🇪🇸 Cav/Pag con Roberto Alagna en Barcelona

Roberto Alagna (Canio) y Aleksandra Kurzak (Nedda) © Antoni Bofill

Diciembre 5, 2019. En el Liceu, el más popular de los programas dobles (Cavalleria rusticana y Pagliacci) faltaba desde 2011 (y en aquel entonces no resultó particularmente afortunado). Esta vez fue un espectáculo firmado por Damiano Michieletto, estrenado originalmente en Londres. Michieletto es un gran director de teatro pero, casi siempre y por desgracia, tiende a olvidar deliberadamente aquellos momentos en los que la música es el centro de la ópera. Y de este modo, además de retorcer e ignorar el texto en algunas situaciones, los que más han sufrido del enfoque del director son los coros y sobre todo los célebres “intermezzi” (el primero sirve para contar los antecedentes de Pagliacci, con el encuentro casual y el enamoramiento consiguiente de Nedda y Silvio; y el segundo, la “continuación” de la historia de Cavalleria con Santa embarazada y Lucia que la perdona). Por lo demás, con una ambientación entre los años 50 y 60 del pasado siglo, la puesta en escena funciona muy bien en todos los aspectos (hay un coche ostentoso en lugar de un caballo, que sirve para caracterizar de modo extraordinario al personaje de Alfio).

El aspecto musical presentó la indiscutible ventaja de contar con el retorno de Roberto Alagna en dos de los papeles que hoy le permiten exhibir sus mejores cualidades. La voz sigue siendo bellísima (apenas algo menos que antes), pero con más cuerpo, y casi siempre suena homogénea. Es verdad que al principio de la ópera de Mascagni tendió a forzar no poco sus medios, pero, desde la segunda parte del gran dúo con Santuzza, todo estuvo perfectamente controlado y nos dio un brindis excitante y una despedida conmovedora. Aun mejor su Canio, donde —salvo alguna nota al comienzo— la adecuación al personaje fue total. Es cierto que hoy sólo puede cantar fuerte, y aquellas magníficas medias voces pertenecen al recuerdo, pero en estos dos casos concretos su enfoque fue irreprochable y no sé si hay hoy un tenor capaz de cantar ambos roles a este nivel: un nivel al que no llegaba ninguno de sus colegas. 

Elena Pankratova debutó como Santuzza y, siendo una voz importante, no es este el mejor personaje para mostrar sus potencialidades, ya que la voz es metálica y por momentos ondulante, aunque salió airosa del trance. Elena Zilio es una especialista en el rol de Lucia, pero creo que fue ella, y no el director de escena, quien decidió exagerar hasta la caricatura su aspecto de “madre italiana”. 

Gabriele Viviani tiene mucha voz —y bonita— pero su emisión sufre frecuentes engolamientos, tanto en Alfio como en Tonio/Prólogo, y algún agudo (como aquel difícil de su aria en Cavalleria) resultó de afinación dudosa. Mercedes Gancedo obtuvo un merecido éxito con su Lola, vestida de negro pero como “mujer fatal”, para no utilizar otra expresión más directa y menos eufemística. El Beppe de Vicenç Esteve fue correcto (con un agudo un tanto limitado). 

Aleksandra Kurzak (Nedda) canta actualmente papeles que nunca debería haber intentado y el resultado está a la vista: la voz hoy carece de color y, aunque algunos agudos son buenos, y dos trinos, por lo demás, salvo que es una buena actriz, no es mucho lo que queda para alabar. Duncan Rock como Silvio aparece en la panadería de Mamma Lucia en Cavalleria y causa excelente impresión; lástima que en Pagliacci deba también cantar y entonces la impresión se viene abajo en pedazos.

El coro en esta oportunidad estuvo por suerte muy bien (preparado como siempre por Conxita García), y la orquesta tocó bien. Me gustó mucho Henrík Nánási cuando dirigió aquí mismo Die Zauberflöte, pero esta vez se mostró poco adecuado para transmitir el intenso melodismo y lirismo de ambos títulos. Bien, el coro de niños Veus de la vecina ciudad de Granollers, dirigido por Josep Vila Jover. El teatro estaba a rebosar con un éxito al rojo vivo para Alagna, pero también, casi sin distinción, para todos los demás. No estaría mal que, como en otros tiempos, el público marcara diferencias.