🇳🇱 Cav/Pag en Amsterdam

La nueva temporada de la Ópera de Amsterdam —la más importante pero no la única de los Países Bajos— dio comienzo con una nueva producción del double bill más famoso de la lírica, aunque en orden inverso: Pag/Cav, puesto en escena por un gran talento en lides operísticas, Robert Carsen. Como se sabe, se trata de un artista notable, muy inteligente, a quien a veces su excesiva capacidad le juega alguna trastada. 

En el presente caso, al cambiar el orden común de presentación de estas óperas le facilitó armar un espectáculo semipirandelliano de “teatro dentro del teatro” y la ópera de Leoncavallo salió claramente beneficiada. El coro y algunos integrantes de la orquesta intervienen desde las partes comunes del teatro para hacer luego irrupción en la sala y sentarse (no sólo los miembros del coro, sino también algunos de los personajes de la obra) en las primeras filas de la platea, reservada para tal fin, y crearon simultáneamente una atmósfera donde “el teatro y la vida no son (pero son) lo mismo”, como dice el Prólogo. La ambientación “contemporánea” (en realidad muy indefinida) no quitó en absoluto fuerza a la propuesta. 

Mattia Olivieri (Silvio) y Ailyn Pérez (Nedda) en Amsterdam © Catherin Liebeler

Pero luego las cosas se complicaron: Si la escena final debía retomarse al inicio de la ópera de Mascagni, hubiera sido mejor no hacer intermedio, porque se comprendería mejor que, pese a los aplausos, nadie saliera a saludar, ya que muertos y vivos se pusieron de pie y se retiraron departiendo amigablemente. ¿A santo de qué? Hay luego un ensayo (general, probablemente) y el coro se maquilló y se vistió durante el preludio, como en un teatro de hoy. La “Siciliana” no se entendió y lo que vino después, bastante menos. Santuzza parecía estar en parte en el ensayo, pero también en parte en la realidad; Mamma Lucia es quien reparte las partituras, pero así su personaje se desploma. Lola estuvo muy bien trabajada y su póster de regalo a Turiddu, interceptado por la celosa Santa, fue la prueba de infidelidad para Alfio.

Lorenzo Viotti sustituyó a Marc Elder, quien se declaró indispuesto. La gran ventaja fue que es el director —muy querido— de la Nederlands Philharmonisch Orkest, que por lo general cubre las necesidades del teatro, y que tiene su coro propio. El problema fue que eligió unos tiempos exóticos sin haberse puesto de acuerdo, al parecer, con los cantantes, y donde el preludio, que empezó lentísimo, de golpe cambió a un ritmo vertiginoso. A pesar de lo anterior, coro y orquesta estuvieron excelentes. 

Hubo dos tenores: Brandon Jovanovich para Canio y Brian Jagde para Turiddu. El primero interpretó muy bien aunque con un canto absolutamente heterodoxo. El segundo tiene un bello timbre, oscuro pero no opaco, homogéneo, amplio; tiene buena figura y es desenvuelto, pero su fraseo resultó trivial.

Roman Burdenko fue Tonio y el Prólogo, y luego Alfio. Tiene voz muy oscura y segura, aunque un tanto monótona que, curiosamente, se oía más en Pagliacci que en Cavalleria (en su aria, además de los decibeles orquestales, parecía engolado). Elena Zilio fue una excelente Mamma Lucia, y muy interesante, Rihab Chaieb como Lola. Ailyn Pérez me interesó realmente por primera vez como Nedda, y, si su voz no tiene demasiado brillo y le falta un centro importante para algunos pasajes, cantó muy bien e interpretó aún mejor. La estrella de la velada fue Anita Rachvelishvili (Santuzza), de voz lozana, enorme. Es una intérprete voluntariosa pero con tendencia al exceso de énfasis, especialmente en sus notas de pecho, un tanto exageradas. Muy simpático y bien cantado resultó el Peppe del joven Marco Ciaponi. Y como Silvio, Mattia Olivieri confirmó la infrecuente calidad de su voz, de su escuela de canto y de sus dotes artísticas.