportistas y gente de otras disciplinas”, explica con emoción la entrevistada.
“Que mi trayectoria se vea reflejada ahora en un premio es muy grato —subraya Karen—. Sobre todo cuando es algo así de especial por parte del gobierno de mi país, de México, pues como siempre digo: lo primero que ponen en todos los periódicos aquí en Italia y en todos lados donde he cantado es ‘la soprano mexicana’ y eso me llena de orgullo”.

Mimì en La bohème de Puccini en el Teatro Comunale di Bologna, 2025 © Andrea Ranzi
Mimì, según Graham Vick
“Esta producción es muy distinta a todo lo que había hecho con La bohème”, reflexiona Karen, quien ha abordado el personaje de la costurera en diversas ocasiones. “Para mí es un rol increíble. De hecho, cuando terminé el Opera Studio en Valencia, el primer rol que me dieron fue Mimì y la verdad es que tenía un poco de miedo porque estaba muy chica: tenía 26 años. Ahora lo afronto de una manera diferente. Me siento mucho más confiada en todo su rango vocal, sobre todo porque es una música tan hermosa que es fácil que te dejes llevar. Cantarla con la inteligencia necesaria para terminarla sin llorar es complejo”.
Sobre su actual abordaje al papel, Karen detalla: “Graham Vick plantea que los jóvenes no están psicológicamente preparados para afrontar la enfermedad y la muerte de Mimì. No tienen dinero, no tienen nada; y cuidar a una persona en ese estado es demasiado para ellos. Cuando ella regresa moribunda, Rodolfo la mira y simplemente no puede con la situación. Al final, cuando Mimì muere, él se va corriendo y dejan su cuerpo solo, en medio del escenario. Es muy fuerte, pero a la vez muy bello, porque es muy humano”.
Además, la intérprete relata que cantar Puccini en Italia —la cuna del género operístico—, exige un nivel de exigencia implacable. “El público italiano es exquisito y apasionado. Se saben la letra mejor que uno y detectan cualquier matiz de acento o tradición, sobre todo cuando eres extranjero. Me ha costado mucho ganarme su respeto, pero —por lo que han dicho las críticas y las constantes invitaciones a regresar—, creo que lo he conseguido.”
Y es fácil deducir que eso es resultado de un trabajo arduo y constante, no un producto del azar, Karen. ¿Puedes contarme cómo lo has logrado en la práctica?
Totalmente. Como dice el refrán, “el talento no para ensayo”. Trabajo todos los días con un pianista italiano en Valencia que me corrige pronunciación, música, todo. Además, tengo una profesora de canto en Italia a la que adoro y con quien voy seguido a trabajar. Eso significa viajar constantemente, invertir tiempo, dinero y energía, sin parar. Llevo diez años aquí en Europa y te juro que los diez los he trabajado a fondo: no ha pasado uno solo sin que debutara un nuevo rol o sin que tuviera que prepararme en algo que exigiera muchísimo. Puedo decirte que sí, es constancia pura.

Eupaforice en Montezuma de Graun en Bellas Artes, 2021 © Arturo López
Te propongo que retrocedamos a 2012, cuando ganaste el Concurso Nacional de Canto Carlo Morelli y te diste a conocer. ¿Cómo describirías ese proceso desde triunfar en un certamen por los varios galardones que obtuviste, hasta dirigir las riendas de una carrera internacional, ahora incluso reconocida con tu premio de mexicana distinguida en el extranjero?
En 2012, no tenía ni idea de lo que era este trabajo. Venía del Coro de la Orquesta Sinfónica del Estado de México (OSEM), había cantado algunas cositas como solista, pero nunca una ópera completa. Para mí fue una sorpresa estar en ese escenario de Bellas Artes con cantantes buenísimos que siguen activos en todo el mundo, como Germán Olvera o Alejandro López. Todos eran buenos y fue un año irrepetible.
Y el jurado también fue para recordarse…
¡Imposible de creer! En la semifinal, Javier Camarena. Y, ya en la final, Ramón Vargas y Dmitri Hvorostovsky. Cuando lo cuento, nadie me cree que ese jurado estuvo en un concurso en México y que yo lo gané. Fue maravilloso. De repente, me vi de cover de Mimì con Ramón Vargas en Bellas Artes, por sus 30 años de carrera; los ensayos los hacía yo con Ainhoa Arteta y me quedaba afónica de puro nervio. El maestro Vargas, lindísimo, me decía: “Tranquila, no pasa nada”.
Después empecé como solista con el maestro Enrique Bátiz, con la OSEM; era otro nivel de exigencia. Con 24 años hice audición para el Centro de Perfeccionamiento Plácido Domingo en Valencia. Un año antes había estado en Sivam, que me preparó bien, pero Valencia fue el choque de realidad: llegué y entendí que ahí había que estudiar de verdad. El teatro abría a las 11 de la mañana y cerraba a las 11 de la noche y yo seguía ahí.
Trabajé con Fabio Biondi (aún lo hago), con Davide Livermore —que entonces era el director artístico el Palau de les Arts de Valencia y es de los mejores directores de escena del mundo—, quien me enseñó a tener piel dura y a aguantar críticas. Ahí conocí también a mi agente actual, Mario Dradi, exproductor de Los Tres Tenores. Él me ha protegido muchísimo: cuando eres soprano lírico joven te ofrecen de todo, pero él sabe qué roles me cobrarían factura después.
Al terminar los dos años del Opera Studio, empecé a trabajar de inmediato. Mi primera Mimì fue en el Teatro Antico de Taormina, retransmitida en cines y streaming. Imagínate: ¡un debut sencillito! Luego vino una tournée a Dubái con Così fan tutte, cantando Fiordiligi, en colaboración con el Teatro San Carlo de Nápoles. De estar cuidadita en la escuela pasé directo al mercado italiano. Y ya ves que ahí sigo, llegué al punto que mencionaste.

Juliette con Salvador Villanueva en Roméo et Juliette de Gounod en Mazatlán, 2024
¿Cómo has planeado tu carrera desde aquellos inicios hasta la actualidad? Porque trabajar con directores y colegas de alto nivel habla de un camino serio y consciente del repertorio que le conviene a tu voz…
Desde que llegué al Opera Studio en Valencia intenté ser lo más profesional posible y llegar siempre muy preparada a cada compromiso. Ahí empecé de verdad a hacer ópera. Me enseñaron a tener piel gruesa: a separar mi voz de mi persona. Cuando te critican la voz es fácil tomarlo como un ataque personal, porque estamos pegadísimos a nuestro instrumento. No obstante, ellos me enseñaron a verla como un producto: y cuando lanzas un producto, lo primero que quieres es feedback para mejorar.
No te digo que sea fácil, pero lo he ido desarrollando. Cada producción ha sido una master class: he trabajado con colegas buenísimos y he sido una ratera descarada; les robo técnica, actuación, tradiciones, todo. Aprendo también de los directores y, sobre todo, a no tomarme las críticas como algo personal, sino como algo útil para mi carrera.
Escucho mucho a quienes tienen más experiencia y trato de seguir un repertorio en el que me sienta cómoda y estable. Hace cuatro años, por ejemplo, me ofrecieron Aida; la rechacé porque era demasiado joven. Hubiera sido importante tal vez, pero probablemente hubiera cambiado la buena percepción que la gente y los directores tienen ahora de mi trabajo y mi voz. Ahora soy soprano lírico-ligera y quiero mantener la juventud de la voz todo lo que pueda. Esa es la línea que quiero que vean los teatros y el público.
Esa separación entre voz y persona, y tomar las críticas como crecimiento, suena muy maduro y saludable…
Sí, porque de lo contrario te enganchas y te bloqueas.
Como persona —no solo como cantante—, ¿qué ha significado para ti pisar escenarios de prestigio y tradición, incluso algunos grandes y abiertos como Taormina o Verona, alternar con figuras reconocidas, además de mantener invitaciones para regresar? ¿Cómo no perder el piso y desubicarte?
Todavía me cuesta creérmelo. Cuando me llamaron para abrir la temporada de la Arena de Verona con el rol de Micaëla (primero con Marco Armiliato y después con Daniel Oren), te aseguro que no me lo creía. En la temporada 2014-2015, antes de irme a Valencia, pasé por Verona, me tomé una foto afuera y pensé: “¿Yo cuándo voy a cantar aquí? ¡Nunca, es imposible!” Cuatro años después estaba ahí, en Carmen de Georges Bizet. ¡Fue de no creerse!
Otro momento que me dejó pasmada fue cuando me invitaron a La bohème en el San Carlo de Nápoles. Me dieron el programa histórico y vi la lista de todas las Mimìs que habían cantado ahí: Renata Tebaldi, Mirella Freni y todas las top de la historia. Y, al final, estaba mi nombre. Sentí que ya formaba parte de la historia de ese teatro. Todavía me da vértigo pensarlo. Mi mamá aún guarda en México ese programa con mi nombre al final de la lista. Un día les voy a compartir una fotografía, ya verás.
¡Aquí convives con colegas que son auténticas estrellas, guapísimas, impecables! Y yo pensaba: ‘Para llegar a ese nivel está imposible’. Pero eso me mantiene con los pies en el suelo. He tenido la suerte de cantar con gente valiosísima y casi todas son de una humildad que desarma. Por ejemplo, hace poco hice Don Giovanni con Julie Boulianne, que canta habitualmente en el Met: ella era primer cast de Donna Elvira, yo segundo, y fue la persona más sencilla y buena del mundo. También he compartido créditos con Carmela Remigio, Eva Mei… o con María José Siri, con quien tengo un recuerdo precioso.
En Valencia hice el paje Tebaldo en Don Carlo; era un papel chiquito, tres frases y ya. Ella ni siquiera tenía por qué fijarse en mí. Años después, nos cruzamos en los pasillos del San Carlo —ella cantaba Pagliacci y yo Bohème— y me saludó como si fuéramos amigas de toda la vida. El otro día nos encontramos en un restaurante y parecía que nos conocíamos desde siempre. Se trata de una mujer que abre temporadas en los teatros más grandes del mundo y es puro corazón. Cuando veo eso, pienso: “Si ellas son así, yo tengo que ser exactamente igual, o más humilde todavía”.

Fiordiligi en Così fan tutte de Mozart en Bologna, 2025 © Andrea Ranzi
Cuando terminan las funciones y lees las críticas, generalmente positivas, además de que las invitaciones siguen llegando, supongo que desaparece lo del síndrome del impostor y en algún momento te empiezas a creer de verdad lo que ocurre en tu carrera. Ya con esa lucidez, ¿cómo has configurado tu repertorio? Porque además de Verdi, Puccini o Bizet, has transitado por Britten, Monteverdi, Moniuszko… y todo manteniendo esa frescura juvenil en la voz.
Tengo la suerte de que mi voz es bastante dúctil —gracias a Dios o a la naturaleza—, y me permite moverme por repertorios muy distintos: desde Moniuszko en polaco, como dices, hasta Giovanna d’Arco o La traviata con Mi bemol incluido; o de Fiordiligi con agilidades mozartianas, a Mimì, ahora mismo, a Britten, que me toca, de nuevo, en febrero del próximo año.
Esa flexibilidad, junto con una técnica sólida, me ha abierto muchas puertas. Pero nunca cruzo las fronteras, ni hacia lo demasiado pesado, ni hacia lo excesivamente ligero. Mucha gente me dice: “¿No te gustaría Gilda o Lucia?” Sí, me encantaría, pero no puedo ni debo: no tengo esa ligereza extrema. Y, hacia el otro lado, ya rechacé Aida, como te contaba, porque era prematura.
Me mantengo en un repertorio donde me siento cómoda, donde puedo disfrutar del personaje y del dramatismo sin estar sufriendo técnicamente todo el rato. Tengo las agilidades justas para Mozart, Verdi y algo de bel canto, pero un Rossini puro ni me lo planteo. Prefiero cantar feliz y segura, a estar en permanente aprieto vocal.
¿Cuál dirías que es el hilo conductor de todos tus personajes? ¿Qué es lo que más distingue tu canto?
La homogeneidad. Es lo que más destacan todas las críticas y lo que más trabajo comúnmente con mi profesora. Puedo cantar un pasaje muy dramático, pero nunca hay un grito ni un corte brusco; todo queda dentro de la misma línea.
Además, me apasionan los personajes que combinan dramatismo y dulzura: Mimì o Micaëla, por ejemplo. Me permiten jugar con los claroscuros: desahogarme con la rabia cuando hace falta y luego mostrar la mezza voce y los piani más delicados. Creo que eso es lo que más llama la atención de mi voz: tiene potencia cuando la necesito, pero también esa dulzura y suavidad que intento proyectar siempre.

Donna Elvira en Don Giovanni de Mozart, en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, 2025 © Roberto Alcaín
Algo muy importante de Valencia es que decidiste quedarte. ¿Cómo fue ese proceso de dejar México y hacer tu base de vida allá?
Desde el primer día que pisé Valencia me enamoré: la ciudad es maravillosa, la gente encantadora, la comida deliciosa. No por nada aparece siempre en el ranking de las mejores ciudades para vivir. Y ahí encontré a mi marido, ¡así que con más razón ya me quedé!
Al principio, pensaba que serían solo dos años del Opera Studio y volvería a nuestro país, pero cuando empecé a trabajar de verdad, vi que quedarme era la mejor opción. Viajar desde México a cada producción es agotador: 14 horas de vuelo, jet lag, costos altos de traslados. Mis colegas mexicanos que lo hacen son unos héroes. Valencia es estratégica: en dos horas estoy en cualquier capital europea y en hora y media en Madrid, para conectar al mundo. Claro que extraño México, sobre todo a mi familia y amigos, pero cantar es lo que más me gusta en la vida y aquí puedo hacerlo sin parar. Valencia es ya mi ciudad.
Valencia es hoy uno de los grandes centros de perfeccionamiento lírico y sigue desarrollando talentos jóvenes. ¿Cómo vives esa transición generacional?
Es durísimo, sobre todo para las sopranos lírico-ligeras, pues somos muchas, igual que los barítonos. Además, hay una más bonita y que canta mejor que la otra en cada esquina del planeta. Cuando llegué a las producciones era la chica nueva, la que acababa de salir del Opera Studio. Ahora soy la que tiene que demostrar que ya no es solo la novedad, sino que trae experiencia, bases sólidas y un trabajo que una chica que apenas empieza todavía no tiene.
He tenido la suerte de no parar en diez años, y eso me ha dado la oportunidad de desarrollarme. Los directores saben que conmigo no empiezan de cero: ya sé moverme en escena, ya conozco la rutina, ya entrego el personaje listo. Por eso, aunque ya no soy la de 24 años, me siguen llamando: soy experimentada pero todavía “joven” en la voz y en el físico. ¡Todavía no me veo muy mayor!
¿Cómo ves los retos actuales del género operístico? La pospandemia, el streaming, la renovación de públicos, la migración, las agendas inclusivas…
Es muy complicado, sobre todo después de la pandemia. Nos tocó vivir el oficio de otra forma: streamings, redes sociales, videos. La gente se acostumbró a quedarse en casa. Con el frío y la inseguridad que hay afuera, muchos piensan: “¿para qué salgo si lo veo perfecto en la televisión, desde mi sofá?”
Pero hay algo que ninguna pantalla puede darte: la piel de gallina de estar en el teatro. Nunca vas a sentir lo mismo. Por eso los teatros siguen llenándose. Ayer tuvimos función de La bohème aquí en Bolonia y estaba a reventar. Ahora hacen descuentos para menores de 30 años, ensayos generales solo para jóvenes o para escuelas. Es decir, están tratando de crear nuevos públicos.
Yo siempre digo: dense la oportunidad. Es como ir al concierto de tu artista favorito y gritar y bailar: no es lo mismo que escucharlo en el coche. La ópera ya ha sobrevivido al disco, al casete, al MP3, al streaming… y va a seguir porque es un arte vivo. Ojalá así sea, porque es a lo que me dedico y, sinceramente, ¡no sé hacer otra cosa!

Giovanna d’Arco de Verdi con Ramón Vargas (Carlo VII) en Bellas Artes, 2024 © Aldo Vargas
¿Cómo es tu relación artística con México ahora? ¿Qué tanto has vuelto, en relación con lo que desearías o podrías?
Me encantaría ir muchísimo más. A veces no es posible, pero no me puedo quejar. El año pasado canté Roméo et Juliette con el maestro Enrique Patrón de Rueda en Culiacán y Mazatlán. Hice Giovanna d’Arco y Montezuma: esta última en plena pandemia, en 2021. En septiembre pasado canté la Novena de Beethoven con la Orquesta Sinfónica Minería, que representó mi debut en la Sala Nezahualcóyotl. Y el próximo año haré L’incoronazione di Poppea en el Teatro Bicentenario de León.
Ojalá pudiera estar más seguido, pero entiendo que hay que dejar espacio a los talentos que están allá y que son buenísimos. Los veo cantando en Bellas Artes y se lo merecen totalmente. Yo encantada iría cada semana, pero cada quien tiene su momento y espacio. Cuando me invitan voy con todo el gusto del mundo, aprovecho para ver a mi familia: es la única vez que pueden verme cantar, sobre todo mis abuelos, y también he dado algunas master classes: en la Escuela Nacional de Música, en la Escuela de Bellas Artes de la EBAT, en Toluca, y con alumnos del conservatorio donde yo estudié. Nunca había probado esa faceta docente y descubrí que me encanta compartir un poco de lo que yo he aprendido.
Si pudieras hablarle a la Karen de hace 13 años y, de paso, a los jóvenes mexicanos que quieren abrirse camino en la ópera, ¿qué consejo les darías?
No confiarse solo del talento. En México tenemos voces increíbles, timbres preciosos, facultades naturales que llaman la atención. Pero no basta con cantar bonito: hay que ser artista. A mi Karencita de entonces le diría: “hija, despierta, ponte a estudiar. No es solo el aria: estudia la ópera completa, el contexto, quién la compuso, quién la estrenó, quién la cantó, escucha mil versiones, ve a conciertos, empápate del medio. Es un trabajo duro y profundo el que debes realizar”.
Y sobre todo les diría: “acepta tu tiempo y tu espacio. No quieras la carrera de nadie más”. En México, al menos cuando yo era joven, había esa competencia de “yo quiero”, “yo primero”, “yo todo”. Y a veces no estás listo o simplemente no es tu momento. Cada quien tiene su lugar y su hora para brillar. “Ve despacio, prepárate a fondo y, cuando llegue la oportunidad, tómala.” Eso le diría a la Karencita ganadora del Morelli… y a todos los que vienen detrás.

Con la mezzosoprano Cassandra Zoé Velasco y el pianista Andrés Sarre, en el Concierto Haydn y Mozart de Ópera de San Miguel en el FASMA, 2023
En aquella primera entrevista de 2012, te pregunté cómo te veías en el futuro y casi todo lo que soñaste o te planteaste como objetivos lo has cumplido. ¿Cómo te ves en los próximos 13 años?
Cantando, dando continuidad a mi carrera, como hasta el momento. No me interesa una carrera de 0 a 100 y después quemarme; quiero mantenerme en un nivel sólido que me permita disfrutar del trabajo y también tener vida fuera del canto. Este oficio es precioso, pero es también agotador. Así que deseo seguir cantando lo más sano posible y mantener bien la voz lo más que se pueda. Ojalá un día pise el Met y la Scala, pero si esas ocasiones no llegan, no pasa nada. Cuando esté más viejita, a los 70 años más o menos, espero dar clases de canto.
Para intuir el rumbo de tu carrera y tu repertorio, mientras tanto, ¿qué roles te ilusionan a mediano y largo plazo?
El año que viene debuto Elisabetta de Roberto Devereux aquí en Bolonia: por fin entro al bel canto serio (considerando que he hecho Adina de L’elisir d’amore). Me gustaría seguir por ahí: Lucrezia Borgia, Norma… Más adelante Tosca (creo que mi voz irá hacia ese lado), Lady Macbeth (sería divertidísimo hacer la mala malota, ¡y qué arias!), y Turandot algún día. Aunque primero quiero cantar Liù: ¡siempre la llevo a las audiciones y nunca me la dan! ¡Me ofrecen otras cosas! Y, para más adelante, entonces sí: Aida también me atrae… ¡con la ventaja de que en mí ya no tendrían que gastar tanto en maquillaje!